viernes, 22 de agosto de 2014

Entrevista a Elsa Plaza en Viaje a Ítaca por José A. Muñoz

A continuación puedes escuchar la entrevista realizada por José A. Muñoz a Elsa Plaza en el programa Viaje a Ítaca, el 4 de abril de 2009, sobre la creación de la novela El cielo bajo los pies.


martes, 3 de junio de 2014

Arucas. Una invitación en negro

Publicada por el Ayuntamiento de Arucas y a iniciativa de Loly León, la directora de la Biblioteca, quien tuvo la idea de una  Antología del cuento negro que tuviera como escenarios la ciudad de Arucas en Palma de Gran Canaria. Nació a partir del encuentro de autores de novela novela negra que se llevó a cabo en esa ciudad en el año 2009, aunque finalmente se concretizó en el  un volúmen que fue editado en diciembre del 2013. En él participaron  los siguientes autores: Alexia Ravelo, Antonio Lozano, José Luis Correa, José Luis Ibáñez, Marisol Llano Azcárate, Santiago Gil, Vera White y yo misma con el relato.

Puedes descargar aquí mi relato: "La extraviada (fantasía para un teatro vacío)"






Las fotografías que acompañan cada historia  son de  Almudena González Díaz.

viernes, 2 de mayo de 2014

Nueva presentación de "Jacqueline o el eco del tiempo"

Elina Norandi presenta Jacqueline o el eco del tiempo
Divendres, 9 de maig, a l'Espai literari de Gràcia
(carrer Ramón y Cajal 45), a les 19.30 hores


¿Qué es el tiempo? Si quiero explicarlo no lo sé, pero en mi interior sé de qué se trata. Así dejaba testimonio Agustín de Hipona de su perplejidad frente al devenir temporal. Cómo hablar, sino, desde lo personal de este fenómeno que tratándolo de medir y explicar en el laboratorio de psicología, se me escapa en mi vida? ¿Qué es la locura? Acaso también una percepción diferente del tiempo, un desacuerdo que la mayoría, cuerda, constata como un defecto insuperable ¿Por qué, en esas sincronías ofrecidas por el azar, Jacqueline vuelve y volvió Monique? (…) Son ellas parte de la trama, como lo son también los escritos del profesor del antiguo Hospital de la Salpêtrière, con las fotos que tomó de su paciente Madeleine Le Bouc (…) con la lupa recorro las sandalias que calza, no hay duda, son casi idénticas a las que calzaba la ex monja chilena. Aquélla que frente a la comandancia militar de Antofagasta, donde estaban detenidos sus amigos, un día de la primavera de 1973 vio abrirse el cielo, y descender ante ella una fila de demonios calzados con botas militares.

jueves, 10 de abril de 2014

A Ítaca con los camaradas

Décima epifanía


Hasta que comencé ese viaje rumbo a Grecia, no me di cuenta de que para mí la vida se gozaba solamente en la imaginación. Los momentos más plenos de mi infancia habían sido aquellos en los que leía Mujercitas por las tardes, cuando volvía del colegio, echada sobre la cama de mis padres y mientras mordía una manzana. Recuerdo la escena con una sensación de bienestar absoluto. Pero durante el verano de 1976 viajaba desde París hacia Grecia en un viejo coche que conducían por turnos dos “camaradas”, estudiantes como yo en la Universidad de Vincennes. Formábamos parte de la “célula” del distrito XVIII, de un partido de la izquierda revolucionaria. Yo iba en el asiento trasero junto a Muriel –ya que entre mis tantos vacíos estaba también el de no saber conducir. Muriel, “otra camarada”, era sindicalista. No sé qué grado de importancia daba ella a su militancia obrera, pero durante el viaje demostró que lo que más le interesaba era comer y dormir.

