¡pero que tiempos son estos
en los que hablar de los árboles es casi un delito
pues implica callar sobre tantos crímenes!
Bertold Brecht, citado por Mireille Gasel en Traducir Transhumar
Jugando a Funes
Pensaba en Funes, aquel que tardaba veinticuatro horas en recordar un día. Intentaba fijar en mi memoria las formas de las copas de los árboles, el suceder de la sombra de las hoja que se dibujaba al trasluz de sus figuras juguetonas, con un orden secreto en un tiempo tan otro al nuestro, que supe de la dificultad de espiar la continuidad de sus sigilosas vidas vegetales. La intensidad de los rayos solares, de esta primavera tórrida del sur andaluz, se filtraba creando siluetas perfectas de bordes afilados, como si un dibujante invisible las hubiera dispuesto, creándolas en su diferencia sutil, en la simultaneidad de verdes y lustres. El verde oscuro, casi negro, sobre el que se superponía, adelantándose, el claror de otro verde. Ahuecadas sus formas por la marca donde discurría, dividiendo en dos mitades, casi exactas, un cuenco para aplacar la sed atrayendo el rocío matutino, que a esa hora ya era sólo un deseo urgente, que tardaría horas en saciarse. Venas finas como una hebra de hilo de coser. La severa silueta de las ramas sobre ellas y la luz siempre moviéndose despacio, creando juegos que el humilde ojo humano, aunque pretencioso y obligado al juego, apenas podía percibir
¿Sería esa la mirada de Funes? Una mirada que podía recordar el vaivén de la brisa que, de pronto, estremecía al follaje y recreaba la imagen de un Céfiro mofletudo. Solo su cabecita rizada, flotando sobre las copas de los árboles, soplando para divertirse y ver bailar las ramas, creando las figuras de la elegancia flamenca, manitas múltiples marcando el compás que, la traviesa cabecita recreaba a su antojo:¡SHHHH! Brotar de una música espontanea y, de pronto, el silencio vegetal cuajado de voces humanas, que reían, gritaban comían a orillas del río circulante y apurado, río claro y frio de la Sierra Nevada.
Mi cuerpo estirado sobre un mantel, improvisada manta para echarnos boca arriba. Yo dispuesta sobre el mantel para ser engullida por la memoria jugando a Funes, el memorioso. Pensaba en que podía así detener el tiempo, mirando sólo las copas de los árboles y el juego de sus vidas secretas, del lenguaje de la luz sobre ellas y la respuesta de sus movimientos. Y me pregunté, entonces: ¿Quién podría acompañarme en esa quietud? Busqué entre mis amigos y amigas, quien podría jugar conmigo a Funes,? Y alguien, ese otro/ otra que nos habita me susurró: Carlos, sólo él sabría de qué trata ese juego. Y recordé los días del París recién estrenado, cuando en mi pequeña habitación de la calle Bonaparte, insistía Carlos Moreira, en recostarse las primeras horas de la tarde. ¿Para dormir la siesta? Le pregunté, molesta por una costumbre que siempre consideré aburrida. Y me contestó que era para ensoñarse. Y, como siempre le creía, creí entonces que en ese tiempo imaginaba sus largos escritos con letra apretada en birome azul y sobre cuadernos escolares, (aún podría reconocerla). ¿Sería verdad? No importa, ayer lo imaginé acompañándome a jugar a Funes, a orillas del río Dilar, en Granada. Mi hijo, que se acercó a buscarme, dijo, que yo dormía. ¿Cómo explicarle que todo era un juego?

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