Mademoiselle
Floriane
(Para Leo)
Se
llamaba Jean Jacques, a su nombre le seguía un apellido compuesto
precedido por una de, y siendo su lugar de nacimiento Versailles, lo
imaginé descendiente de una familia de cortesanos caída en
desgracia luego de la Revolución de 1789. Digo, se llamaba, porque
supongo que ha muerto, ¿cuando?, no lo sé. Es uno más de mis
muertos. A
quienes
pienso
con el sentimiento culpable
de no haber estado más cerca cuando lo necesitaban. Ese sentimiento
que me llega con el recuerdo de
mi abuela, que murió en Buenos Aires esperando, quizá, que yo la
rescatara de la muerte o simplemente la acompañara hacia ella,
sosteniéndole la mano, como lo hice en mi último viaje, mientras me
acurrucaba a su lado. La carne blanca, blanda y perfumada de mi
abuela, su vientre redondo, sus pechos grandes de pezones pequeños y
rosados son el lugar preferido de mi infancia. También está el
recuerdo de Raquel, del Grupo
de Mujeres
Latinoamericanas,
que nos reuníamos, a finales de los años 70, en un local de la
calle Caspe de Barcelona. Raquel que hablaba de sus goces sexuales
—como
hablábamos todas en aquella época
de
despertar feminista —
ella explicando su cuerpo como un violín del que su nuevo
compañero había aprendido a sacar las más refinadas notas. ¿ Por
qué me quedó de ella ese sólo recuerdo entre
todos los diálogos que entonces teníamos? Raquel a quien su
muerte nos sorprendió a todas, la muerte en una época en la que
recién comenzábamos a vivir tan lejos de los nuestros, argentinas,
uruguayas que habíamos escapado de dictaduras militares, de
sociedades opresivas y
de fantasmas familiares propios.
Y comenzábamos a sentirnos más libres, aprendiendo a gozar
de
todas las delicias del mundo y a compartirlas
generosas y solidarias. Raquel a la que no quise ver muerta. ¿Porque
la quería recordar tan bella y tan joven, siempre? O quizá, porque
aún la muerte me resultaba espantosa y lejana.
Y
así también entre toda esta melancolía con la que nos llegan las
imágenes borrosas de nuestros muertos está también Jean Jacques.
Aunque apenas lo conocí. Podríamos haber creado una especie de
familia. Yo entonces recién separada de una larga relación de la
que nacieron mis dos hijos, y sin más lazos familiares en este lado
del mundo. Y él solo, lleno de libros y de una fe religiosa a su
modo, que se tambaleaba y la explicaba como un «cristianismo
marxista», pero que le obligaba a pasar sus vacaciones, año tras
año, en el mismo monasterio que había frecuentado con su madre.
Un
monasterio en medio de la meseta castellana, en Burgos, frecuentado
por algún militar y su familia. Aunque también por gente
desesperada en busca de consuelo y soledad, y por turistas europeos,
por católicos practicantes en el ejercicio de la caridad, por un
cura joven local y por nosotras mi hija — que entonces rondaría
los doce años— y yo. Las dos llegamos allí porque queríamos
conocer las excavaciones de Atapuerca, el monasterio estaba sólo a
17 km. Y allí nos quedamos un par de semanas.
Fuente del monasterio
Jean
Jacques debería pasar largamente los setenta, al menos es lo que yo
creía. Y me fue explicando parte de su vida en los paseos por aquel
pueblo y sus alrededores. Acabados sus estudios de filosofía en la
Sorbona y cumplido todos los aplazamientos que su condición de
estudiante le había permitido, había sido requerido para
incorporarse al ejército, y lo enviaron a Argelia. Allí enfermó, y
aprovechando su convalescencia en Francia desertó. Y así llegó a
España, cruzando a pie la frontera para ser acogido por los
jesuitas, con quienes, no sé por qué circunstancias, que me relató
y ya olvidé, su familia tenía algún tipo de relación. Gracias a
ello había encontrado trabajo en un instituto como profesor de
filosofía, instalándose en San Sebastián.
