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domingo, 5 de abril de 2015

En los ojos de la media jirafa

Anoche, caminando por la calle Provenza con dos amigas, me llamó la atención una jirafa de taxidermista, que se veía a través de los cristales de una tienda de objetos para la decoración de interiores. Pero, lo más extraordinario es que no estaba sola: la mitad de otra jirafa, cabeza y largo cuello acoplados a un pedestal de madera, ocupaba el primer plano del escaparate. ¡Quién querría semejante ornamento! Sólo un palacio, como el que Gonzalo Suárez en Remando al viento concibiera para Lord Byron, podía aceptar una jirafa en el salón, pero nunca a esa pobre reducida a la mitad de su majestuosa figura.


Doblemente macabra, por la ausencia de cuerpo y extremidades, llamaba la atención su mirada congelada de oscuros ojos de vidrio, que parecían dirigirse hacia un punto ignoto y misterioso. La velaba los párpados, donde el taxidermista había ido reconstruyendo unas largas y lacias pestañas. Aquellas pestañas que bordeaban su mirada perdida me trajeron a la memoria la imagen del viejo Ricardo. Quizá, porque siempre veía de él medio cuerpo detrás de la mesa del café que frecuentábamos, y en la conversación me retenían sus grandes ojos ornados de pestañas pinchudas. No dije nada a mis amigas porque ellas no saben quién era el viejo Ricardo, y les hubiera sido incomprensible la extraña asociación. Sorprendida yo misma por aquel recuerdo enterrado, pensé, que a los despojos de aquella desgraciada bestia le había sido otorgada la virtud de atraer recuerdos lejanos, y que sus ojos de cristal, como bolas mágicas, reflejaban escenas del pasado de quienes se detenían en ellos.  

Fotograma de la película Remando al viento de Gonzalo Suárez

El regreso de los que conocimos y sabemos desparecidos para siempre ocurre sin aviso previo. Y suelen llamarnos desde los lugares o desde las cosas menos esperadas, como ocurrió la noche del Jueves Santo. Si bien es cierto que el viejo Ricardo hacía días  que debería andar rondándome, ya que había vuelto a releer El juguete rabioso de Roberto Arlt.

El viejo Ricardo era, él mismo, un personaje que jugaba a encontrar rasgos de los personajes de las novelas de Roberto Arlt en nosotros, los que frecuentábamos el bar de la calle Arenales a la salida de la escuela de Bellas Artes, que en esa época ocupaba un antiguo y estropeado palacete en la calle Cerrito y Juncal de Buenos Aires,  hoy demolido. Nunca supe si a mí me reservaba algún parecido, probablemente ninguno, porque las mujeres de las novelas de Arlt son madres o esposas dolientes, sumisas o avaras y medrosas; o viudas y jovencitas lascivas que sólo pretenden atrapar un marido; también está la variante cocotte de película, que puebla los sueños eróticos del adolescente pobre y solitario. Y yo de todo eso tenía bien poco, en la época era una gordita hippie con Grandes ilusiones, algo que Arlt no concibe para las mujeres, pero sí para todos sus personajes masculinos. Eso que Simone de Beauvoir define como la ”trascendencia”, o el “afán” del que habla Luis Landero en sus Juegos de la edad tardía.

Volviendo a las mujeres de Arlt, ellas siempre están como en el fondo de la escena, en el interior de sus casas, en la oscuridad del zaguán, espiando detrás de las cortinas, o maldiciendo al destino que las condena a estar atadas a un hombre que no quieren. Siempre alguna con algo de mi madre, ejemplos de la feminidad de la época, cultivada en el dolor del fracaso y la impotencia a que las somete su sexo. No desobedecen, se quedan allí esperando que alguien venga a rescatarlas, y siempre se equivocan. Quizás, así fueron las mujeres que Arlt permitió que entraran en su vida; a las otras, las alfonsinas creativas, sensuales y libres con las que compartía la mesa del café, les debe haber temido. Reconozco en Arlt su mirada sesgada hacia el mundo femenino, así eran los hombres de entonces, a los que Alfonsina Storni retrató con precisión en tantos de sus poemas.
  
Alfonsina Storni. Sin datos de autor/a

Como en las letras del tango, todos sus personajes, hombres y mujeres, finalmente comparten la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, son fabricantes de sueños rotos. Pero, al menos, los hombres se permiten imaginar la Justicia social que impondrían a bombazos; la destrucción les abriría el espacio que se les niega y los hace infelices. Son brutos algunos, pero leales en su brutalidad; otros despliegan un alarde de imaginación al servicio de la traición o del asesinato, del invento definitivo que los haga millonarios, o del robo. Como ¡el robo a una biblioteca! que imagina Silvio Astier y sus amigos en El juguete rabioso... Tres chicos, aprendices de chorros, de apenas 13 o 14 años. ¿Alguien puede imaginar, hoy día, a los jóvenes chorizos del barrio planeando robar libros en la biblioteca de la escuela?