Gilles y Jacques, en cambio, eran militantes modélicos. Un orgullo para el Partido, que aunque pequeño, tenía vocación internacionalista. Estudiaban historia contemporánea, pero sus conversaciones, monotemáticas, giraban siempre en torno al conocimiento que tenían acerca de los miles de grupúsculos en los que se habían dividido los partidos comunistas de Europa, América, África y Asia. Presumían y se desafiaban entre ellos, apostando en torno a las siglas con las que se reconocían, y ni bien divisaban una pintada callejera, donde asomaban semiborrados una hoz y un martillo o un puño cerrado, ellos descifraban las letras que acompañaban los símbolos e inmediatamente demostraban saber el nombre completo del grupo. Sabían también en qué momento de sus historias se habían decantado por el maoismo, el trotskismo, o bien habían optado por el lambertismo o el guevarismo. Recitaban de corrido el nombre de sus secretarios generales y cuál había sido el por qué de la escisión. Y nada entusiasmaba más a aquellos chicos que la promesa de llegar a Atenas, no porque allí nos esperaran los restos del origen de nuestra cultura, sino porque nos reuniríamos con un grupo de compañeros. Éstos, habiendo estudiado en París, hablarían un correcto francés y nos darían las últimas noticias sobre el futuro de nuestro partido, el cual estaba por, o había entrado ya, a formar parte del PASOK en una estratégica coalición que estaría estrechamente vigilada para no contaminarse de socialdemocracia. A Jacques le brillaban los ojitos cuando hablaba de aquello, y una inmensa alegría ruborizaba sus mejillas al contabilizar los votos que, seguramente, alcanzaríamos unidos, mole de izquierdas que arrasaría en las próximas elecciones helenas. Gilles, en cambio, además de su entusiasmo por el destino histórico del proletariado, tenía pensamientos más prosaicos. Según fui comprendiendo, poco a poco, una chica norteamericana con la que había compartido sus anteriores vacaciones lo había dejado profundamente conmovido. Con ironía reflexionaba sobre el origen espurio de Liza -ese era el nombre de la yankee a la que Gilles no dejaba de nombrar y comparar conmigo durante todo el viaje. Liza, al igual que yo, nunca había probado el steak tartare, y le daba asco comer bocadillos de carne cruda, que ellos, y por supuesto Muriel más que ninguno, engullían con gran gula y regocijo ante mis remilgos. Liza tampoco hablaba bien francés, y se equivocaba en cosas que les hacía reír mucho. Y así, cada vez que yo no empleaba bien una frase o marcaba mis diferencias de extranjera, aparecía el fantasma de Liza evocado por Gilles. En aquel momento no me di cuenta de que lo que en realidad pasaba era que Gilles añoraba a Liza, que hubiese preferido a mi presencia. Liza, con la que años después se casó traicionando la causa del proletariado al irse a vivir junto a ella en la sede central del imperialismo capitalista.

Fue un cuarteto desgraciado el que formamos durante aquel verano. Gilles y Jacques habían nacido el uno para el otro, a pesar del espectro de Liza que ya planeaba sobre ellos. Pero en esta época aún no se habían dado cuenta de ello y, felices en sus múltiples coincidencias, demostraban una compresión mutua y una complicidad sin límites. Ambos eran igual y absolutamente previsibles y previsores. Todo lo habían dispuesto de antemano, aunque sospecho que era Jacques quien había diseñado el plan de viaje. Llevaban un cuaderno donde día a día habían anotado el recorrido que seguiríamos. Posibilidades de pernoctar, parajes donde detenernos y, sobre todo, cuánto debíamos gastar, medido al centavo. No estaba permitido alterar el recorrido, ni sobre todo desertar, ya que los gastos estaban repartidos entre cuatro, y cuatro debíamos ser al volver a París justo un mes después.

Muriel era callada. No creo que tuviera una gran vida interior, o al menos no se le notaba, ya que siempre estaba de mal humor. Y cuando no lo estaba demostraba, con profundos bostezos, lo poco que el paisaje y nosotros le importábamos. ¿Por qué aceptó aquél viaje? Quizá porque se le acababa el contrato de alquiler de su deux pièces y pensó que en julio no encontraría nada. Yo que soy dada a las largas conversaciones nocturnas, llegada la noche, me quedaba fuera de la tienda que compartía con ella, pues inmediatamente después de enfundarse en su saco de dormir comenzaba a resoplar y ya no abría los ojos hasta el día siguiente a las once de la mañana.

De aquel comienzo de viaje recuerdo la serena belleza del paisaje estival Mediterráneo, la exuberancia de las adelfas, de color rosa intenso, el aire salado que refrescaba mi cara y las canciones de Leonard Cohen, quizás el único gusto que compartía con Gilles y Jacques. Muriel era la primera vez que escuchaba a Cohen y tanto le daba si en el coche sonaba su música o la de Maurice Chevalier.

Una tarde me enamoré de Gilles. Habíamos parado a hacer pic-nic a orillas del Mosa cerca de Domremy, la aldea donde nació Jeanne D’Arc. Hacía calor y estaba en una época en la que me sentía bien conmigo misma. Creo que esto me permitía enamorarme, ya que pensaba que otros también podían darse cuenta de lo dispuesta que estaba a ello. Jugaba a tirar piedras al río para hacer que rebotaran, pero no conseguía hacerlo. Entonces Gilles se acercó a mí y tomándome por la mano me explicó cómo lanzarlas. Estuvimos entretenidos en aquél juego casi una hora, mientras Muriel dormía la siesta y Jacques revisaba los planos de carretera.

A partir de aquel momento viví pendiente de las miradas de Gilles. Fue como agregar brillantez a aquel paisaje que me tenía profundamente conmovida. Desde ese momento todas las estupideces del viaje -como no visitar las ciudades por donde pasábamos, o buscar durante horas el restaurante más barato, en vez de conformarnos con fruta o bocadillos -se las achacaba al necio de Jacques.

