Observaba de reojo, para no descubrir
mi indiscreta atención, la meticulosa ceremonia a la que mi vecina
de vestuario se abocaba al regresar de las duchas. Sus pies, cuando
desnudos, evitaban tocar el suelo de baldosas, precavida, los
hacía descansar sobre una toallita especial. Cada gesto que realizaba era
siempre el exacto, siguiendo un orden inalterable. Me percaté
también que algunas de las usuarias del club siempre buscaban la misma taquilla para guardar
sus ropas (aunque son públicas) y que manifiestan una cierta
inquietud si una intrusa les ha ganado de mano en su elección.
Pero, todo esto me lo decía distraída, entre el pensamiento puesto
también en todos aquellos cuerpos de todos los tamaños, formas y
tonos que explican el paso del tiempo, los pliegues que dejan la
vida: los partos, el amantar, la ausencia de estos, el peso que va y
viene, la felicidad del buen comer. Si no provocara un escándalo,
iría un día con un lápiz Conté y un bloc de dibujo a tomar
apuntes allí. Y con tanta variada desnudez reconstruiría una
versión nueva y más real de El baño turco de Ingres, una
versión al estilo Alice Neel.
![]() |
Dominique Ingres, El baño turco, 1862 |
![]() |
Alice Neel, Autorretrato, 1980 |
Pero esos pensamientos son solo
travesuras allí, donde la realidad cotidiana me aleja del
orientalismo romántico de Ingres, y de todo pensamiento que no sea
el ahora absoluto.
Un momento antes había asistido a la
sorprendente manifestación de preferencia hacia ciertas duchas,
exactamente dos de las ocho que se abren enfrentadas, unas a otras. Esto ocurre cuando se produce la salida simultánea de varias clases y se hace cola y algunas mujeres no se deciden a entrar en las duchas
desocupadas. Y allí
mismo, apunté que no había nada que hacer, me quedaba mucho por
aprender de los secretos del funcionamiento de las instalaciones del
club que, hasta entonces, había sido para mí un espacio sin
valoraciones detalladas. Supe también, por la complicidad que me
mostró otra de las socias, que el llevar conmigo a la piscina, dentro
de una pequeña mochila, la toalla y el neces͢͢͢͢͢͢͢͢er, ―tal como lo hacía
yo, para ahorrar tiempo y después de la inmersión pasar
directamente a la ducha, sin tener que regresar a la taquilla en
busca de lo necesario para el aseo―, para esta usuaria era una medida higiénica . Con ella evitaba el posible
roce de su toalla con otras ajenas. Pensamientos y acciones todos
que me hacían sentir como un dechado de malas prácticas. Siempre
fui una ama de casa imperfecta y desaliñada, pero ya iría tomando
nota de todo ello, para tratar de enmendarme. Así, tomé conciencia
de la austeridad de mis gestos de limpieza, la simpleza de mi ajuar:
una toalla y un neceser envejecido y bastante manoseado por el uso.
Por lo que me prometí, y así lo hice, lavar el neceser para
quitarle el roce que evidenciaba mi absoluta falta de pulcritud. Y
quizás, encontrar en mi casa una toallita pequeña para usarla de
alfombra y no quedar como una guarra ante las vecinas de vestuario.
Lo de la toallita, al final, lo deseché, para no añadir peso a la
mochila. (Todas estas precauciones, que entonces me parecían casi manías, hoy, luego de la pandemia parecen normales y se han multiplicado)
Un día, a una hora en la que la piscina se hallaba vacía, luego de nadar en solitario
fui en busca de las duchas estrellas, que aprendí, en esas luchas entre socias por lograr sus beneficios, poseían un número,¡ y yo no me había dado cuenta!.Sí, allí estaban, la cuatro y la cinco, todas para mi. Me acerqué voluptuosa hacia la cuatro. Imaginando que, al
girar el grifo, un chorro tibio y abundante, cual lluvia de oro que
cubre a Dánae, purificaría mi cuerpo del remojón en agua clorada.