El mundo de Arlt era así, y aún, a principios de los años 70 en Buenos Aires, nosotros los jóvenes, inspirados por el afán, reconocíamos la historia de nuestros orígenes en aquellos libros, cuyas páginas revivíamos en los cafés del centro, que frecuentábamos. Porque sabíamos entonces que allí nos era dada la escuela de la vida, con profesores como el viejo Ricardo.   

Café Los Inmortales, en Buenos Aires, años 1920. Sin datos de autor/a
Cuando irrumpíamos en el café, después de clase, el viejo Ricardo ya estaba allí, agarrado a su inseparable vaso de moscatel, la crencha canosa cayendo sobre la frente. La nariz de berenjena, un poco enrojecida, le daba un aire de borrachín impenitente, que no lo era. Aunque sí, quizás, el moscatel surtía en él un cierto efecto de achispamiento que animaba su conversación y las frases y gestos irónicos con los que se dirigía a nosotros: a Paula, a Carlos (Ricardo lo llamaba "el fabricante de angustias" vaya a saber por qué); a Pablo o Jorge (que entonces me parecía de color pomelo Neus, como la bebida que siempre pedía), a Eduardo, a Marcia, a Pietra,  a Roberto y a otros que pasaban por allí: Ricardo L. Félix, Irma... Como aquel chico que acostumbraba a sentarse con nosotros o nos acompañaba en nuestro deambular por la ciudad.  Daniel se presentaba siempre con una cajita metálica para guardar y desinfectar jeringas, de esas que llevaban las enfermeras, en una época donde las jeringas desechables no existían. Faroleaba con su supuesta adicción cuando aún en Buenos Aires la heroína era sólo una fantasía de la que teníamos noticia a través de la lectura de Kerouac o de los poemas de Allen Ginsberg, editados por las ediciones de La Flor. El chico soñaba con ser un jonky de verdad, y no sé si lo logró. Lo cierto es que compartía esta vocación de pincheto con la de predicador. Y según explicaba, asistía regularmente a los oficios religiosos en un templo de los testigos de Jehová. Cuando se sentaba a la mesa del bar, depositaba siempre sobre ella su Biblia, otro de sus atributos, como lo era la cajita metálica que acomodaba, a su vez, sobre el lomo de Libro sagrado. Por esto, nosotros le habíamos apodado Daniel Apocalipsis y el viejo Ricardo lo llamaba El Astrólogo,, nunca supe por qué ) el personaje de Arlt de Los siete locos. Quizá porque el discurso de ese bizarro aprendiz de pastor evangélico versaba, frecuentemente, sobre la inminente llegada del Armagedón, el fin del mundo, y trataba de convencernos de la realidad comprobable del Apocalipsis, que se anunciaba en múltiples hechos que ya estaban aconteciendo por aquellos años. Algo de razón había en su prédica, porque estábamos a un paso de que se instalara en Argentina un nuevo tipo de Armagedón, llamado plan Cóndor, diseñado para toda América latina.

Entre las novelas de Arlt y la vida de Ricardo no había separación, vivía dentro de ellas y sus propias historias exhalaban ese mismo sentimiento de sueños truncados. Bajito y algo encorvado, el viejo Ricardo tenía siempre en los labios una sonrisa condescendiente, supongo que se la dibujábamos nosotros con la inocencia y la curiosidad de nuestra juventud, que la creíamos ya de artistas. Vestía con la corrección de los hombres de su edad, los que trabajaban en oficinas: un saco de muchos años, un pantalón de paño, la camisa clara y la corbata desplanchada y mal anudada. Dirigía a un grupo de limpiadoras que ejercían como tales para algunas de las oficinas de la zona. Nada más supimos de su trabajo, aunque con el tiempo nos llevó a su casa, en la calle Bolivia. Una casa muy vieja y descuidada, con un par o tres de piezas que se abrían a un patio con macetas mustias. Allí convivía con su hermana, una versión femenina de él mismo.

Durante la visita a su casa, Ricardo nos habló de su mujer, había fallecido muchos años atrás. Después de aquella tragedia, él había intentado suicidarse. Eligió arrojarse a las vías del subte. Y yo imaginé el subte de la línea A, la de Plaza de mayo a Primera Junta, un día de invierno, de esos cuando la garúa se mete en los huesos. Nadie puede suicidarse en Buenos Aires cuando los jacarandás están flor en la Avenida de Mayo, o así lo sentía yo entonces. Pero el viejo Ricardo tuvo mala suerte, y le tocó la china de seguir viviendo, porque cuando se iba a lanzar bajo las ruedas del tren que llegaba, otro se le adelantó, y se suicidó en su lugar.  
Metro de Buenos Aires. Sin datos de autor/a
Y el viejo siguió su vida, cumpliendo horario en el bar de la calle Arenales, agarrado al vasito de moscatel, a los libros de Roberto Arlt y, por un tiempo, a nosotros que nos fuimos alejando, cada uno con sus historias. En una de las visitas a su casa vi una foto de su mujer, la contenía un marco, tan viejo como la misma foto, donde apenas se distinguía el rostro de una chica joven que sonreía, peinada al estilo de los años 40. Era la figura de un fantasma que se iba deshaciendo bajo las manchas de humedad que la atacaban. No sé por qué, pensé que la misma enfermedad que la había corroído se empeñaba en prolongarse sobre su imagen retratada.

