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miércoles, 11 de julio de 2018

Cuando la propiedad privada era un robo

Opereta con obertura y un acto.

Observaba de reojo, para no descubrir mi indiscreta atención, la meticulosa ceremonia a la que mi vecina de vestuario se abocaba al regresar de las duchas. Sus pies, cuando desnudos, evitaban tocar el suelo de baldosas,  precavida, los hacía descansar sobre una toallita especial. Cada gesto que realizaba era siempre el exacto, siguiendo un orden inalterable. Me percaté también que algunas de las usuarias del club siempre buscaban la misma taquilla para guardar sus ropas (aunque son públicas) y que manifiestan una cierta inquietud si una intrusa les ha ganado de mano en su elección. Pero, todo esto me lo decía distraída, entre el pensamiento puesto también en todos aquellos cuerpos de todos los tamaños,  formas y tonos que explican el paso del tiempo, los pliegues que dejan la vida: los partos, el amantar, la ausencia de estos, el peso que va y viene, la felicidad del buen comer. Si no provocara un escándalo, iría un día con un lápiz Conté y un bloc de dibujo a tomar apuntes allí. Y con tanta variada desnudez reconstruiría una versión nueva y más real de El baño turco de Ingres, una versión al estilo Alice Neel. 

Dominique Ingres, El baño turco, 1862


                                          
Alice Neel, Autorretrato, 1980


Pero esos pensamientos son solo travesuras allí, donde la realidad cotidiana me aleja del orientalismo romántico de Ingres, y de todo pensamiento que no sea el ahora absoluto.


Un momento antes había asistido a la sorprendente manifestación de preferencia hacia ciertas duchas, exactamente dos de las ocho que se abren enfrentadas, unas a otras. Esto ocurre cuando se produce la salida simultánea de varias clases y se hace cola y algunas mujeres no se deciden a entrar en las duchas desocupadas.  Y allí mismo, apunté que no había nada que hacer, me quedaba mucho por aprender de los secretos del funcionamiento de las instalaciones del club que, hasta entonces, había sido para mí un espacio sin valoraciones detalladas. Supe también, por la complicidad que me mostró otra de las socias, que el llevar conmigo a la piscina, dentro de una pequeña mochila, la toalla y el neces͢͢͢͢͢͢͢͢er, tal como lo hacía yo, para ahorrar tiempo  y después de la inmersión pasar directamente a la ducha, sin tener que regresar a la taquilla en busca de lo necesario para el aseo, para esta usuaria  era una medida higiénica . Con ella evitaba el posible roce de su toalla con otras ajenas. Pensamientos y acciones todos que me hacían sentir como un dechado de malas prácticas. Siempre fui una ama de casa imperfecta y desaliñada, pero ya iría tomando nota de todo ello, para tratar de enmendarme. Así, tomé conciencia de la austeridad de mis gestos de limpieza, la simpleza de mi ajuar: una toalla y un neceser envejecido y bastante manoseado por el uso. Por lo que me prometí, y así lo hice, lavar el neceser para quitarle el roce que evidenciaba mi absoluta falta de pulcritud. Y quizás, encontrar en mi casa una toallita pequeña para usarla de alfombra y no quedar como una guarra ante las vecinas de vestuario. Lo de la toallita, al final, lo deseché, para no añadir peso a la mochila. (Todas estas precauciones, que entonces me parecían casi manías, hoy, luego de la pandemia parecen normales y se han multiplicado)


Un día, a una hora en la que la piscina se hallaba vacía, luego de nadar en solitario fui en busca de las duchas estrellas, que aprendí, en esas luchas entre socias por lograr sus beneficios,  poseían un número,¡ y yo no me había dado cuenta!.Sí, allí estaban, la cuatro y la cinco, todas para mi. Me acerqué voluptuosa hacia la cuatro. Imaginando que, al girar el grifo, un chorro tibio y abundante, cual lluvia de oro que cubre a Dánae, purificaría mi cuerpo del remojón en  agua clorada. Pero no, nada de ello ocurrió,un chorrito, frío primero, que se fue entibiando de a poco y que en un contar hasta hasta diez se cortó, fue todo lo que me ofreció. Probé entonces con la ducha número cinco. Igual desilusión. Yo no era capaz de percibir la diferencia entre esas y las otras con las que acostumbraba a mojar mis carnes. Seguramente, el pequeño dios, que yace escondido en las alcachofas de las duchas, otorga placer solo a las que luchan entre ellas para obtener sus beneficios. Yo, una aprovechada de la impune soledad, no me lo merecía.


Tiziano, Dánae recibiendo la lluvia de oro, 1560-1565
                                 
Pero, las intrascendentes observaciones anteriores resultaron no serlo tanto pues, recomponiéndolas descubro ahora que fueron la Obertura de la Opereta, que se desarrollaría en la piscina días después, durante una de las clases de aquagym, a la que se me ocurrió asistir por primera vez, ya que hasta entonces iba a la piscina por libre. Opereta, que dado su argumento, bauticé con el el título de «Cuando la propiedad privada era un robo ». Es menester aclarar que las actrices y actores de esta realista puesta en escena son vecinos de uno de los barrios más empobrecidos de Barcelona, El Carmel. Escenario, tiempo atrás, de heroicas luchas, crisol de feministas y de militantes del obrerismo de aquellos tiempos, tan pasados, cuando una clase trabajadora orgullosa de serlo, aún creía  la acumulación de propiedad privada era un robo.
-Las ninfas y ninfos