Pero no, nada de ello ocurrió,un chorrito, frío primero, que se fue
entibiando de a poco y que en un contar hasta hasta diez se cortó, fue todo lo que me ofreció. Probé entonces con la ducha número
cinco. Igual desilusión. Yo no era capaz de percibir la diferencia
entre esas y las otras con las que acostumbraba a mojar mis carnes.
Seguramente, el pequeño dios, que yace escondido en las alcachofas
de las duchas, otorga placer solo a las que luchan entre ellas para
obtener sus beneficios. Yo, una aprovechada de la impune
soledad, no me lo merecía.
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Tiziano, Dánae recibiendo la lluvia de oro, 1560-1565 |
Pero, las intrascendentes
observaciones anteriores resultaron no serlo tanto pues,
recomponiéndolas descubro ahora que fueron la Obertura de la
Opereta, que se desarrollaría en la piscina días después, durante una de las clases de
aquagym, a la que se me ocurrió asistir por primera vez, ya que hasta entonces iba a la piscina por libre. Opereta, que dado su argumento, bauticé con el el título de
«Cuando la propiedad
privada era un robo ». Es
menester aclarar que las actrices y actores de esta realista puesta en escena son vecinos de uno de los barrios más empobrecidos de
Barcelona, El Carmel. Escenario, tiempo atrás, de heroicas luchas, crisol de feministas y de militantes del obrerismo de
aquellos tiempos, tan pasados, cuando una clase
trabajadora orgullosa de serlo, aún creía la
acumulación
de propiedad privada era un robo.
-Las ninfas y ninfos
Tal
como reza la Wilkipedia, en cita de Walter Burket: La
adoración de estas deidades, [ninfas
acuáticas, porque las hay de tierra] está limitado solo
por el hechos que se identifican inseparablemente
con una localidad concreta. Esta
definición que vincula el ser ninfeo
al fuerte arraigo, también formaba parte de mi ignorancia. Así,
ajena a ello participaba en la alegre expansión de mi cuerpo con
saltos en el agua. Hacia adelante, con amplios gestos de
brazos y piernas y regresaba saltando hacia atrás, al ritmo marcado
por el monitor de aquagym y acompañada de otras ninfas y ninfos con
los que compartía el espacio de la gran piscina .¿Existirá la
versión masculina de las ninfas? En caso de existir, seguramente,
son tan escasos como los que participan en las clases de aquagym o de
todas las actividades que tengan que ver con la expresión corporal (
o las de los clubes de lectura). Hecha la digresión, continúo
con la Opereta, cuyo Acto primero y único, luego de la
Obertura, acontece al ritmo de las gesticulaciones que nos
marca el joven monitor, desde el borde de la piscina. Y allí vamos
las y los gorditos desplazándonos, cada uno siguiendo, como puede,
lo que nos señala. Creía yo que allí nos divertíamos, y que
dentro del agua olvidábamos rituales exactos, y pequeñas manías.
Miraba, con solidaria comprensión, a una de las participantes más
anciana, agarrada como mejillón a la roca, a la orilla de la
piscina, sin moverse de allí. Y hasta pensé en ofrecerle mi ayuda
para que pudiera moverse más allá de su espacio, limitado por la
extensión del movimiento que le permitían sus patitas temerosas,
que intentaban seguir el ritmo tropical con que acompañaban los
ejercicios. Pero, poco, me di cuenta que su participación en la clase consistía
en eso, permanecer agarrada a la pared, mientras los demás seguíamos
el ritmo de cumbias y salsas pasadas por agua.
Inocente de mí que, creí que la piscina, en su anchura y extensión, nos acogía amablemente
en su cualidad líquida uterina, liberándonos de caprichos locus.
Cuando, como Saulo caído del
caballo, me descubrieron que allí continuaba rigiendo las normas y
costumbres que en tierra de vestuarios o duchas, había percibido, días anteriores,
como pequeñas manías o costumbres hechas en la repetición
ordenada de la administración hogareña. Fue cuando chapoteaba sonriente, mientras canturreaba en voz alta lo que sonaba por el
altavoz, algo así como; Dámelo, dámelo, dámelo negra,
dámelo ya... Cuándo. el feliz ritmo que iba siguiendo se vió interrumpido por la voz de una mezzosoprano que, tocando mi espalda,
me señala: «Este
no es tu lugar» ...¡¿?! Me sonó al estallido de un platillo metálico sobre mi cabeza, dejándome estupefacta.