Quisimos encontrar una novia para el viejo Ricardo, y creímos que podía ser otro de nuestros encuentros fortuitos: Sara Preto, una mujer extraordinaria que con más de 50 años había decidido ser escultora, y lo logró. Pero Ricardo amaba el fantasma de su joven esposa, y Sara a un amante mucho más joven que ella.   

Qué diría el viejo Ricardo si le explicara que, en la relectura de El Juguete rabioso hoy percibo ese mismo ambiente de sucia melancolía, que preside también El Diario de un ladrón de Jean Genet, y algo de su propia vida. ¿Habrá leído Ricardo, alguna vez, a Jean Genet? Sé que la amoralidad del relato de Genet lo hubiera escandalizado y, sobre todo, su elogio a los muslos prietos de los Waffen SS, y el deseo que le despertaba la violencia que imaginaba, tanto en ellos como en los jóvenes y apuestos policías a los que Genet admiraba. La relación de amo y esclavo era un estímulo sexual para el francés. En Arlt hay también mucho de esa pasión por la destrucción, aunque sus sueños eróticos se nutren de un imaginario heterosexual, con un sadismo normativamente dirigido hacia ciertas mujeres.

Pero ahí está el encuentro que el jovencísimo Silvio Astier, de El juguete rabioso, tiene con esa otra manera de sentir la sexualidad. Ocurre en una habitación de pensión, con otro chico que aparenta su misma edad y que pretende seducirlo. La escena es extraña e inquietante, un rechazo de macho ofendido es la primera reacción de Silvio, pero la visión de la piel blanca, recortada entre puntillas, que aquel adolescente exhibe como muestra de su deseada feminidad, confunde a Silvio. El olor nauseabundo que exhalan las ropas, del pretendido seductor, agrega ese punto de abyección que está presente,  también, en los ejercicios amatorios de Genet. Pero Silvio es muy joven y se asusta de esa sexualidad furtiva que acaba de descubrir.

Tanto Arlt, como Genet en el Diario de un ladrón, describen los escenarios de miseria de las primeras décadas del siglo XX y los personajes que los frecuentan. Buenos Aires es la gran ciudad trampa de la que Silvio Astier no puede salir, e imagina la huida a Europa que le devolvería la libertad y lo resarciría de sueños cumplidos. El camino inverso al que hicieron sus padres inmigrantes. Genet se desplaza libremente por esa Europa, de Cádiz a Berlín, haciendo de la abyección una categoría estética y de la traición un placer más, enmarcado en la exaltación de una virilidad donde se juega a ser amo y esclavo...

 Como los adolescentes que se hieren -como aquel Daniel Apocalipsis-, para sentir en el dolor/ placer de su propia carne torturada,  la confirmación de que están vivos, Silvio Astier encontrará en la traición una razón que lo aleja del suicidio. La abyección y la traición que hacen imborrable ciertas escenas de las obras de Arlt son los gestos del hastío, de la rabia frente a las injusticias del mundo, es la metáfora de la bomba anarquista como reconocimiento del final de todos los sueños.

[...] pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia.
-¿Por qué no?...Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un secreto repugnante que me impulsará a averiguar cuál es el origen de mis raíces. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me preguntaré: ¿Por qué fui tan canalla?, y no sabré responderme, y en esta rebusca sentiré como se abren en mí curiosos horizontes espirituales.
[...]
­-¡Ah! canalla...canalla...
-No me importa...y seré hermoso como Judas Iscariote...toda mi vida llevaré una pena...
[...]

[...] ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?
Enrojecido hasta la raíz de cabello, le respondí:
-Es cierto... Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre...y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos.
Roberto Arlt, El juguete rabioso (1926)
                                                    ---
                                     
La idea de traicionar a Armand me inundaba de luz. Lo temía y lo quería demasiado para no desear engañarlo, traicionarlo, robarle. Presentía la desasosegada voluptuosidad que acompaña al sacrilegio. Caso de que fuera Dios (había sabido lo que era ser piadoso) y hubiera puesto en mí su confianza, me resultaría dulce renegar de él.
Jean Genet. Diario de un ladrón (1949)

En la mirada de la media jirafa, ¿estarían también las novelas de Arlt y el relato de Genet? ¡Ah!, si el viejo Ricardo estuviera aún en el bar podría ir a preguntarle. 

  

viernes, 15 de noviembre de 2013

La Sombra de La Solapa (segunda parte)

Octava epifanía



Caminábamos por la calle México una tarde tórrida de sol que teñía los edificios de un color naranja intenso. Avanzábamos mamá y yo, mi pequeña mano aferrada a la suya -para mí, en la calle México siempre se pondrá el sol, al igual que la calle Sarandí contiene en su nombre todo el frío y el viento del invierno porteño.