Cuando
me explicaba esto, recuerdo que me pregunté si él mismo no era
cura, lo parecía. Tenía una piel fina y lustrosa que he visto en
muchas de las personas que pasan su vida en conventos y monasterios,
quizás sólo sea una cuestión de no exposición al sol y de buena
comida. Jean Jacques tenía una cara ancha y rozagante como de
muñeco de cera. Era extremadamente coqueto, y siempre llevaba al
cuello un pañuelo de seda, con el que ocultaba los pliegues de
vejez que el tiempo nos prodiga inexorablemente. Por esa misma
pulcritud en su presencia y en sus maneras, el apego a su madre, con
la que había compartido los últimos años de su larga vida, sus
costumbres de intelectual solitario, sospeché en él una vida
amorosa oculta, homosexual tal vez; un amor de esos lejanos y
recreados en la imaginación que se alimenta de recuerdos. Cuando le
conocí, la única persona con la que sostenía largas charlas era
con el joven cura de aquel pequeño pueblo, donde se alzaba el
monasterio, inquilino también de las monjas. Éste trabajaba en su
tesis doctoral sobre el filósofo Emmanuel Lévinas y Jean Jacques le
asesoraba. Sospeché que este autor no sería del agrado de los
profesores del seminario de Burgos, como de hecho ocurrió, según
me explicó meses después el mismo Jean Jacques.
Uno
de los habituales de los veranos en aquel lugar, que nunca llegué a
conocer pero que estaba en boca de todos, era un teniente coronel
franquista. Su llegada estaba anunciada para pocos días después que
yo me hubiera marchado. Se hacía acompañar por su chófer y su ex
amante convertida en su segunda esposa, luego de que la primera se
hubiera suicidado. Según Jean Jacques, inducida por la prepotencia
y el mal trato a que el teniente coronel la había sometido durante
todo su matrimonio. La nueva mujer del teniente coronel había sido
además de su amante su vidente y echadora de cartas particular, y
ello daba al francés tema para explicar divertidas historias sobre
ambos, historias quizá matizadas por la inventiva y el ingenio
irónico del que me hacía cómplice. Sospecho que una de aquellas
bromas habían sido el motivo de un sonado altercado entre Jean
Jacques y el militar, comenzado durante una de las comidas en el
refectorio del monasterio, y acabado en el jardín a empujones de pecho, como acostumbran ciertos machos homínidos y quizá alguna sonora cachetada. Las
monjas, desde entonces, rogaban a Jean Jacques el tener a bien dejar
la santa casa cuando el militar y su corte se presentaban por allí.
Sí,
Jean Jacques tenía un humor algo perverso, y no perdonaba la falta
de inteligencia, casi siempre unida a un autoritarismo fascistoide,
que gastaban algunos de los que frecuentaban el lugar. Y, por eso
mismo, con fina ironía y ante cualquier oportunidad, los
ridiculizaba. Actitud que el joven cura llegó a reprocharle durante
una de aquellas comidas comunitarias.
Pero
Júlia, mi hija, quedó encantada con aquel personaje de trato alegre
y juguetón y lo adoptó como el abuelo que nunca tuvo. Acostumbraba
a pasear con él por el pequeño pueblo y charlar mucho. Incluso, en
un arranque de curiosidad religiosa, insatisfecha por mi mezcla de
agnosticismo pagano, Júlia, acompañada por Jean Jacques, comenzó a
frecuentar alguna de las varias misas diarias que celebraban en la
iglesia del monasterio. Impresionada y algo temerosa, no sólo por la
solemnidad del lugar, de las piedras centenarias si no y, sobre todo,
por una descomunal talla de madera, que representaba a un hombre, a
tamaño natural, clavado a una cruz de más de dos metros de altura,
con sus ojos enormemente abiertos que miraban, con fijeza. hacia un
lugar perdido. Ese Cristo de los ojos grandes como lo llaman,
una talla románica, causaba en ella, poco acostumbrada a la
imaginería religiosa, una mezcla de espanto y atracción. Un
misterio más al que accedía por primera vez. Júlia quiso saber su
significado. Y el francés le habló de un Cristo obrero,
comprometido con la gente más empobrecida y que se había enfrentado
al poder de la Roma imperial. Esa era la versión del cristianismo
con la que su abuelo de adopción la iniciaba a una parte de su
propia cultura, que su origen familiar: mitad judía laica y clase
obrera aconfesional, no había satisfecho.
.