Balbuceé
algo sobre la propiedad privada, alejándome a continuar las
indicaciones del monitor, lejos de la propietaria del trozo de
piscina, que marcaba su frontera vital. Yendo a parar cerca de la
anciana que me había enternecido por la manera de aferrarse a la
orilla. No demasiado cerca, pensé, para no provocar posibles ondas
acuáticas que pudieran inquietar a la atemorizada señora. Pero toda
precaución resultó inútil. Con gesto adusto, bajo su gorrita de
goma, sus cejas formaron expresivos ángulos que eran la única
gesticulación que le permitía su cuerpo, ya que sus manos seguían
agarradas al borde. Con ellas subrayó lo que indicaban sus palabras,
emitidas con voz de soprano niña, que me ordenaban el alejarme de
allí. «¿Acaso yo no tenía un lugar propio?» , me había
reprochado la gimnasta anterior, y repetía ésta.
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Elsa Plaza, Verano del 82 en la piscina de la calle Amalia. |
«No,
no... no pensaba que...» Creía en el azar de los movimientos
acuáticos. Hasta entonces, pensaba que idas y
venidas nos conducía a ocupar lugares
diversos. ¡Oh!, mi manía de dejarme en manos de los encuentros
fortuitos. Degenerada desde la adolescencia por la lectura de los
manifiestos surrealistas, aún, en aquella piscina, había creído en
la deriva, en la pura flanerie
clorada. Pero no, allí aún no había llegado el juego de la vida y
reinaba el más absoluto orden determinado por la costumbre, que una
vez más, trataba de ser inalterada, y que yo me empecinaba en
transgredir. Cabizbaja, pero exudando bronca, como me acontece con
frecuencia, me alejé hacia una zona vacía, allá donde nadie podría
recitarme otra vez el área del capricho locus.
Y
allí continué a mis anchas hasta que...llegó el momento de los
ejercicios con mancuernas. ¡Mancuerna!, hubiese jurado que era un
bicho, algo así como un escorpión, o, estirando mi imaginación,
una factura, dulce bollo de panadería argentina de nuevo
cuño, para acompañar el mate... Mancuernas, una palabra cuyo
significado aprendí hace apenas un año, cuando me rompí un hueso
del brazo y un encantador fisioterapeuta (Sergi, ¡hola Sergi!) me
enseñó ejercicios de rehabilitación. Así, supe que las
mancuernas son las pesas, pequeñas en la piscina y de poliespan.
Dos mancuernas para cada uno, que distribuyó en abundancia el
monitor, extrayédolas de dos enormes cajones de plástico. Había muchas y sobran, de tal manera que
hay quienes eligen su color preferido, o vaya saber que otra
preferencia buscan en ellas.
Yo,
una vez más, ajena a la complejidad de las normas, y al estar tan
alejada de la distribución, estiro mi brazo y me hago con un par de
mancuernas que se encuentran sueltas, aparentemente abandonadas a su
suerte, en mi cercana orilla. Y es allí, cuando en la Opereta
hace su entrada el tenor. Primero con un gesto, desde la lejanía
neblinosa entre la que percibo su figura, donde destaca su desnudo
pecho masculino. Porque sin gafas y con las de piscina puestas, todo
lo que me rodea está envuelto en esa niebla, que embellece lo
mirado, ya que borra arrugas y pelos que asoman indiscretos,
haciéndome creer que, yo misma, estoy envuelta en ella. Y así
percibo la mano del tenor que me hace señas cuando recojo las
mancuernas. Y, a pesar de las recientes experiencia con la
mezzosoprano y la soprano aniñada, sigo confiada en la solidaria
naturaleza humana. Creo, entonces, que aquel hombre me está
señalando su buena disposición para alcanzarme los artefactos,
ya que él está junto al borde donde se procede a su distribución.