Fue allí, en la calle México, donde vi que mi papá venía hacia nosotras sonriendo, con aquella sonrisa de publicidad de gomina que caracterizó sus años jóvenes. Nos dio un beso, me alzó en sus brazos y me llevó al kiosco más cercano. Allí me compró un chupetín envuelto en un papel con una espiral azul y anaranjada.


Tiempo después llegó a casa una postal. No venía de Milán, como nos había prometido la mujer de gafas oscuras, sino de Roma. Fue todo un acontecimiento, nunca habíamos recibido nada de Europa. Guardamos la misiva durante muchos años entre los papeles importantes: recibos de alquiler y documentos. Estaba dirigida a mi padre, y al final enviaba recuerdos para mi madre y un beso para mí. Era de la mujer italiana de las gafas oscuras. Decía trivialidades, como lo feliz que estaba de volver a su país, pero añadía una frase extraña que mi madre sospechó alusión a un secreto amorío que la extranjera mantenía con mi padre. La frase era algo así como: "La Solapa cree que el tiempo es malo". Mi padre aseguraba que la italiana había querido decir otra cosa y le salió aquella incoherencia.

(...) no venía de Milán, como nos había prometido la mujer de gafas oscuras 
Años después, al excavar un terreno para hacer los cimientos de un edificio encontraron, en la capital de la provincia de Santa Fe, el esqueleto de un hombre. Habían querido borrar toda huella del crimen quemándolo con cal. Los diarios dieron la noticia y se especuló con la identidad del cadáver, que calcularon llevaba enterrado unos seis años. Los forenses concluyeron que se trataba de un asesinato pues había signos de violencia, huesos rotos a golpes y una bala del calibre 45 alojada en el temporal izquierdo. Se sospechó de un crimen político. La bala encontrada era la que acostumbraba a utilizar la policía. Se intentó reconstruir la apariencia que pudo haber tenido ese cadáver cuando la vida lo animaba. Uniendo fechas y datos, algún periodista especuló que podía tratarse del Dr. Ingalinella, el médico rosarino de reconocida militancia comunista desaparecido años atrás, luego de ser detenido por la policía.

Fue entonces cuando, en una sobremesa compartida con Merelle, el antiguo camarada de mi padre, los oí comentar este suceso.

Tendríamos que haberlo hecho mejor, quizás se hubiera salvado– y, moviendo la cabeza de arriba abajo, mi padre se quedó, de pronto, con la mirada fija, como siempre que algo le entristecía o le hacía reflexionar sobre las cosas de la vida.

-IV-

Cada vez que pienso en aquella otra tarde, una voz en mi interior me dice: la ceremonia del adiós, y me veo en la terraza de la última casa donde malvivieron mis padres. Las baldosas rojas y las latas de aceite, los botes de plástico y alguna maceta de cerámica rebosantes de plantas descuidadas, apretujadas en aquel septiembre porteño que las llamaba a florecer. Inclinados sobre ellas mi padre y yo arrancábamos hojas marchitas, recortábamos ramas de geranios y removíamos, con dificultad, la tierra reseca. Papá se agitaba en el esfuerzo, pero lo sentía contento de estar juntos. Yo vivía ese momento con la nostalgia de un recuerdo que aun no lo era.

Tratando de alargar aquella ceremonia se me ocurrió decir:

¿Te acordás de la Solapa?

Otra vez la nube pasó por los ojos de mi papá, como la que había visto un momento antes en la cocina. Alguien había descrito la muerte de un conocido y cómo el cuerpo de éste, envuelto en un plástico, había sido llevado a la nevera del hospital. Fue rápido, pero percibí su mirada fija en un lugar lejano, íntimamente suyo, donde por un instante, estoy segura, contempló su propio cadáver y tuvo frío.

Era la segunda vez en el día que lo espiaba mirando aquel "otro mundo". Y siempre con sus ojos puestos tan lejos, me dijo:

Todo eso fue un error. –Y volviendo a ser aquel Guillermo irónico de otros tiempos agregó sonriendo, mostrando sus dientes caballunos:

Estábamos todos locos.

–Quienes eran todos?

Los muchachos con los que trabajaba: Merelle, Ambrongno, Sonni... ¿No sabés que planeamos secuestrar a Walton?

¿Al de la Alianza Nacionalista?

Sí, esos matones fascistas de la Alianza. Algunos eran policías, fueron los que se encargaron de secuestrar al doctor Ingalinella. Sabíamos que lo tenían escondido en alguna dependencia policial, seguramente lo habían traído a Buenos Aires, a la Sección Especial, donde se encargaban de torturar a los comunistas. Y pensamos que si secuestrábamos a Walton podríamos negociar la aparición de Ingalinella…

¿Y la Solapa, qué tiene que ver en todo esto? –le pregunté expectante, ante el desvanecimiento de aquella sombra que formaba parte de los misterios de mi infancia.