Tal como reza la Wilkipedia, en cita de Walter Burket: La adoración de estas deidades, [ninfas acuáticas, porque las hay de tierra] está limitado solo por el hechos que se identifican inseparablemente con una localidad concreta. Esta definición que vincula el ser ninfeo al fuerte arraigo, también formaba parte de mi ignorancia. Así, ajena a ello participaba en la alegre expansión de mi cuerpo con saltos en el agua. Hacia adelante, con amplios gestos de brazos y piernas y regresaba saltando hacia atrás, al ritmo marcado por el monitor de aquagym y acompañada de otras ninfas y ninfos con los que compartía el espacio de la gran piscina .¿Existirá la versión masculina de las ninfas? En caso de existir, seguramente, son tan escasos como los que participan en las clases de aquagym o de todas las actividades que tengan que ver con la expresión corporal  ( o  las de los clubes de lectura). Hecha la digresión, continúo con la Opereta, cuyo Acto primero y único, luego de la Obertura, acontece al ritmo de las gesticulaciones que nos marca el joven monitor, desde el borde de la piscina. Y allí vamos las y los gorditos desplazándonos, cada uno siguiendo, como puede, lo que nos señala. Creía yo que allí nos divertíamos, y que dentro del agua olvidábamos rituales exactos, y pequeñas manías. Miraba, con solidaria comprensión, a una de las participantes más anciana, agarrada como mejillón a la roca, a la orilla de la piscina, sin moverse de allí. Y hasta pensé en ofrecerle mi ayuda para que pudiera moverse más allá de su espacio, limitado por la extensión del movimiento que le permitían sus patitas temerosas, que intentaban seguir el ritmo tropical con que acompañaban  los ejercicios. Pero, poco, me di cuenta que su participación en la clase consistía en eso, permanecer agarrada a la pared, mientras los demás seguíamos el ritmo de cumbias y salsas pasadas por agua.

Inocente de mí que, creí que la piscina, en su anchura y extensión, nos acogía amablemente en su cualidad líquida uterina, liberándonos de caprichos locus. Cuando, como Saulo caído del caballo, me descubrieron que allí continuaba rigiendo las normas y costumbres que en tierra de vestuarios o duchas, había percibido, días anteriores,  como pequeñas manías o costumbres hechas en la repetición ordenada de la administración hogareña. Fue cuando chapoteaba  sonriente, mientras canturreaba en voz alta  lo que sonaba por el altavoz, algo así como; Dámelo, dámelo, dámelo negra, dámelo ya... Cuándo. el  feliz  ritmo que iba siguiendo se vió  interrumpido por la voz de  una mezzosoprano que, tocando mi espalda, me señala: «Este no es tu lugar» ...¡¿?! Me sonó al estallido de un platillo metálico sobre mi cabeza, dejándome estupefacta.
                         
 Balbuceé algo sobre la propiedad privada, alejándome a continuar las indicaciones del monitor, lejos de la propietaria del trozo de piscina, que marcaba su frontera vital. Yendo a parar cerca de la anciana que me había enternecido por la manera de aferrarse a la orilla. No demasiado cerca, pensé, para no provocar posibles ondas acuáticas que pudieran inquietar a la atemorizada señora. Pero toda precaución resultó inútil. Con gesto adusto, bajo su gorrita de goma, sus cejas formaron expresivos ángulos que eran la única gesticulación que le permitía su cuerpo, ya que sus manos seguían agarradas al borde. Con ellas subrayó lo que indicaban sus palabras, emitidas con voz de soprano niña, que me ordenaban el alejarme de allí. «¿Acaso yo no tenía un lugar propio?» , me había reprochado la gimnasta anterior, y repetía ésta.
   
                        
                                      
Elsa Plaza, Verano del 82 en la piscina de la calle Amalia. 


 «No, no... no pensaba que...» Creía en el azar de los movimientos acuáticos. Hasta entonces, pensaba que  idas y venidas nos conducía a ocupar lugares diversos. ¡Oh!, mi manía de dejarme en manos de los encuentros fortuitos. Degenerada desde la adolescencia por la lectura de los manifiestos surrealistas, aún, en aquella piscina, había creído en la deriva, en la pura flanerie clorada. Pero no, allí aún no había llegado el juego de la vida y reinaba el más absoluto orden determinado por la costumbre, que una vez más, trataba de ser inalterada, y que yo me empecinaba en transgredir. Cabizbaja, pero exudando bronca, como me acontece con frecuencia, me alejé hacia una zona vacía, allá donde nadie podría recitarme otra vez el área del capricho locus.

Y allí continué a mis anchas hasta que...llegó el momento de los ejercicios con mancuernas. ¡Mancuerna!, hubiese jurado que era un bicho, algo así como un escorpión, o, estirando mi imaginación, una factura, dulce bollo de panadería argentina de nuevo cuño, para acompañar el mate... Mancuernas, una palabra cuyo significado aprendí hace apenas un año, cuando me rompí un hueso del brazo y un encantador fisioterapeuta (Sergi, ¡hola Sergi!) me enseñó ejercicios de rehabilitación. Así, supe que las mancuernas son las pesas, pequeñas en la piscina y de poliespan. Dos mancuernas para cada uno, que distribuyó en abundancia el monitor,  extrayédolas de dos enormes cajones de plástico. Había muchas y sobran, de tal manera que hay quienes eligen su color preferido, o vaya saber que otra preferencia buscan en ellas.

Yo, una vez más, ajena a la complejidad de las normas, y al estar tan alejada de la distribución, estiro mi brazo y me hago con un par de mancuernas que se encuentran sueltas, aparentemente abandonadas a su suerte, en mi cercana orilla. Y es allí, cuando en la Opereta hace su entrada el tenor. Primero con un gesto, desde la lejanía neblinosa entre la que percibo su figura, donde destaca su desnudo pecho masculino. Porque sin gafas y con las de piscina puestas, todo lo que me rodea está envuelto en esa niebla, que embellece lo mirado, ya que borra arrugas y pelos que asoman indiscretos, haciéndome creer que, yo misma, estoy envuelta en ella. Y así percibo la mano del tenor que me hace señas cuando recojo las mancuernas. Y, a pesar de las recientes experiencia con la mezzosoprano y la soprano aniñada, sigo confiada en la solidaria naturaleza humana. Creo, entonces, que aquel hombre me está señalando su buena disposición para alcanzarme los artefactos, ya que él está junto al borde donde se procede a su distribución. Sonriente y asopranada a mi vez, le indico que no se preocupe que tengo cerca ese par que alcanzo con solo estirar mis brazos.

¡Nueva acción equivocada! Mi degenerada percepción contracultural me devuelve a la norma. El tenor se acerca. Amplio pecho prolongado en generosos vientre, que aprieta el elástico de bañador modelo Fraga Iribarne en la playa de Palomares.
Autor: A.M.Diario El Mundo, 10/10/2014.