Cristo de ojos grandes. Talla románica, s XII
Durante
esas vacaciones en el monasterio, Júlia fue también atraída por
la liturgia cantada por las monjas y la compañía de Jean Jacques,
que en esas ocasiones le daba al «misterio» de la misa un aire
festivo. Por lo que no quería perderse ocasión de disfrutar de
aquello que había descubierto, sorprendiéndome un día, mientras
paseábamos erráticamente por Burgos, al recordarme su necesidad
de regresar al monasterio para asistir a «completas», el último
oficio religioso que ofrecían las monjas. Creo que su gusto por todo
ello residía en que, por primera vez, ella participaba de un ritual
que la hacía sentirse parte de una comunidad donde el vínculo se
afianzaba cantando. Con un abuelo que la guiaba, abriendo el libro
en la página adecuada, allí donde estaban las letras de lo que
debían interpretar. Criada casi sin familia, con abuelos muy
lejanos, sin primos, ni tíos, con sus padres divorciados, aquel
verano Júlia se hizo de una familia. Un abuelo que le explicaba
historias y le daba respuestas y un montón de tías: las monjas que
la mimaban con pequeños regalitos y dulces extras.
Nunca
me habló de esa experiencia, y entonces aún no tenía palabras para
explicar la intensidad de la belleza de ciertos momentos, cuando
alcanzamos eso que debe ser la felicidad, una felicidad hecha de
instantes, la única a la que podremos accerder a lo largo de
nuestra vida. De ello sólo tendremos cociencia en el recuerdo, allí
los apresamos y nos devuelven la esencia de lo que somos.
Jean
Jacques marchó del monasterio para la misma época que lo hicimos
nosotras, él para acabar el verano en la hospedería de Las Huelgas,
en el cercano Burgos —el teniente coronel estaba a punto de llegar
con su corte de esposa adivina y chófer— y nosotras en Barcelona.
Fuimos escribiéndonos y Júlia recibió un día un paquetito por
correo. Su abuelo francés le enviaba un pequeño elefante de jade,
dentro de un estuche de terciopelo con la marca de una joyería de
San Sebastián; adjuntaba una postal y creo que toda la ilusión de
haber encontrado a alguien en quien depositar su afecto. Quedamos en
vernos y pasar juntos las navidades en San Sebastián en su casa.
¿Tendré
las fotos de aquel lugar aún guardadas en uno de mis álbumes? Era
un piso antiguo en el centro de San Sebastían, grande y descuidado.
Nadie había hecho nada por mantenerlo, probablemente desde hacía 30
años. El papel de pared desvencijado, los muebles oscuros, donde se
amontonaban libros, cientos de libros donde descubría todas las
lecturas de Jean Jacques, su vasta cultura, su escepticismo. Mucha
filosofía y muchas grandes novelas, de esas que es imprescindible
leer o era, hasta hace unos años, porque formaban parte de nuestro
imaginario, porque nos ayudaban a entendernos a nosotros mismos,
nuestras esperanzas, nuestro anhelos, nuestros amores y desamores.
Allí, entre sus páginas amarillentas y con fragancia a vetiver
estaban los personajes que queríamos o que detestábamos. O que
comprendíamos en sus dudas, en sus miserias, y perdonábamos o no.
Aquellos con los que identificábamos los gestos de quienes nos
rodeaban o pasaban por nuestra vida: «Extiende su mano resbalosa
como un reptil, me recuerda a Uriah Heep...» O bien, «Es una
Emma Bovary, siempre incómoda en su presente y deseando algo más».
O compartíamos la fascinación por los mismos lugares. Y así, la
plaza Dauphine, en París, la imaginábamos con una ventana a punto
de alumbrarse, mientras en un banco, allí abajo, Nadja, sentada
junto a André Breton, anunciaba lo que estaba por suceder.
Mencionar esto en medio de una conversación con Jean Jacques era
encontrar complicidades. En esa época, y no hace tanto, así era,
cuando aún las personas leían en el metro, y en la casa se
compraban estanterías de pino para acomodar libros. Jean Jacques
había agotado todos los muebles de su casa, y los libros estaban
desparramados sobre la mesa del comedor al que nunca íbamos, porque
comíamos en la cocina. En una cocina que Júlia decidió limpiar y
encolar el empapelado que se desgajaba de la pared como pergaminos.
Lo hicimos juntas y creo que Jean Jacques se sentía entre un poco
avergonzado y satisfecho, porque dos mujeres se ocupaban de su
bienestar en aquella casa.
En
Navidad, cenamos en la cocina, una cena que nosotras mismas
preparamos y que no recuerdo en qué consistió. Pero sí, recuerdo
que fuimos, el mismo día que llegamos a San Sebastián, a hacer las
compras a un gran centro comercial, donde en la puerta los perdí de
vista. Estuve varios minutos buscándolos, los suficientes para
imaginar un rapto, y varias otras posibilidades que, el pobre Jean
Jacques podría haber cometido con mi hija. En aquel año yo estaba
acabando un libro cuyo hilo conductor era la desaparición de niños
y niñas, un suceso real que había ocurrido en Barcelona. Luego de
varias vueltas nos encontramos, y recuerdo que enfadada le reproché
a Júlia su ausencia, y sentía que todo lo que le decía a ella se
lo decía también a aquel pobre hombre compungido por ese
desencuentro, que me había hecho temblar de miedo ante la
posibilidad de no volverla a encontrar, tal como ocurría con las
criaturas de la historia que estaba escribiendo.