La Solapa era el piloto de Walton.

¿¡Y cómo lo conseguiste!?

Fue casualidad, estábamos en un congreso de los metalúrgicos, nosotros teníamos que estar afiliados a esa rama sindical. Habíamos pasado toda la tarde discutiendo. A los comunistas nos tenían fichados porque había mucho kilombo dentro del sindicato. Walton y sus matones también merodeaban por el acto alardeando de cargar pistolas. Era muy tarde, y dentro del local hacía un calor insoportable. Walton se había quitado el piloto y se encaraba a un tipo sacando pecho. Cuando ya nos íbamos, alguien cerca de mí gritó:

¡Che, Guillermo! -Me di vuelta, pero llamaban a Walton, que también se llama Guillermo. Y otra vez el grito:

¡Che, Guillermo, no te dejés el piloto! -Pero Walton seguía discutiendo, y el tipo se cansó de avisarle y se fue.

Todo pasó en un segundo, yo agarré aquel piloto que Walton no iba a volver a buscar, ya no llovía y el tipo estaba tan caliente por la discusión que se había olvidado que lo había traído puesto. Lo vi salir con la cara enrojecida, y haciendo grandes alharacas con las manos se perdió adentro de un coche que lo estaba esperando. Entonces salí rajando. No sabía para qué lo quería, pero me lo llevé. Aunque lo supe cuando me di cuenta que adentro de uno de sus bolsillos había una pistola. Había también un paquete de pastillas de mentol, fasos y un manojo de llaves, y una billetera con sus documentos. Me fumé los fasos, ¡con un gusto!, aunque eran rubios, y me comí todas las pastillas, mirá de qué me acuerdo... En la billetera no tenía guita, la hubiera dado al Partido.

Aquella noche, cuando volví a casa, colgué el piloto de un clavo, que clavé detrás del ropero, y te asusté para que no lo tocaras. Al otro día les conté a los muchachos lo que había encontrado y a Sonni, que era el enlace nuestro con el Comité Central del Partido, se le ocurrió lo del secuestro. Pero me dijo que la pistola había que entregarla al Partido.

Cuando dieron el permiso de secuestrar a Walton para cambiarlo por el doctor Ingalinella devolvieron la pistola, esa era la señal para comenzar a actuar. No se la llevaron a Sonni porque él estaba muy fichado. Era todo muy fácil, teníamos su domicilio y sus documentos. Con el pretexto de devolvérselos, una de las chicas del Partido lo iba a citar fuera de su casa.

Pero todo fue para la mierda, aquel mismo día nos agarró la cana haciendo una volanteada desde lo alto de una obra en construcción. Pensábamos que no corríamos ningún riesgo haciendo aquello. Los volantes eran para denunciar la desaparición del doctor Ingalinella.

A Ambrogno y a mí nos largaron pronto, después de reventarnos a patadas. Pero a Sonni, que ya estaba fichado, lo tuvieron unos cuantos meses en la cárcel de Las Heras. Ésto complicó todo –concluyó mi padre, y se quedó de nuevo perdido en sus recuerdos.

Volviendo en sí, movió la cabeza de un lado a otro, como tenía por costumbre para remarcar alguna bronca que tenía contra algo o alguien, y continuó:

Estábamos seguros que a Ingalinella lo tenían vivo. ¿Cuántos meses lo habrán estado torturando? Andá a saber. Era un hombre bueno que sólo sabía cuidar a los que lo necesitaban. No interesaba a nadie. Así que cuando Codovila… Vos sabés quién era Codovila, ¿no?

Sí, el secretario general del PC.

Sí, bueno, cuando Codovila se fue a Europa y se entrevistó con Togliatti se paró todo. Fue como si se olvidaran de Ingalinella. Qué se yo, pasaron tantas cosas, de la noche a la mañana se empezó a criticar a Stalin y todo se centró en eso. Yo ya no entendía nada, y los mandé al carajo.

(...) nosotros teníamos que estar afiliados a esa rama sindical
Habíamos acabado con las macetas, ya no quedaba ninguna por remover ni regar, el tiempo detenido en otro tiempo que por un largo instante habíamos recuperado volvía a su fluir inexorable. Mi papá, joven militante comunista, retornaba al lugar de los recuerdos. Ante mí tenía otra vez la imagen de un hombre envejecido que descendía las escaleras arrastrando sus piernas cansadas y enfermas. Bajé la vista para que no descubriera mi tristeza y encontré con la mirada sus mocasines de plástico, ensanchados y usados como chancletas. Sus tobillos vendados asomaban desde aquellos zapatos, que pregonaban la pobreza digna donde había construido su vida.

-V-

Dos meses después volví a Buenos Aires, mi padre había muerto el mismo día que le otorgaban la jubilación, rodeado por la miseria de un hospital público en pleno gobierno menemista.