Me indica, señalando las mancuernas que yo tenía en mis manos, y meneando la cabeza con la autoridad de una especie de indignado guardia civil, que aquellas que yo tenía, él las había dejado allí, antes de la clase. Él las saca del cajón comunitario donde yacen, y las aparta para su uso personal.


Desconcertada ante tanta privacidad invadida. Decidí alejarme de allí, para adelantarme a todas las ninfas que harían cola frente a las duchas 4 y 5. Y ahora que escribo esto, recuerdo que, hace años, intenté hacer un curso de swing. Concurría a clase con mi vecina, la Pilar y mi hija, que entonces tendría unos diez años. No llevábamos pareja hombre, sino que pretendíamos bailar las tres juntas... Fue una ofensa, no solo para la profesora sino para las heteropatriarcales parejas, que parecían prepararse para concursar en Mira quien baila. ¡Es verdad!, mi Currículum deportivo se ve siempre manchado de incidentes normativos.

Juro, por Emma Goldman, que está en todos los solares okupados con alegría y ante Diana cazadora madre de las verdaderas ninfas, que lo relatado es un exacto reflejo de mi experiencia vivida. Tal, un espejo puesto a la altura del techo de la piscina. Cuando regresaba de aquella epifánica clase de aquagym, chino chano, bajando la Rambla del Carmelo, con mi mochila azul que iba chorreando agua de mi bañador, porque, casi siempre olvido la bolsita de plástico para guardarlo, iba pensando en lo que dijo Hannah Arendt. O si no lo dijo, lo pensé, imaginando salido de su libro, que yace en mi sofá del comedor, desde hace días, con su cubierta verde y negra: El fascismo hunde sus raíces en la costumbre. Prepara su nido en la repetición de acciones semejantes día a día, y se defiende contra quienes pretenden, acaso sin proponérselo, alterar algo en esa costumbre. La «obediencia debida a la legalidad de un Estado reconocido legalmente», aquel pretexto utilizado por Eichmann para justificar las órdenes dadas para el exterminio de millones de judíos; obediencia a la que apelaron las fuerzas armadas y los policías que mataron y toturaron cientos de miles de personas en toda América Latina, tiene algo, en su origen, de esos pequeños gestos cotidianos. Seguramente, quienes estudian la psicología de masas de los fascismos lo saben. Pero ignoramos cuánto de represivo hay en la búsqueda de lo igual, de lo inmutable. En la eternización de un estado de cosas, en el que, creemos, reside nuestro bienestar. Pensé, que aquello tenía algo en común con la necesidad de crear nuevas fronteras, de marcar diferencias. De defender las existentes, de permanecer indiferentes a la necesidad de la humanidad flotante y a punto de morir ahogada en esa gran piscina que es el Mediterráneo. Cada uno agarrado a su pequeña mancuerna, a su pedazo de piscina. Aunque sé que hay otras y otros que, generosos e inmunes a las leyes de esa «obediencia debida», se saltan las normas. Y aún van hacia el encuentro fortuito de lo nuevo con los brazos abiertos. Me uno a ellos en la esperanza de que a la piscina del Carmelo, a las clases de aquagym, llegue pronto la verdadera lluvia dorada que recibió Danae. Pequeños dioses ocultos en las duchas cuatro y cinco, ¡oíd mi plegaria!


                            
Elsa Plaza,Agenda de les Dones, 1979.


(No es mi intención infringir Ley de  Derechos de autor en la utilización de imágenes tomadas de la red. Tanto el texto como las imágenes de mi autoría pueden ser reproducidas citando fuente y autor. 

lunes, 13 de octubre de 2014

En verano todo se desplaza


Onceava epifanía
Pocos éramos los vecinos que permanecíamos en nuestros pisos agotando este verano, húmedo y pegajoso, encerrados, cada uno soportando su neurosis y tratando de mostrar la mejor sonrisa cuando nos cruzábamos con el otro o la otra con quien compartíamos el tedio estival.
Iba a tender la ropa recién lavada con la pesadez que caracteriza mi subida, fui ganando uno a uno los escalones que me conducían al terrado. Me cuesta hacerlo cada vez más, mis brazos se adelgazan con la misma celeridad que se hincha mi vientre, y así, los años me han ido otorgando la silueta de un pollo al horno que me dificulta la carga de objetos pesados. Por eso, los 18 escalones que debo salvar a pie, acarreando el cesto con ropa mojada, son para mí una prueba de resistencia. Pienso, mientras lo hago, que esa será la última vez, que erraré el impulso que me lleva al siguiente escalón o que el cesto resbalará, y yo caeré. Nadie podrá socorrerme, y menos en verano cuando quedan tan pocos vecinos y los que están o son demasiado viejos o apenas se asoman para no descubrir que ese año no han podido hacer vacaciones.
Llego, al fin, sana y salva, a la cúspide. Mi Moira me ha otorgado una nueva oportunidad, o quizás estaba distraída cortando el hilo de la vida de otra desventurada ama de casa que, en ese momento, perdería el equilibrio desde el banquito de la cocina, donde se habría montado para alcanzar un tarro de harina. La vida de las mujeres tiene esas sorpresas y los actos cotidianos, esos que la nueva economía feminista ha dado en llamar cura, entrañan más riesgos que los que llevan a los jugadores de fútbol a la enfermería. En esas cosas pienso cuando voy montando, a duras penas, los 18 escalones, y también me imagino, en una especie de flash-front (¿se dirá así cuando uno anticipa escenas que preferiría no se produjeran, pero que aparecen como recuerdos del futuro?), que el cesto de la ropa va cayendo en cámara lenta varios pisos más abajo. El cesto es de mimbre y lo encontré en la calle, es bonito y muy fotogénico. Imagino también la ropa mojada y pesada que se queda allí mismo, sobre los escalones, buscando acomodarse a la forma de los mismos, y mi cuerpo que se pierde en un gesto que busca el equilibrio a manotazos torpes. Me quedo desparramada más abajo, con la espalda pegada contra los escalones y con vergüenza para gritar pidiendo socorro. Pero, al fin, decido gritar y nadie viene.
Pero, sí, me he salvado nuevamente y estoy frente a la puerta del terrado, aunque la encuentro abierta y forzada. Pienso, distraída, que alguien, un vecino impaciente no pudo abrir con la llave y forzó el pestillo de la cerradura. Voy colgando, una a una, las piezas de ropa...y cuando estoy a punto de descender para regresar a mi casa, el pensamiento distraído se convierte en atento y  recuerdo que es verano: la puerta no puede permanecer abierta. Hay riesgo que ladrones que saltan terrados  asusten a las viejecitas solitarias que tengo por vecinas. Y yo Madame Supepollo me erijo en la santa patrona de todas ellas.
Aparto el cesto de mimbre y bajo rauda a mi piso en busca del legado de mi padre, su herencia más preciada:una cartera de piel negra donde guarda los atributos de su oficio de electromecánico, pinzas, destornilladores, bolígrafo, sierra de mano, un portalámparas con las puntas de los cables pelados...Saco de ella varios destornilladores y me dirijo, otra vez, a la puerta del terrado para devolverle su uso a la cerradura violada por algún desaprensivo. Refrendará mi acción la solvencia que me da las herramientas  heredadas, las  voy probando  en busca de la más adecuada para extraer la cerradura y así conseguir desatascar el pestillo, absorbido por el forcejeo al que fue sometido.
Feliz de constatar que los tornillos van cediendo, uno a uno, a mi habilidad en el manejo del instrumento, digna hija de mi padre, su herencia está en acción. La cerradura está a punto de poder ser extraída. Y cuando, al fin, cede el último tornillo, con un ruidito de metal contra metal, veo la cerradura despedirse de mí, desapareciendo, ante mi mirada estupefacta, dentro del agujero que deja su propia ausencia. Allá se va, oculta ahora entre las dos hojas de metal de la propia puerta.