Cuanto
temor de no volver a ver a Júlia, cuanto temor que se agudizaba por
las noticias que recogía en mi recorrido por las páginas de los
periódicos de comienzos del siglo XX. Relatos de madres desesperadas
que un día, cualquier día y sin presentir nada, mientras realizaban
lo que creían que sería la continuación de la rutina, ésta se
interrumpía, y un foso enorme se abría a sus pies. Entonces,
imaginanado la desesperación de esas madres, se me ocurrió el
título: El cielo bajo los pies. Todo se había dado vuelta
para ellas. Y no comprendían el tiempo a partir de ese pozo infinito
que se abría. La ausencia de una criatura que llenaba todo el
espacio de sus vidas. Imaginación de novelista de dramas que puedo
sentir como propios. Y basta el asomarme al comienzo de una frase de
la vida, para componer el resto como tragedia. Pero aquel día Júlia
apareció de la mano de Jean Jacques y con la compra hecha, los
había esperado en la puerta equivocada.
Playa de San Sebastián
Las
vacaciones en casa de aquel hombre resultaron amables y melancólicas.
El invierno en San Sebastián era frío. Aunque no perdimos
oportunidad de caminar por la playa con Júlia, yo de conocer la
hemeroteca del lugar, donde recogí más secuestros de niños para mi
libro, y de comer los tres juntos en un restaurant oriental con
apariencia lujosa y con un menú bueno y de precio muy accesible a
nuestros magros bolsilos, aunque, cuando salíamos juntos era siempre
Jean Jacques que nos invitaba. Yo le retribuía comprando para
cocinar en la casa y los tres llegamos a sentirnos muy cómodos.
Júlia y yo dormíamos en una gran cama matrimonial. Probablemente la
que había ocupado la madre de nuestro anfitrión. Recuerdo, que
antes de dormir, intentaba recorrer aquella estancia con la intención
de no olvidarla. Y hoy ya la he olvidado. Sé que había un gran
armario y que las paredes estaban empapeladas siguiendo el estilo de
tiempo congelado en los años sesenta, como toda la casa. Sé también
que había una araña, que pendía del techo de la habitación donde
dormíamos, de la cual sólo me llega el reflejo en el cristal de la
luz amarillenta que desprendían las bombillas eléctricas.
Un
día me llamó la atención un pequeño paisaje, que colgaba sobre
una de las paredes del salón comedor. Visiblemente antiguo,
probablemente realizado a comienzos del siglo anterior por un
artista, sin duda, profesional. La obra, a pesar de que no aportaba
nada de extraordinario o renovador en su estilo o en el tema, sentí
que guardaba algo de vivo y latente aún, encerrado en ese marco
dorado de estilo art-nouveau que, estropeado en una esquina,
había sido torpemente reparado. Pregunté a Jean Jacques por su
origen y fue bastante impreciso. Lo había adquirido en una casa de
antigüedades, le habían asegurado que era alguien reconocido, pero
sin precisarle su nombre, la pintura carecía de firma.
Cuando
aprontábamos nuestro regreso a Barcelona, Jean Jacques descolgó el
cuadro de la pared y me lo obsequió, así, como hacía él las
cosas, sin darle mayor importancia y restando valor a su gesto. Claro
que rechacé aquel obsequio del cual no me sentía merecedora; pero
insistió, sobre todo recalcando que él no tenía familia y que todo
lo que estaba allí se perdería, y que si yo lo apreciaba, para él
era una satisfacción saber que quedaba en mis manos.

El cuadro de Jean Jacques
Varios
años permaneció colgado en una de las paredes de mi casa. De vez en
cuando lo descolgaba y lo miraba detenidamente. Un día, al girarlo
me detuve en el sello donde podía leerse el nombre y la dirección
de la tienda donde había sido adquirida la tabla sobre la que se
extendía el paisaje :3bis Blvd. de Clichy, en París, al pie de
Montmartre. El lugar debería ser el que proveía a los artistas del
barrio, en la época en la que éste había sido realizado.