Mi madre quiso borrar todo lo que le recordara a su marido. Yo, sin poder hacer nada, veía cómo iba amontonando lo que, hasta hacía unos días, había sido parte de mi padre: su escasa ropa, las camisas, los pantalones, los zapatos... Rescaté un pulóver blanco y la americana nueva, los guardé en mi maleta para llevarlos conmigo.

Así, sus escasas pertenencias las cargó en su camioneta un ropavejero. Mamá retuvo la carterita de mano donde llevaba sus papeles personales. Allí descubrí un poema. Un poema donde invitaba a su hermano muerto a rencontrarse con él en el cielo, montando aquel caballo de su infancia provinciana. Pensaba en todo esto una mañana caminando por mi barrio porteño cuando, de pronto, en una esquina vi perdido de su compañero aquel mocasín de plástico que aún conservaba la forma del pie de mi padre, el ropavejero lo había perdido. Ni siquiera me atreví a recogerlo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Sombra de La Solapa (primera parte)

Octava epifanía

(Para Gabi)


Hoy, en un local de Caritas donde se amontonaban objetos usados -recortes de vida de tanta gente- encontré un collar hecho con diminutas frutas de cristal; estaba en una caja de latón que alguna vez había contenido turrones de la marca Puig, de Agramunt. Allí, entre botones de nácar, hebillas de metal, artilugios antiguos para máquinas de coser... brillaba el colorido del collar; era idéntico al que llevaba puesto aquella mujer de las gafas de sol. Fue en Buenos Aires y en la  misma época en la que apareció por casa La Solapa.


La Solapa era una sombra detrás del armario. En mi casa poco espacio había para secretos, toda ella se componía de una sola habitación. El día que mi padre trajo a casa La Solapa me dijo, acercándome aquel impermeable oscuro a la cara: “¡Uhhh!, no la toques... es...¡ La Solapaaaahhh!”. Y, luego de martillar un clavo detrás del armario, allí lo colgó.

A veces la espiaba, sobre todo de noche antes de dormir, cuando la luz de la lámpara hacía que las sombras se agigantaran. La Solapa tenía dos sombras, una casi transparente y otra muy oscura.

Acostumbraba a quedarme dormida en la cama de mis padres mientras ellos leían y yo los iba observando hasta que se me cerraban los ojos. El libro de mamá era enorme, y tenía unos dibujos extraños sobre papel brillante. Eran imágenes de palacios aztecas, nobles indígenas y conquistadores españoles; lo recuerdo falto de cubiertas. Años más tarde supe su título: La hija de Moctezuma. El libro de papá sí tenía cubiertas, eran de un azul grisáceo y sobre éste se destacaba recuadrado el perfil de dos hombres. Uno era de rostro anguloso y una frente que se convertía en cabeza, adornada con una prolija barba en punta; al otro, en contraste, le salía el pelo como una ráfaga de viento que se cerraba sobre su frente estrecha; un bigote patriarcal, al que yo asociaba con las raíces de un puerro, escondía su boca.

Una noche, arrebujada entre mis padres –y cuando el sueño ya iba bajando mis párpados mientras recorría con mi mirada las páginas de uno de esos libros que ellos sostenían entre sus manos-, se me ocurrió que las historias que leían se dibujaban en las formas que adquirían los bloques de letras; caminos tortuosos que se abrían de arriba abajo, de abajo arriba, o de izquierda a derecha. Me expliqué entonces que la lectura debería consistir en encontrar los dibujos que conformaban los bloques de letras, en su combinación con los espacios que quedaban entre ellas, de arriba abajo, de izquierda a derecha y viceversa, y así, aprendiendo a ver esos dibujos, iría surgiendo la historia que transcurría en aquellas páginas.

Le expliqué mi descubrimiento a mi madre y ella me prometió que al día siguiente me compraría el libro Upa, con el que los niños argentinos de mi generación aprendimos a leer antes de ser escolarizados. 

Eran imágenes de palacios aztecas, nobles indígenas y conquistadores españoles

(...) el libro Upa, con el que los niños argentinos de mi generación aprendimos a leer

En mi hogar siempre se hablaba de política, y aunque obrera, mi familia no era peronista, a pesar de que en aquellos años casi todos lo eran. Y explico esto porque tiene que ver con la la llegada a casa, una tarde de verano -¿por qué siempre recuerdo mi vida preescolar como un largo verano?– de una mujer que preguntaba por mi padre. Llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, gafas oscuras, cartera negra colgando del brazo. Mi madre le ofreció asiento y un vaso de refresco. Se acomodó, cruzando las piernas, con holgura, bajo una amplia falda estampada.

¿A qué hora vuelve Guillermo? –preguntó mientras abría su bolso y sacaba un cigarrillo, maniobrando con elegancia una pitillera. Tuve la irresistible tentación de morder una de sus uñas, perfectamente rojas, que iban y volvían de la boca a la mesa acompañando al cigarrillo. Echaba el humo torciendo los labios, y de vez en cuando una tosecita ronca acompañaba su respiración.