Sonriente y asopranada a mi vez, le indico que no se preocupe que
tengo cerca ese par que alcanzo con solo estirar mis brazos.
¡Nueva
acción equivocada! Mi degenerada percepción contracultural me
devuelve a la norma. El tenor se acerca. Amplio pecho prolongado en
generosos vientre, que aprieta el elástico de bañador modelo
Fraga Iribarne en la playa de Palomares.
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Autor: A.M.Diario El Mundo, 10/10/2014. |
Me indica, señalando las
mancuernas que yo tenía en mis manos, y meneando la cabeza con la
autoridad de una especie de indignado guardia civil, que aquellas
que yo tenía, él
las había dejado allí, antes de la clase. Él las saca del cajón
comunitario donde yacen, y las aparta para su uso personal.
Desconcertada
ante tanta privacidad invadida. Decidí alejarme de allí, para
adelantarme a todas las ninfas que harían cola frente a las duchas 4
y 5. Y ahora que escribo esto, recuerdo que, hace años, intenté
hacer un curso de swing. Concurría a clase con mi vecina, la Pilar
y mi hija, que entonces tendría unos diez años. No llevábamos
pareja hombre, sino que pretendíamos bailar las tres juntas... Fue
una ofensa, no solo para la profesora sino para las
heteropatriarcales parejas, que parecían prepararse para concursar
en Mira quien
baila.
¡Es verdad!, mi Currículum deportivo se ve siempre manchado de
incidentes normativos.
Juro,
por Emma Goldman, que está en todos los solares okupados con
alegría y ante Diana cazadora madre de las verdaderas ninfas, que
lo relatado es un exacto reflejo de mi experiencia vivida. Tal, un
espejo puesto a la altura del techo de la piscina. Cuando regresaba
de aquella epifánica clase de aquagym, chino
chano,
bajando la Rambla del Carmelo, con mi mochila azul que iba
chorreando agua de mi bañador, porque, casi siempre olvido la
bolsita de plástico para guardarlo, iba pensando en lo que dijo
Hannah Arendt. O si no lo dijo, lo pensé, imaginando salido de su
libro, que yace en mi sofá del comedor, desde hace días, con su
cubierta verde y negra: El fascismo hunde sus raíces en la
costumbre. Prepara su nido en la repetición de acciones semejantes
día a día, y se defiende contra quienes pretenden, acaso sin
proponérselo, alterar algo en esa costumbre. La «obediencia debida
a la legalidad de un Estado reconocido legalmente», aquel pretexto
utilizado por Eichmann para justificar las órdenes dadas para el
exterminio de millones de judíos; obediencia a la que apelaron las
fuerzas armadas y los policías que mataron y toturaron cientos de
miles de personas en toda América Latina, tiene algo, en su origen,
de esos pequeños gestos cotidianos. Seguramente, quienes estudian
la psicología de masas de los fascismos lo saben. Pero ignoramos
cuánto de represivo hay en la búsqueda de lo igual, de lo
inmutable. En la eternización de un estado de cosas, en el que,
creemos, reside nuestro bienestar. Pensé, que aquello tenía algo en
común con la necesidad de crear nuevas fronteras, de marcar
diferencias. De defender las existentes, de permanecer indiferentes a
la necesidad de la humanidad flotante y a punto de morir ahogada en
esa gran piscina que es el Mediterráneo. Cada uno agarrado a su
pequeña mancuerna, a su pedazo de piscina. Aunque sé que hay
otras y otros que, generosos e inmunes a las leyes de esa «obediencia
debida», se saltan las normas. Y aún van hacia el encuentro
fortuito de lo nuevo con los brazos abiertos. Me uno a ellos en la
esperanza de que a la piscina del Carmelo, a las clases de aquagym,
llegue pronto la verdadera lluvia dorada que recibió Danae.
Pequeños dioses ocultos en las duchas cuatro y cinco, ¡oíd mi plegaria!
(No es mi intención infringir Ley de Derechos de autor en la utilización de imágenes tomadas de la red. Tanto el texto como las imágenes de mi autoría pueden ser reproducidas citando fuente y autor.
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