Conozco
la place de Clichy, suelo pasearme por
sus alrededores cuando
voy a París a visitar alguna amiga. Intento por allí encontrar algo
de todo aquello que leí y que me formó. Y llegar hasta la 42, rue
Fontaine, es mi
ritual. Me detengo frente a la puerta de esa casa de apartamentos,
probablemente contruida en los años 20, e imagino el pasaje de todas
las figuras que lo atravesaron y que poblaron mis fantasías. Allí
vivió André
Breton con cada una de sus maravillosas, libres e imaginativas
compañeras
de viaje:
Simone Kahan, Jacqueline Lambda, la madre de su única hija: Aube y,
finalmente
Elisa
Bindhoff.
Todo el contenido del piso fue desmantelado,
con ello se perdió
parte de la memoria de una generación, sus juegos, sus creencias,
sus poesías. Los
caminos iniciados en la
búsqueda
de lo extraordinario, que lo encontraron
en los resquicios ignorados de un mundo, que, ante ellos, se iba
deshaciendo en guerras, en muertes y resurrecciones. Pero, en mis
visitas,
regreso a intentar recuperar «algo»,
que presiento siempre permanecerá por allí, dando vueltas. Un
hálito de la poesía vivida
que todas
aquellas
mujeres y hombres que
atravesaron en otro tiempo el portal del 42, rue Fontaine,
exhalaron. Y
todo ésto regresó a
mi memoria
con el sello que había en
el reverso
del cuadro de Jean Jacques. También hay
allí
una etiqueta:Envoi
a la societé de Beaux Arts de...
y
el título: Route
de St. Jacques, St. Hospice,
Cap
Ferrat.
Alpes
maritimes,
escrito
con tinta sobre la madera.
Y,
al fin, después
de mirarlo mucho, deduje también
el nombre
de la
autora:
Mlle.
Floriane.
Y
el lugar de su residencia: Baeulieu
sur mer s/n.
A
veces, desde una de las sillas del salón observaba el pequeño
cuadro, e intentaba descubrir
el
lugar desde donde había sido pintado aquel paisaje marino, un
camino de tierra flanqueado por el mar y una pared, ¿de
roca?, ¿parte de una ruina?
Las
pinceladas verdes traducen la impresión de una vegetación
mediterránea de
coníferas que se extiende sobre la península, que se eleva en la
orilla de en frente, sembrada de unas pocas edificaciones, alguna
casita, ¿una iglesia?, una torre de vigía a medias derruída.
Estudiaba
las pinceladas azules con las que se
había resuelto
el mar; el empaste
blanco de las nubes. Es,
sin duda, la obra de una
artista.
Mademoiselle Floriane.
Un
verano,
tuve un golpe de suerte y al poner en el Google
la sola identificación que había
logrado de
la autora del cuadro, ese escueto Mademoiselle Florianne, apareció
su retrato: Mademoiselle Floriane, pseudónimo de Flore Lévy
(1878-1962). La
obra estaba en
el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estarsburgo, y su
autor era León Hornecker. Seguí
buscando y tuve
otra
sorpresa ya que en
el diccionario de pintores de Montmartre, que
encontré en un servidor recientemente puesto a disposición del
público,
apareció
Mademoiselle
Floriane, esta
vez con su
nombre completo, Flore
Lévy, junto a su año
de nacimiento y de muerte, ambos
coincidentes con
los datos que se daban para el cuadro del museo de
Estrasburgo. Allí
se agregaba que era de origen alsaciano y nacida en Estrasburgo y que
había muerto en París.
Mademoiselle Floriane.
Autor Léon Hornecker.
Supe
también que el nombre de
Cap
Ferrat, en
realidad Saint Jean Cap Ferrat, se había otorgado, en
el año 1907, a lo
que había sido una
antigua e insignificante villa de pescadores.
Esta
localidad,
hacia finales del siglo XIX, se había
transformado
en el lugar de veraneo del
sádico genocida
rey Leopoldo II
de
Belgica. Allí
se construyó una magnífica villa donde alojó su amante oficial.
Allí también veraneaba el banquero Rostchilde. Artistas, como
Matisse, atraídos
por la luz y el clima de la Costa Azul, se fueron
instalando
durante las primeras décadas del siglo XX, y siguieron llegando
luego los artistas del cine, de la canción. ¿ En qué momento
Mademoiselle
Floriane
plantó
su caballete allí?
¿Fue,
tal
vez,
invitada de uno de aquellos ya famosos pintores que
residía en la misteriosa dirección que da al reverso de su obra,
Beaulieu
sur mer s/n,
el pueblo pegado a Saint Jean Cap Ferrat) ?