¿Qué hacer? ¿Intentar seguir con mi afán y arremeter contra todos los tornillos que unen las hojas de la puerta? El acto de destornillar es lo único que se me da bien, pienso, por un instante. Si consigo desarmar la puerta podré extraer la cerradura. Pero, es demasiada puerta para mi metro sesenta y mis bracitos de pollo. Me siento al borde de un escalón,  desconsolada cual Cenicienta que regresa a la realidad de sus fogones. Si los vecinos se enteran... me harán pagar todos los desperfectos ocasionados, no puedo seguir en esto. Renuncio, debo pedir auxilio. Tendré que ir a comprar una nueva cerradura, urgente. Si antes la cerradura estaba forzada, yo la dejé inexistente... ¡¡¡Guauuuuu....!!! Un día más de este verano absurdo. Ahora me siento Madame Superpollo desinflado.
Dibujo el agujero dejado por mi acción, lo mido, lo calco sobre un papel y me llevo la llave. Con todo eso tendré una cerradura semejante a la perdida en el agujero negro de la galaxia puerta de terrado. Una cuarta dimensión: la de mi propia estupidez elevada a la potencia de la depresión veraniega.
Cabizbaja, llego a la ferretería, pero los datos que aporto son insuficientes. 
Debo regresar a la escena del crimen, nuevas medidas. Ahora parece que sí. Me muestran una cerradura que podría ser compatible con todos los datos que aporto. Pero, se produce un nuevo contratiempo, la llave que llevo es más larga que la que ofrece el tamaño del ojo de la nueva cerradura. Me explican mecanismos. No hay nada que hacer, ya no existen de ese tipo. En el mercado ya no se fabrican. La única solución es llamar a un cerrajero y que instale una nueva cerradura, deberá hacer otro agujero para adaptarla. Todo podrá costar unos ¡doscientos euros! ¡Doscientos euros! Compro un billete de tren y me voy a París. Y que todos los ladrones que pasean por los terrados asalten  a todas lasancianas del edificio, después de todo es una posibilidad entre mil, pienso. Me escaparé de este verano.  Todo esto se me ocurre mientras sigo apoyada en el mostrador forrado de linóleo de la ferretería. Siento que el sudor de mis axilas comienza a oler, el desodorante de flor de loto me abandona. Frente a la disyuntiva vital que se me presenta recuerdo que, elegir es la angustia de nuestro tiempo, dijo Sartre, o dijo algo así. La cuestión es que debo elegir. Me escapo a París con mis doscientos euros y me olvido de la ropa puesta a secar, de las viejecitas asaltadas, de mis vecinos ocultos, del verano pegajoso, o llamo a un cerrajero.
Un señor, cliente de la ferretería, sigue con atención mis explicaciones y las del ferretero.Creo que también es sensible a mi estupefacción ante el diagnóstico definitivo dado por el comerciante. Había percibido su llegada al comercio y su interés en mi caso, por eso,  mientras hablaba intenté, con la mirada, incluirlo en la conversación. Debe estar despidiéndose de la década de los setenta, va vestido como un personaje de Agatha Christie en un viaje por el Nilo: sombrero panamá, pantalones claros, impecable camisa blanca planchada con el amor que pone una esposa o una antigua criada, bigotes perfectamente teñidos de marrón, gafas de sol con montura de pasta y un bastón de empuñadura de plata, es bastante más bajito que yo misma.
 ¿Me permite?, me dice. ¿Es de madera la puerta? Si fuera así, se introduce por el espacio, dejado vacante por la cerradura, un imán colgado al extremo de una cuerda. El imán engancharía la cerradura que, seguramente, no ha caído hasta el borde inferior de la puerta, sino que debe haber quedado en un primer tramo, el que tiene en el interior a modo de...
Asombrada por su inteligente solución y la sabiduría que expresa acerca de la constitución interna de las puertas y el comportamiento de las cerraduras perdidas, le expreso mi desolación ante la desgraciada circunstancia de que la puerta, en cuestión, es metálica. ¡Es metálica!, afirmo, con voz trémula y como disculpándome, quizá con la secreta esperanza de que el señor del sombrero panamá me dé otra solución alternativa, semejante a la del imán, la cual me había parecido casi mágica.
Como respuesta a mi información, comenta otras soluciones con imanes, buscando la complicidad del comerciante, pero siempre con la salvedad de que las puertas deben ser de madera, en caso contrario los imanes se pegan a las hojas, etc.
 La luz de la esperanza, que significara la intervención del elegante señor a lo Agatha Christie, se apaga en un segundo, y la angustia de la elección regresa a mí. Claro que me encanta la idea de dejar todo plantado y correr hasta la estación de Sants en busca de la libertad definitiva, pero la realidad me retiene ahí, pegada mi barriga al mostrador de linóleo. Un viaje en AVE o un cerrajero...