Tengo un poco de asma –dijo como disculpándose–. El tabaco no me hace bien, pero no puedo dejarlo. Además el clima de Buenos Aires..., tanta humedad. Pero el mes que viene ya vuelvo a Italia. Allí, donde yo vivo, el clima es mejor.

Hablaba en un perfecto castellano, italianizado en el sonido de las jotas y las erres. Me tenía hipnotizada, en aquel momento decidí que cuando fuese grande seria una mujer de gafas oscuras y cartera; no como mi madre, que cuando salía conmigo llevaba un monedero, y las manos vacías cuando lo hacia con mi padre. 

(...) en aquel momento decidí que cuando fuese grande seria una mujer de gafas oscuras y cartera
Mamá escrutaba a la mujer con recelo y envidia, y no pudo contenerse de remarcar el original collar, con diminutas frutas de cristal, que llevaba.

¿Le gusta?, es de Murano– dijo mientras miraba su reloj pulsera con impaciencia. Finalmente se puso de pié y sacando del bolso un paquete agregó:

Esto es para que Guillermo, se lo entregue a Sonni. Salude de mi parte a su marido, y dígale que ya les enviaré una postal cuando llegue a Milán. -Se fue dejando en la pieza olor a tabaco y maquillaje.

No nos atrevimos a abrir el paquete porque era para Sonni, un compañero de trabajo de mi padre. Si la mujer le hubiese dicho: "es para Guillermo", inmediatamente hubiéramos sabido su contenido.

Aquella noche era tarde y papá no llegaba. Preocupada por el retraso, mi madre me sacó de la cama, y casi arrastrándome, me llevó hasta la casa de Sonni. Salió a recibirnos Clara, su mujer, también militante del Partido.

¡Sonni, Ambrogno, y Guillermo están presos! –dijo mientras nos empujaba hacia dentro, cerrando la puerta apresuradamente. –Recién se fue Merelle, él me avisó, me dijo que iba hacia tu casa.
Pero, ¿qué hicieron?
¡Y yo qué sé!, Me dijo Merelle que están en la Sección Especial, ya sabés, donde llevan a los comunistas a molerlos a palos y a ponerles la picana eléctrica. Y Clara empezó a sollozar.

Mamá, haciéndose la valiente o quizás porque ya en aquella época había comenzado a aprender a distanciarse de la vida que llevaba mi padre, contestó con un:

Bueno, no será para tanto.
Sí, sí, que es para tanto. Luisa, ¡hay que ir a buscarlos, a decirles que los larguen, que ellos no han hecho nada malo! Porque no deben haber hecho nada malo, son unos pobres pelotudos... ¿Qué pueden haber hecho? Seguro que una volanteada, ¿qué más? Al menos que quede constancia de que los familiares saben que están allí. Eso es importante. Merelle dijo que iría a avisar al abogado del Partido.

Mi madre entonces deslizó el paquete misterioso en manos de Clara. Al abrirlo se encontraron con una pistola, como las que salían en las películas de vaqueros pero más cuadrada, más negra y más pesada; al menos es la impresión que a mí me dio.

Las mujeres se quedaron mudas. Clara, nerviosa, la escondió en el ropero disimulada entre las sábanas. Luego salieron en busca de sus maridos hacia aquel lugar que a mí me sonaba tan enigmático: la Sección Especial.

Aquella noche me quedé a dormir en casa de Clara, arrullada en los brazos de su suegra, una señora de piel muy arrugada y muy suave que olía a talco. Antes de cerrar los ojos vi que, escondida detrás de una puerta, se asomaba, tímida, una tortuga. Recuerdo que mi madre me amenazaba, ante mi negativa sistemática a bañarme, con que me convertiría en tortuga, como aquella que estaba en casa de Clara y Sonni. Ya que aquel animal cascarudo, según la historia que ella me relataba, había sido una niña -la única hija de esa pareja amiga, quien, como yo, lloraba a moco tendido cada vez que su madre intentaba darle un baño. Así, la acumulación de mugre sobre su cuerpecito se fue convirtiendo, con el paso del tiempo, en la capa córnea de una tortuga. Me gustaba la historia porque sabía que no era cierta, pero explicaba el protagonismo que aquel animal, tan discreto, tenia en esa casa, y el cariño que todos le profesaban.

(...) aquel animal cascarudo, según la historia que ella me relataba, había sido una niña.



continuará
   

martes, 1 de octubre de 2013

El eco del tiempo

Quinta epifanía

Hay lugares, espacios en la ciudad anónimos, que poseen un cierto detalle, o que a una determinada hora exhalan un cierto olor, o donde corre un aire diferente. Ellos nos ofrecen un instante para nuestra perplejidad, que se escurre de inmediato ahogada por el ruido del tránsito o la luminosidad de una farola. Ese espacio existe también en el barrio de Horta, en Barcelona.