¿Pudo, acaso,
pagarse
ella misma un alojamiento propio? Los puntos suspensivos entre
su muerte y su nacimieto los intento
completar
a través de ese
paisaje pintado,
que
reclama mi mirada desde una
de las paredes de
mi casa.
Flore
Lévy, Mlle. Floriane, era
descendiente
de una familia judía, su apellido así lo denota.
Aprendo que
Estrasburgo, donde
nació,
contó desde la alta Edad Media con una numerosa comunidad judía.
Eran artesanos, comerciantes,
artistas. Un grabado del siglo XIX, reproduce una de las calles del
barrio judío, donde un grupo de personas conmemoran
la festividad del
Yom
Kippur, ( el Día del Perdón ). Su autor, Alphonse
Jacques Lévy,
un grabador y caricaturista nacido en 1843 y que registrara, a través
de sus obras, la vida cotidianana de los judíos en Alsacia. ¿Es
acaso
pariente de Flore? El
retrato
de ella, muy joven, que
está en
el Museo de Arte Contemporáneo de Estrasburgo, realizado por León
Hornecker,
conocido por retratar a la clase alta y acomodada de la ciudad,
denota
que Flore,
como Alphonse,
provendría
también
de
una
familia de prósperos comerciantes. ¿ O acaso el profesor de la
escuela de arte de Estarsburgo y pintor de los ricos del lugar, León
Hornecker, la retrató porque se
sintió
atraido
por
la
abundante
cabellera oscura, su rostro afilado, la blancura de su
piel
?
Hornecker,
como Lévy y como la
misma Flore
se mudaron
a
París, en
Estrasburgo un artista se veía
limitado, París era
el centro del mundo artístico, allí estaba
ocurriendo una revolución estética.
Y
Montmartre era
el barrio por
donde pasaron
pintores, músicos, artistas de teatro y allí
recaló
Flore,
donde
vivirá hasta su muerte. Y
un día cualquiera, posterior a 1907, (antes de esa fecha, el cuadro
nunca se hubiera titulado Cap Ferrat)
Mademoiselle
Floriane baja desde la colina de Montmartre, y se dirige al
Boulevard de
Clichy, allí comprará
una tabla de madera preparada
para pintar al óleo,
probablemente varias, que llevará consigo en su próximo viaje hacia
la Côte d’Azur. La
espera
la promesa del buen tiempo, el cielo azul, la luz diáfana que todos
sus amigos pintores no se cansan en describir y en pintar. En
París, continúa lloviendo, aún en pleno junio, y mientras baja la
colina se abriga el cuello con el pañuelo de seda, estampado con
postales de Niza, regalo de uno de ellos.
Frente
al mar azul intenso planta el caballete que lleva bajo el brazo, con
la punta de las patas remueve las piedras del terreno
árido, sólo unos
matorrales verdes y duros alrededor. Echa la mirada hacia
el
frente,
y decide cerrar la
vista del mar con aquella orilla,
un paisaje romántico sugerente de un pasado que se ha ido y se abre
a ese ahora verde
intenso,
esperanzador, una
vida
suave como las nubes de nata fresca que se deslizan viajeras. Así se
imagina el
porvenir Mademoiselle
Floriane. No rompe esquemas con su pintura, los colores son los que
le llegan a la mirada, no estalla en sentimientos coloridos, sólo
quiere reproducir la calma de ese instante. No hay alegorías ni
exclamaciones. La suya es una obra simple, humilde como lo es lo
esencialmente bello.

Mientras
cae el sol regresa desandando el camino pedregoso, las botas oscuras
se recubren de polvo. Cuando llega a su
habitación , deja
el equipo de pintura en un rincón,
se quita el sombrero, abre la ventana respira el intenso olor salino,
y va en busca del pequeño cuadro. Lo contempla
en la casi penumbra. Está satisfecha.
Meses
más tarde, y ya en París, confiada en haber reseñado sobre aquella
tabla manchada con sus colores, unos instantes de pequeñas
revelaciones, decide llevarla a uno de los salones de pintura. Sabe
que nunca podrá competir con las obras que los jurados eligen. Sólo
alguien muy cercano a ella podría descubrir el valor de aquel
cuadro. Las pinceladas guiadas por el latido del paisaje veraniego y
el de su propio corazón. La mezcla de la pizca de ocre con el blanco
intenso, un suspiro de rosa y la gota de azul, el giro de la muñeca
que conduce el pincel para encontrar el encaje justo en la tabla, que
expresa el devenir de la nube, que un instante después se había
deshecho…
Mademoiselle
Floriane conservará
aquel paisaje
en su habitación de Montmartre todos los años que vivirá
allí. Cercano
a la
mesa del diminuto comedor, con
el mismo marco que usó para exponerlo en el
Salón
de Bellas
Artes. Con
una
esquina cascada que ella misma retocará
con pintura dorada.