Cuando desde el éter llega a mis oídos la sugerencia amable que me hace aquel señor: Compre un alambre e intente pescar la cerradura. Le miro con ojos agrandados y gesto amargo, como de dibujo animado. No porque desconfíe de su consejo, sino de mi habilidad. La confianza en mí misma, que me llevó a sentirme Madame Superpollo, armada con los atributos de electromecánico, contenidos en la cartera de piel negra de mi padre, se había desinflado a lo largo de aquella tarde, engullida con la cerradura.
Pero, por intentar algo, que no quede. Y como ello no  requiere grandes inversiones, ni decisiones drásticas, pido que me sirvan el alambre de rescatar cosas perdidas. No sabía de la existencia de este instrumento, es un gran descubrimiento, al menos, regresaría con una pequeña esperanza en forma de rollo de alambre verde, retorcido una punta en forma de gancho, y que me exige un desembolso de dos euros y treinta y cinco céntimos. Prolongaría un par de horas más mi huida a cualquier lugar, porque ya los flash-front invaden nuevamente mi imaginación fatalista.
Pero, sucede un milagro. Mientras recibo el tíquet por la compra de mi rollo de alambre, el señor del panamá, mostrándome la mejor sonrisa de su dentadura nueva, me sugiere acompañarme e intentar, él mismo, pescar de entre las entrañas de aquella puerta, de la que él parece conocer todos sus secretos, a la huidiza cerradura.
Había ido a la ferretería en busca de una nueva cerradura y regresaría con un señor salido de las páginas de  una historia de Agatha Christie, que me va explicando por el camino  que es nacido en Murcia y hace setenta años que vive en Barcelona. Caminamos codo a codo, él desplazándose con la elegancia que le otorga un bastón de mango de plata y su educada conversación, expresada en una mezcla perfecta de catalán y castellano. Una mezcla que maneja con habilidad y gracia y que le da una expresividad particular, que denota una cultura forjada por sí mismo. El señor del panamá consigue, al fin, dar a mi desolación un poco del brillo del verano y pienso que, aunque no consiga pescar la cerradura (porque estoy segura que no lo hará), al menos me ha reconciliado con la buena vecindad, con aquello que descubrí durante las jornadas del 15 M, pero que se agostó con el verano, cuando todo parece que retorna a la miseria y la soledad de nuestras vidas de egoístas anónimos.
El señor del panamá se sienta, parsimonioso, junto a la puerta de cerradura ausente. Me confía el bastón y me dice, extendiéndome la mano: Me llamo Víctor. No nos conocemos, aunque yo paso casi todos los días por esta calle. Puede ser que nos hayamos cruzado muchas veces, tal vez. Ahora, si nos volvemos a ver, ya nos reconoceremos. Luego, se lleva la mano al bolsillo pequeño del pantalón y extrae de allí una navajita.
No se asuste, me dice. Usted no me conoce y puede pensar: "Ahora este hombre saca una navaja y me mata". Parece que se adelanta a mis pensamientos macabros. Pero, en ese momento, no había pensado nada. Sobre todo porque la navaja es de tamaño ridículo.

¿Ve?, agrega, la hoja es muy pequeña, pero a mí me sirve para todo.
Sí, yo también tenía una navajita así, era de mi papá, pero me la robaron, la llevaba dentro de mi bolso.
Se ve que usted es una mujer apañada, me responde. Bueno, más que apañada soy temeraria, ya ve lo que hice. 

Me siento a su lado a ver cómo logrará extraer, desde aquel triángulo de las Bermudas, la cerradura desaparecida. Y comienza a manipular el alambre,  intentando pescar algo invisible, aunque conociendo y explicando cada  maniobra que realiza para que la pesca dé resultado. Como si poseyera un radar natural, me va indicando donde está la cerradura, sabe exactamente la longitud que el alambre debe tener para extraerla.  Me explica que yo debo sostenerlo a una cierta altura, y  girarlo hacia un ángulo preciso, para que él pueda proceder a engancharla. ¿Por donde la enganchará?, pienso. ¿Cómo puede saber de qué lado está, si no la ve? 
Pasan unos cuantos minutos, en los que, ya en solitario, lo veo maniobrar pacientemente, y durante los cuales va explicando aspectos de su vida como mecánico de coches y "arreglatodo". Hasta que, ¡consigue pescar una punta del objeto perdido! Pero, aun no es suficiente para subirlo hasta la superficie, así que, otra vez demanda mi ayuda. Me da unas instrucciones dignas de un profesor de física, que sabe que si se hace un movimiento se producirá otro, exactamente controlado y en respuesta a este primero, logrando el efecto deseado sobre el cuerpo que manipula. Así, yo voy torciendo el alambre que él sostiene, cuando... ¡click!, logra, al fin, asir la otra punta del objeto perdido. Y lo veo comenzar a asomar, desde la oscuridad del misterioso interior donde había permanecido oculto. Es para mí una extracción tan milagrosa, que me invade una emoción comparable a la de un arqueólogo que ve asomarse la quilla de un barco hundido durante siglos. Estallo en aplausos. Ya no debo elegir entre la huida o el cerrajero.
¿Tiene un destornillador?, me pregunta a continuación. Y sí, sí llevo aún el arma del delito conmigo. Por lo que, para asombro del señor Víctor, saco un destornillador de mi bolso.
Ve, que usted es una mujer muy apañada, comenta al verme ofrecerle la herramienta.
Con la paciencia y la perfección que caracteriza todos sus actos,  Víctor vuelve a colocar la cerradura y, con gran habilidad, luego se ocupa de enderezar lo que habían torcido al forzarla. Las vecinas solas en verano estamos ya a salvo de los merodeadores  de las alturas.
Le invito con una cerveza, le digo. No bebo nunca, me responde. 
 Permítame ofrecerle algo, diez euros al menos, para que tome lo que le apetezca.  No, no, se excusa. Pero, yo insisto, ya que me parece justo retribuir a ese trabajador, ya jubilado, que esa tarde calurosa ha regresado a su antiguo oficio con un éxito rotundo y cosechando toda mi admiración.
¿Volveré a encontrarme con el señor Víctor? ¿Es otro de esos dioses menores,  que  aparecen en la estación del metro de La Sagrera? En verano, ya se sabe, todo se desplaza, y las líneas de metro quedan interrumpidas por obras de reparación. El señor Víctor es, quizás, uno de esos que en verano, desplazado de los túneles precintados por obras, ha salido a la superficie encargado de solucionar  pequeños incidentes que afectan a las amas de casa. Tal como el extravío de una cerradura, engullida por las fauces de una puerta.