Si lo digo así, pareciera que estoy a punto de dar el dato preciso de un Aleph, aquel del cuento de Borges que se hallaba en el sótano de una casa en Buenos Aires. Pero no, el lugar lo recorro con, apenas, unos cinco o seis pasos. Ubicado en la confluencia del Passeig de Fabra i Puig con la calle Cartellà es allí donde desde la profunda herida que abrió el asfalto supura, apenas, como un sutil reclamo a los caminantes, el aire de la antigua riera de Horta.


El camino salvaje
El encanto ocurre luego de atravesar la placita, donde el esbozo de un rostro de piedra maltratado (y que alguna vez quiso representar al del escritor gallego Castelao), quizá nos alerte o nos indique el “camino salvaje”. Aquel que se abrió -a pesar de la voluntad disciplinaria del urbanista- sobre el parterre que aloja unos cuantos arbolitos. Arbolitos hermanados en la voluntad de ofrecer sus melenas como abrigo al paseante que se atreve por aquel pequeño atajo. Es allí, bajo sus ramas, donde el tiempo se suspende brevemente, y ocurre entonces que vuelve ese aire de la riera y el verdor de los antiguos campos de cultivo. Y, por el mismo efecto, el escalectrix, que está a sólo unos pasos, desaparece. ¿Hubo una vez, la mirada de una niña y la brisa que rozó sus mejillas, encendidas mientras jugaba, que quedaron suspendidas allí?


... donde el esbozo de un rostro de piedra maltratado
La niñez tiene momentos intensos que ocurren, sobre todo, en los atardeceres cálidos, después de varias horas de juego. Recuerdo algunos de mi infancia, en el portal de casa, saltando una rayuela o jugando a las estatuas bajo el verdor de otros árboles jóvenes que crecían también a orillas de un pequeño canal -una “zanja”-, sucio y maloliente, que discurría a lo largo de mi calle, la avenida Derqui. Las semillas de los árboles caían a nuestros pies y las inspeccionábamos curiosas. Alguien nos explicó que eran de “falso café”...

Avenida Derqui, Buenos Aires
¿Es la mirada de la niña de la riera de Horta la que persiste en aquel espacio? ¿O es la niña porteña, la de la avenida Derqui, que presiente ya el aire de la riera de Horta?

Con cuánto entusiasmo el escritor JB Priestley nos ofrecería la posibilidad de una respuesta. Quizá debería volver a sus tres piezas sobre el tiempo: El tiempo y los Conway, Ha llegado un inspector, Yo estuve una vez aquí... Siempre me parecieron repletas de una extraña poesía. Inasible y cercana a lo siniestro, a eso que concibe Freud como lo familiar que se torna extraño. Y es, precisamente, esa familiaridad anodina, reconvertida, lo que puede provocar el embeleso de un trozo de ciudad, tan falto de posibilidades poéticas como lo es ese parterre en medio del asfalto, donde pareciera que dos niñas continúan jugando a pesar del tiempo y la distancia.  

martes, 15 de enero de 2013

Acerca de las pastillas de carne

Unos días atrás habían abordado un barco de un patrón catalán llegado de Buenos Aires, transportaba un cargamento de carne salada, 800.000 duros para el Rey, además de varios barriles con pastillas con esencia de caldo. Los corsarios habían robado los duros y las pastillas que eran comida milagrosa para mantener al ejército. 

El magnetismo del viento nocturno, p. 180

En las páginas del Diario de Barcelona del día 16 de octubre de 1792 encontramos un anuncio que recoge la llegada de las pastillas de carne desde Buenos Aires y explica las virtudes de este compuesto:



La exportación de productos ganaderos fue tradición en el Virreinato del Río de la Plata desde el siglo XVII y comienza con la exportación del cuero del ganado cimarrón, pero el desarrolllo de las vaquerías del siglo XVII se continuó en la instalación de saladeros, curtiembres y, lo que parecería inverosímil, con las fábricas de pastillas de carne a finales del siglo XVIII. La «REAL FABRICA de PASTILLAS» se instaló en unos terrenos del barrio de Almagro (hoy calle Rivadavia y Liniers) y que entonces pertenecía a una chacra de unos parientes  de los hermanos Liniers: Santiago y José. Santiago de Liniers, personaje destacado y controvertido de la historia del Virreinato, fue un militar francés al servicio del rey de España (que hizo parte de su fortuna con el transporte de esclavos) y quien importó a Buenos Aires desde Francia la idea de las pastillas de carne. La fábrica funcionó probablemente desde 1789, hasta la época de la guerra de la Convención 1793, cuando a los franceses, residentes en el Río de la Plata, se les hizo más difícil la vida por las sospechas de apoyo a las nuevas autoridades que habían derrocado la monarquía borbónica en Francia.


 Apresamiento de ganado cimarrón en el Buenos Aires colonial
 Casa de Santiago de Liniers, propietario de la fábrica de pastillas de caldo, en Buenos Aires
Este enlace nos da más detalles de la fábrica de pastillas en Buenos Aires.
Ver también: La "REAL FABRICA de PASTILLAS» de los HERMANOS LINIERS" (por José Luis Molinari, Buenos Aires, 1959).