***
A
principios
de
los años setenta,
Jean
Jacques viaja
a Francia,
luego
de varios
años de ausencia. Va a Versailles a visitar a su madre. De
regreso, pasa
por
París, donde esa misma
noche cogerá
el
tren que
lo devolverá a
San Sebastián. Mientras
tanto, se
pasea sin rumbo entre
las calles delimitadas por las estaciones de metro
Barbès Rochechouart y Blanche.
Las aceras están repletas de personas que se agolpan ante las
góndolas de las tiendas de ropa a bajo
precio.
Más
allá, grupos de hombres magrebíes conversan acaloradamente, las
mujeres sólo se ocupan de revisar las prendas
de todos los colores clases y tamaños que se escapan de los
contenedores.Ya no tiene miedo a
que la policía lo detenga y
descubra que es un desertor.
Han
pasado muchos años desde
entonces.
Piensa,
que en el próximo viaje que haga regresará a España con su madre,
ya está vieja
y no queda nadie más en la familia. San Sebastián es una ciudad
abierta al mar, paseará
por la playa junto a ella, la llevará
en el verano al pequeño monasterio de Burgos. Allá
seguramente se sentirá cómoda con las monjas, son pocas y
simpáticas, y a pesar de que lo frecuentan algunos indeseables,
la tranquilidad y el paisaje,
la arquitectura del lugar y algún parroquiano que pasa por allí
hacen que se pueda obviar ese inconveniente.
Y los
franquistas
españoles,
cree
Jean Jacques, son
de ópera cómica, le divierten.
Al menos los que aparecen por el monasterio.
Son
zafios y ridículos, viven a en el siglo XIX,
se
dice. Mientras
camina
abstraído por sus pensamientos,
se
detiene ante un escaparate. Allí, dispuestos con un cierto gusto
burgués, hay una sopera
de plata a
juego con su
cucharón
que descansa
a un
lado, también
un
grupo de platos blancos combinados con un intenso azul lapislázuli,
se exhiben
en
forma de abanico. Todo ello dispuesto sobre un impecable mantel
bordado en hilo blanco. El escaprate se cierra, al
fondo, con
una doble puerta de madera oscura, sobre esta cuelga un pequeño
cuadro con un paisaje que atrae su
mirada . Hay
algo en él que le llama. El mar, el día que presiente húmedo
y
caluroso, el camino que
se pierde hacia
la
otra orilla.
Un recuerdo que no acaba de llegar, está allí presente. Y
es esa imposibilidad que le obliga a entrar en la tienda y preguntar
por su precio. Le piden una cantidad que sabe exagerada. No está ni
siquiera firmado, alega. Pero, es de alguien importate asegura el
comerciante. Viene de la casa de un artista de Montmartre; como
algunos de los muebles que ve por aquí, ese secretaire,
por ejemplo. Dice,
señalando un mueble bajo, con decoración floral. Pero, Jean Jacques
no lo mira, está en el lugar pintado en el
cuadro
del escaparate, y sabe que sólo podrá salir de él si se lo lleva
consigo. Regatea el precio y consigue una rebaja, la
suficiente para no
sentirse estafado por un capricho, el de
esa imagen de un instante, que quiere recuperar. Acomodan el cuadro
entre dos cartones y luego lo envuelven con abundante papel madera.
Jean Jacques lo aprisona bajo su brazo. Siente que el seguir
deambulando ya no tiene sentido, y
apresura su paso hacia
la estación de tren.
Durante
años el paisaje, casi insignificante para las miradas profanas,
acompañó a Jean Jacques. Pasó el tiempo en el que su madre ponía
la mesa en aquel salón
comedor
con
pretensiones señoriales, en
San Sebastián.
Ella trajo consigo el juego de copas de cristal que acomodó en un
mueble que también llevó
desde Versailles.
Junto con los manteles y la cubertería. Y así el
piso grande
y
desolado
se fue llenando de los pequeño
lujos que le traían olores y sonidos de su infancia.