miércoles, 23 de octubre de 2013

La caballerosa deferencia de los sábados por la noche (segunda parte)

Séptima epifanía

(primera parte aquí)

Me quedé detenida sin animarme a bajar las escaleras, no veía el final de ellas y tuve miedo. Entonces busqué el mechero en el fondo de mi bolso, intentando dar luz a ese espacio desconocido que se abría ante mis pies. Bajé a tientas y di con una puerta formada por paneles de cristales opacos. El tango seguía: Esta noche amiga mía el alcohol nos ha embriagado que me importa que nos miren y nos llamen los mareados. Giré el picaporte y ante mí se abrió un espacio iluminado por una luz tenue que envolvía a los que por allí deambulaban. Al fondo, una barra de bar hecha con listones de madera de dos tonos y cubierta por una encimera de formica roja. Pensé que había perdurado intacta desde los años cincuenta o sesenta, igual que las mesas, de patas delgadas y abiertas, que se distribuían siguiendo un banco corrido, forrado de plástico también rojo. Un gran espejo, al fondo, duplicaba el espacio.

Parejas enlazadas seguían apasionadamente el ritmo de los tangos. Busqué con la mirada a mi hombre. Distinguí su figura sentada frente a una copa que acababan de servirle. Me acerqué a la barra, desde allí podía observar mejor su imperturbable gesto de pasmado feliz.

Supe enseguida que aquel lugar no era para una mujer sola y menos para quien no sabía bailar tangos. Charo de Nualart me había hablado de sitios así donde ella, burguesa y excéntrica, se escapaba a bailar cuando su marido estaba de viaje, lo cual sucedía dos o tres veces por semana. Charo era una experta en esa danza.

Mis fantasías eróticas nunca habían peregrinado hacia los brazos de esporádicos acompañantes que me hicieran girar durante los tres minutos que dura un baile. Pero sobre todo, y a pesar de que la música y las letras de los tangos me entusiasmaban, el aprender a bailar dejó de interesarme cuando me di cuenta que la práctica de esta danza era como una militancia política. Había que dedicarle tiempo, entusiasmo y devoción. Y yo desde hacía años huía de las fidelidades, me había aburrido durante demasiado tiempo practicándolas. Pensaba en todo eso mientras bebía la cerveza que un camarero de pajarita negra me había servido. Tenía mucha sed y no sabía qué estaba haciendo allí, así que pedí una segunda vuelta. Repasé una por una las parejas que evolucionaban por la pista de baile, no eran ni viejos ni jóvenes, eran tal como yo veía a los mayores -mis padres, mis tíos- cuando era pequeña. Todas las mujeres llevaban faldas y tacones altos, todos los hombres americanas y corbatas.

Yo desentonaba con mis botas de suela de goma y tejanos, pero nadie parecía mirarme y tampoco me importaba. Él seguía con su mismo gesto de lejana beatitud apurando una copa que parecía inagotable.

Una mujer se acercó a la barra, estaba también sola. Llevaba el pelo crepado, duro de laca, y la mitad de sus grandes senos asomaban desde el escote de un vestido estampado. Me preguntó si era la primera vez que iba allí, pues ella nunca me había visto. Le respondí que sí.


-Acá todos nos conocemos, ¿sabés? ¿Y vos viniste sola o esperás a alguien?
-Vengo detrás de ese -respondí como bromeando, mientras señalaba a mi hombre.
-¿Ese?, ¡¿qué le viste?! Tiene fama de raro -agregó en tono confidencial, acercándose a mí tanto que olí la laca dulzona con la que había rociado su peinado. -Habla poco, y solo baila cuando ponen los tangos de D’Arienzo, será por lo de “El Rey del compás”. En Argentina a D’Arienzo le decimos “El Rey del compás”, y como a ese parece que le falta el alma a lo mejor necesita que alguien se la sople desde afuera. Con D’Arienzo nadie se resiste. Muchos prefieren bailar con Pugliese, es más intelectual, demasiado difícil para mi gusto, che. Así que vos y ese tipo…
-¿Y tú con quién bailas? -pregunté interrumpiéndola, pues no quería tener que explicarle la ridícula historia que me había llevado hasta allí.
-A mí me gusta el tango clásico. Vengo a bailar sola todos los sábados desde hace mucho tiempo-. Acabó la frase mirándome de reojo mientras encendía un cigarrillo que dispuso en la punta de una boquilla negra con estrellitas plateadas.

La música invadió de nuevo el local, esta vez el compás era marcado por un ritmo sincopado, tango también pero más ligero, más vibrante.

-Ahí tenés a D’Arienzo, ahora vas a ver bailar a tu tipo -me dijo la mujer, codeándome para que girara la cabeza y que no me perdiera el anunciado espectáculo.

Entonces vi al caballero nocturno hacerle un gesto casi imperceptible de invitación al baile a una mujer. Ella le respondió bajando sus ojos, enmarcados por los finos arcos de unas cejas delineadas con lápiz. Los dos se pusieron de pie y se encontraron en la pista de baile. Él bailaba casi sin rozar el cuerpo de su compañera, pero los dos parecían haber ensayado sus pasos infinitas veces. Vi los pies pequeños de la mujer, calzados con sandalias de tacón que presionaban un empeine regordete, girar airosos siguiendo los zapatos brillantes y acordonados del bailarín.

-¿Cómo hacían para saber cuando había que cruzar los pies, avanzar, esperar a la pirueta, arremeter con el compás? -pregunté a la mujer que tenía a mi lado
-Si querés te enseño –respondió decidida.
-Esto no es una verbena, aquí las mujeres no bailan entre ellas. Los roles están tan marcados. Los hombres tan hombres, las mujeres tan mujeres, si parece todo de otra época.
-¿Qué época? Acá siempre es así. Pero sólo hay una excepción, yo. Yo sólo bailo con mujeres.
Solo atiné a decir -¡Ah! -mientras ella continuó:
- Ya están acostumbrados a verme bailar con mujeres, todos saben que en el tango solo puedo llevar, no me sale el dejarme llevar. Me acostumbré así… A veces, siento que bailando me convierto en un varón.
-Pues, no se nota- dije estúpidamente mientras miraba sus enormes senos que pugnaban por escapar de su vestido ajustado.
Y entonces me cogió de la mano y con un enérgico -¡Vamos!- me llevó hacia la pista.
-Vos sólo seguí lo que mi mano en tu cintura te indique -me aconsejó.
Y entonces no sé si fue por efecto del alcohol, la música o el arte de aquella mujer que sentí que podía bailar, a pesar de que la suela de goma de mis botas hacía bastante difícil arrastrar mis pies, como se requería. Pero todo inconveniente era salvado porque la música de “El Rey del compás” se había metido en mi cuerpo, y ya nada me importaba más que hacerla salir en forma de exactos movimientos.

Seguí bailando hasta que D’Arienzo se agotó, entonces le sucedieron otros tangos con letras nostálgicas. La gente volvió a sus mesas y a encargar bebidas.

Volví a ocupar el lugar que tenía junto a mi acompañante. Y desde allí, observando a ese hombre que, ajeno a todo, me había llevado hasta ese rincón del Carmelo, pensé que quería tenerlo cerca, olerlo de nuevo.

-Hace mucho que viene por aquí –pregunté a mi maestra de tango, señalándolo.
-Dale con el muñeco -me respondió -¿No te das cuenta que es como un muerto? Sólo invita a bailar a quien se le pone enfrente, no busca con la mirada, a él lo encuentran. Vos también lo encontraste, ¿no es cierto?

Era cierto lo había encontrado, pero, ¿para qué?, ¿por qué? Si lograba bailar con él quizás lo sabría.

Fui en busca de su mirada, me senté en una mesa frente a él. Había que esperar otra vez que la música de D’Arienzo lo motivara ¿Cuánto tiempo pasó? No sé. El ambiente se volvía más espeso, mucho humo y movimientos extraños de idas y venidas a los lavabos. Se lo hice notar a mi acompañante que me había seguido hasta la mesa.
-Parece que por aquí la cerveza provoca ríos -dije chistosa y señalando el tráfico de idas y venidas que atravesaban las puertas de los lavabos. Ambas pintadas de color beige amarillento y donde para diferenciarlas habían mal dibujado unos labios pintados en una y un sombrero de copa en la otra. Inocentes objetos que, seguramente sin intención expresa, remitían a una manifiesta simbología genital. Entonces me llegó diferida la respuesta de la mujer que tenía a mi lado.

-No es la cerveza, es coca. Un nariguetazo y bailan toda la noche, frescos como lechugas.
-¿Y tú también?
-Avisá piba, yo no me quiero morir joven. Mirá, ¿ves aquellos de pie en la esquina de la barra? Son polis, ellos son los que la traen y la reparten. Y después dicen que con Franco se acabó la juerga.
- Pero Franco murió hace ya años…
- Nena, ¿qué te pasa, la cerveza se fue al cerebro? ¿Desde cuándo Franco está muerto?
- Quizá, cuando sucedió tú estabas en Argentina, pero si fuera así…

Y continué con un discurso sobre las posibilidades que había para que esa mujer hubiese permanecido, durante años, ignorante de la muerte de Franco.
Ella ya no me respondió y yo acabé pensado que, tal vez, fuera una de esos rezagados añorantes del Caudillo que aún pensaban que volvería, si no él en persona sí sus ideales…Y entonces, comencé a desconfiar. ¿Quién era en realidad? ¿Y si formaba parte de esa red de siniestros personajes llegados durante la última dictadura militar argentina para delatar exiliados?

Ella, ajena al devenir de mis pensamientos, miraba con atención la pista de baile y fumaba muy despacio, echando el humo en forma de nubecitas. Mientras tanto el hombre que me había llevado hasta allí, tal como lo anunciara la argentina, no había vuelto a bailar. Permanecía inmóvil, con los dedos de su única mano rígidos sobre la mesa, el índice señalando algo y los otros dedos retraídos.

Ya de madrugada, cuando muchas parejas se habían ido y otras se miraban intensamente a los ojos, volvió a sonar la música de D’Arienzo. Entonces, me puse delante de la línea de visión de mi hombre. Y cuando cabeceó supe que era a mí a quien dirigía la señal. Cerré los ojos asintiendo y acompañando este gesto con un leve movimiento de cabeza hacia abajo. Y fui hasta la pista, allí nos encontramos. Vi de cerca su cara lisa y brillante y su pequeño y negrísimo bigote asardinado. Sentí su única mano posarse apenas sobre mi cintura. Yo busqué la ausencia de la otra y allí, donde ésta debía comenzar, me así a un costurón de carne que ofrecía al tacto la experiencia de una forma nueva que contenía toda la sensualidad de la repulsión. Al principio lo rocé con delicadeza, pero cuando  su única mano indicó a mi cuerpo lo que debía hacer, sujeté decidida aquella otra forma cálida dibujada con los relieves de una antigua herida. Y como si me viese en una película, supe que mis pasos se correspondían exactamente con los suyos, y fue entonces cuando me dijo:
- No te preocupes, lo estás haciendo bien.

No volví a oír su voz y no pude distinguir su acento. Era una voz plana, anodina, que me había llegado como desde un interior vacío. Pero el olor a menta, tabaco y azahar de los hombres de mi infancia volvió a mí, mezclado con esa pizca de humedad que exhalaba su traje.