Veinticinco
años permaneció la madre a su lado, en el comedor durante
veinticinco años se sucedieron almuerzos y cenas. Compartidas, en
ocasiones, con alguno de los curas profesores del instituto donde él
daba sus clases de filosofía.
Alguna mujer, a veces, también fue
invitada
y salieron juntos al
cine, o a beber una copa por el
casco viejo de San Sebastián.
Pero, Jean Jacqes no estaba hecho para la vida compartida,
se la imaginbaba como
una traición a su propia libertad y a la devoción hacia
su madre. En los últimos días que pasó junto a ella, ya
sin
fuerzas para deambular por la casa, la mesa del comedor, en la que
habían compartido almuerzos y cenas, se
fue
transformando
en un contenedor más de libros. Allí
se iban amontonando,
en
forma desordenada,
todos
los libros que
leía
para preparar sus clase, los que sacaba de los estantes para
contestarse alguna duda, los que compraba, prometiéndose leer más
adelante, los que leía por la noche mientras vigilaba
el sueño de su madre, los que algún conocido le regalaba.
Y
la mesa del comedor, por estar tan cerca del cuarto de su madre, fue también su mesa de lectura. Y cuando sus ojos cansados
necesitaban
reposo,
los llevaba hacia aquel pequeño paisaje, donde
sabía que había algo que él había conocido una vez, y
que
reaparecería, de eso estaba seguro. Volvía,
entonces
a
adentrarse en el olor de sus libros en el sabor de esas letras,
amargas algunas, deliciosas
cando aparecía la claridad de una comunión con
las palabras de su
autor. Mientras la madre dormitaba en la habitación cercana, con la
respiración cada día más dificultosa, hasta que un día cesó del
todo. Lloró dos días seguidos y
al final del segundo día, al
mirar hacia el cuadro se
vio,
por un instante, subiendo
el camino que lo llevaba a la otra orilla, saltando entre las piedras
de la torre ruinosa.
Dejó
de usar el comedor, las copas nunca más salieron del mueble
acristalado, y los manteles de hilo se amarillaron
en los cajones.
Un
día, sin saber por qué volvió a él el sentimiento intenso, de
miedo y de felicidad que lo llevó a convertirse en desertor e
iniciar su fuga hacia la frontera, a pie, durante largas jornadas.
Una inmensa alegría le hizo palpitar el pecho, y entró en una
perfumería, compró perfume muy caro, para caballeros y un after
shave. También un pañuelo de seda para abrigarse el cuello. Y
regresó, ya solo, año tras año al monasterio. Lo hacía porque le
divertía, porque podía reírse de aquéllos fascistas católicos y
tomarles el pelo. Y conversar largamente con el nuevo confesor de las
monjas, el cura joven, hablarle de Sartre, de Levinas, de Bergson y
de Proust.
***
Lo
que vino después es el principio de esta historia. Perdí el rastro
de Jean Jacques después de unas navidades en las que había
prometido venir a visitarnos a Barcelona. Me llamó para explicarme
que se había sentido enfermo, justo antes de viajar a Barcelona.
Quedamos para compartir vacaciones en la hospedería de Las Huelgas
de Burgos, él pasaría por mi suegro y Júlia por su nieta, un
arreglo perfecto para explicar a las monjas una familiaridad
ordenada y convencional. No sé qué pasó, el plan se deshizo,
probablemente fui yo misma, Júlia con sus compromisos paternos, mi
desgano…, no sé. Aunque el plan me entusiasmaba. Las Huelgas es
un lugar maravilloso y Jean Jacques era un extraordinario
conversador. Como tal, no escuchaba mucho, pero a mí no me
importaba, lo compensaba la inteligencia de sus disquicisiones, lo
divertido de sus ironías y las historias de toda aquella gente que
habia conocido en sus veranos en Burgos.
Pasaron
los años e intenté buscarlo, llamé al convento para saber si
habría regresado. La monja que me atendió apenas lo recordaba.
Durante
el confinamiento
por la pandemia, limpiando, se me cayó el cuadro de
Mlle Floriane
al suelo y su marco se abrió. Volví entonces a darlo vuelta para
examinar lo que aún puede leerse cada
vez más desvaído,
escrito con pluma y tinta: Mlle. Floriane, Cap Ferrat... podría
agregar París, San Sebstián, Barcelona. La mirada de Mademoiselle
Floriane, la de Jean Jacques, la mía. Una parte de cada uno de
nostros allí, encerrados en aquel rectángulo que
atrapó un día de verano de nubes glotonas, en ese lugar al que
quizá nunca vaya.