¿Con qué medida expresar el tiempo en el que me dejé llevar por el extraordinario caballero de mano ausente y mirada vidriosa? Cuando la música acabó me acompañó hasta mi mesa, y al dejarme imitó una pequeña reverencia, se acomodó la americana y dio media vuelta. Cruzó la pista y le vi buscar la puerta de salida.

La argentina también se había ido. Miré mi reloj, se había detenido a las diez de la noche. Al salir del local respiré hondo, la media luz de la mañana y el frío me sorprendieron. Tenía sueño, mucho sueño y ganas de volver a casa.
Al pasar por la boca del metro de Horta le vi otra vez, mi hombre caballeroso bajaba las escaleras. Y seguí nuevamente sus pasos como una sonámbula.

¿A dónde quería llegar? Sabía que todo había acabado, y estaba casi segura de que en cualquier momento se desharía en el aire convertido en humo, en el mismo humo que había exhalado la fumadora argentina que esa noche me había acompañado. Hice el gesto de bajar yo también las escaleras, pero el cansancio y lo ridículo de mi situación me vencieron y continué mi camino alejándome hacia la plaza Ibiza.

Cuando llegué a casa me eché en el sofá y allí mismo comencé el relato de esta historia hasta que el sueño acabó con mi conciencia.

Días después, la obligación de entregar uno de mis trabajos a una agencia que tenía su sede casi al final de la calle Hospital condujo mis pasos hasta la tienda de “Ropa para el caballero elegante. Ropa Deportiva y de trabajo. RIUS s.a.”. La misma tienda cuyos maniquíes habían llenado de terror mis paseos infantiles por aquella misma calle. Me detuve allí atraída por lo que antes había sido repulsión. 

Sastrería fotografiada por Francesc Català Roca
La tienda festejaba su ochenta aniversario y como repaso de su historia habían dispuesto, enmarcados en metal, varios recortes de periódicos que hacían alusión a ella. Entre éstos uno que anunciaba la próxima inauguración para el mes de septiembre de 1912; otro en el que el marqués de Comillas aparecía fotografiado comprando en la tienda, en junio de 1927. Y fechado el 11 de mayo de 1964, el viaje del señor Rius -hijo del fundador de la empresa- a Buenos Aires, donde inauguraba una sucursal. A su lado la señora Rius, originaria de la ciudad del Río de la Plata, reía a la cámara mostrando su generosa pechuga que escapaba del escote de un vestido ajustado. Entre sus dedos sostenía, con gesto descarado, una boquilla en cuya punta humeaba un cigarrillo. Confundida por la coincidencia que me remontaba a la extraña noche vivida en el Carmelo, busqué una respuesta en los maniquíes que seguían sonriendo, y advertí entonces que una mano se había desprendido de uno de ellos, el más alto, el de pelo negro y bigotitos asardinados.   

martes, 1 de octubre de 2013

El eco del tiempo

Quinta epifanía

Hay lugares, espacios en la ciudad anónimos, que poseen un cierto detalle, o que a una determinada hora exhalan un cierto olor, o donde corre un aire diferente. Ellos nos ofrecen un instante para nuestra perplejidad, que se escurre de inmediato ahogada por el ruido del tránsito o la luminosidad de una farola. Ese espacio existe también en el barrio de Horta, en Barcelona.

Si lo digo así, pareciera que estoy a punto de dar el dato preciso de un Aleph, aquel del cuento de Borges que se hallaba en el sótano de una casa en Buenos Aires. Pero no, el lugar lo recorro con, apenas, unos cinco o seis pasos. Ubicado en la confluencia del Passeig de Fabra i Puig con la calle Cartellà es allí donde desde la profunda herida que abrió el asfalto supura, apenas, como un sutil reclamo a los caminantes, el aire de la antigua riera de Horta.


El camino salvaje
El encanto ocurre luego de atravesar la placita, donde el esbozo de un rostro de piedra maltratado (y que alguna vez quiso representar al del escritor gallego Castelao), quizá nos alerte o nos indique el “camino salvaje”. Aquel que se abrió -a pesar de la voluntad disciplinaria del urbanista- sobre el parterre que aloja unos cuantos arbolitos. Arbolitos hermanados en la voluntad de ofrecer sus melenas como abrigo al paseante que se atreve por aquel pequeño atajo. Es allí, bajo sus ramas, donde el tiempo se suspende brevemente, y ocurre entonces que vuelve ese aire de la riera y el verdor de los antiguos campos de cultivo. Y, por el mismo efecto, el escalectrix, que está a sólo unos pasos, desaparece. ¿Hubo una vez, la mirada de una niña y la brisa que rozó sus mejillas, encendidas mientras jugaba, que quedaron suspendidas allí?


... donde el esbozo de un rostro de piedra maltratado
La niñez tiene momentos intensos que ocurren, sobre todo, en los atardeceres cálidos, después de varias horas de juego. Recuerdo algunos de mi infancia, en el portal de casa, saltando una rayuela o jugando a las estatuas bajo el verdor de otros árboles jóvenes que crecían también a orillas de un pequeño canal -una “zanja”-, sucio y maloliente, que discurría a lo largo de mi calle, la avenida Derqui. Las semillas de los árboles caían a nuestros pies y las inspeccionábamos curiosas. Alguien nos explicó que eran de “falso café”...

Avenida Derqui, Buenos Aires
¿Es la mirada de la niña de la riera de Horta la que persiste en aquel espacio? ¿O es la niña porteña, la de la avenida Derqui, que presiente ya el aire de la riera de Horta?

Con cuánto entusiasmo el escritor JB Priestley nos ofrecería la posibilidad de una respuesta. Quizá debería volver a sus tres piezas sobre el tiempo: El tiempo y los Conway, Ha llegado un inspector, Yo estuve una vez aquí... Siempre me parecieron repletas de una extraña poesía. Inasible y cercana a lo siniestro, a eso que concibe Freud como lo familiar que se torna extraño. Y es, precisamente, esa familiaridad anodina, reconvertida, lo que puede provocar el embeleso de un trozo de ciudad, tan falto de posibilidades poéticas como lo es ese parterre en medio del asfalto, donde pareciera que dos niñas continúan jugando a pesar del tiempo y la distancia.