Llegamos a Grecia, después de atravesar Italia y lo que aún era Yugoslavia, que veía maravillosa y presentía llena de tesoros ocultos a los que no me estaba permitido acceder, puesto que la cita era en Atenas y allí debíamos llegar el día y a la hora señalados para la reunión.

Al fin entramos a la antigua ciudad helénica ante mi total desilusión, pues no sé qué me había imaginado, pero por supuesto no aquella ciudad moderna y sosa.

Nos recibieron los camaradas que vivían en un barrio alejado del centro, eran simpáticos y algunos hablaban un francés muy fluido. Aquella noche fuimos a beber vino de resina a la Plaka, el barrio antiguo, donde sí encontré lo que mi fantasía había imaginado de la palabra Atenas. Charlamos animadamente durante horas y horas. Cuando volvimos de madrugada a la casa que amablemente nos habían prestado, extendimos nuestros sacos de dormir en el salón comedor, los cuatro, uno al lado del otro. Yo elegí acurrucarme muy cerca de Gilles con la esperanza de que esa noche me estrechara entre sus brazos, pero no lo hizo a pesar de que debió sentir mis efluvios amorosos, que surcaban el tejido de mi saco de dormir para ir a estrellarse contra el suyo.

A la mañana temprano nos fuimos de aquella casa sin desayunar, tomamos un café en el barrio antiguo a donde los hombres, sentados ante máquinas de coser, pedaleaban incesantemente sin levantar la cabeza. Subimos a la Acrópolis, pues estaba dentro del programa. Me senté allí entre las ruinas y fue como entrar dentro del libro de historia del arte. Las cariátides del Erectión estaban vendadas, pero asomaban sus partes aún reconocibles. Me parecía extraño haber llegado allí desde mi barrio de Buenos Aires -cerca del Puente Lacarra- al Partenón como si nada hubiese pasado por el medio. Allí, yo contra tanto cielo azul y tanta piedra blanca. Me olvidé de Gilles y de que estaba enamorada, no quería que nadie me hablara, sólo quería estar allí y darme cuenta de ello.


A la hora de volver ellos, los varones, que todo lo tenían ya planeado, decidieron que tocaba ir a la playa, o tal vez estaba ya escrito. Entonces me di cuenta de que lo que les entusiasmaba tanto, nadar en una playa de Atenas, a mí me dejaba indiferente. Yo no sabía nadar. Los amigos griegos también habían ofrecido bicicletas, pero yo tampoco sabía andar en bicicleta… y me di cuenta, también, de que algunos grandes placeres de la vida me estaban vedados por mi origen: proletaria de país periférico. Por supuesto que esto -que debía haber sido tema de alguna reunión del grupo de autoconciencia de mujeres de la organización- me lo callé en ese momento. Los seguí; con mi biquini antiguo me dispuse a asarme en la playa mientras ellos nadaban como atletas y yo me devanaba los sesos para entender el libro que me había llevado para leer en esas vacaciones: Le moi divisée, de Ronald D. Laing.

Al otro día había que salir hacia Patras para tomar el barco que nos trasladaría a Ítaca. Era en esta isla donde comenzarían nuestras verdaderas vacaciones, ya que la misión en Atenas de la “célula” del distrito XVIII había acabado.

En el pequeño puerto de Ítaca nos recibieron algunos habitantes de la isla que ofrecían hospedaje. Seguimos a una mujer, bajita y vestida de negro, que nos guió por el intrincado camino de casitas blancas que se abrían entre escalones a nuestra curiosidad. “Orea, orea”, nos decía la mujer mientras hacía señas con la mano. Supuse que nos indicaba que, al fin, corría un poco de aire, y que esos últimos días había hecho un calor asfixiante en la isla. No creo haber errado demasiado, porque en todas las culturas, cuando unos desconocidos se cruzan y no quieren estar en silencio, hablan del clima, ese que padecen o gozan ambos, y que les brinda la única comunidad segura. También me recordó el envoltorio de celofán de unas medias de nylón que mi madre compraba y se llamaban Orea, y que en su publicidad explicaban que eran un sueño hecho realidad... Un sueño tan leve como esa brisa que llegaba del mar.



Por la noche dormimos en camas, por supuesto Gilles al lado de Jacques y Muriel junto a mí. La dueña de la casa pasó la noche en la terraza, pues nos alquilaba su propia habitación. Pero al otro día ya estaba decidido que montaríamos las tiendas en un camping “salvaje” que se había formado cerca de una pequeña discoteca que Gilles y Jacques tenían intención de conocer y a la que no estábamos invitadas -así lo habían decidido.



Así, una noche después de instalar las tiendas y de tomar una frugal cena a base de ensalada griega, Muriel se fue a dormir, y Gilles y Jacques a digerir las aceitunas y el queso de la ensalada dentro de la vecina discoteca. Yo me quedé paseando por los alrededores de la isla, que estaba muy animada. Turistas elegantes, llegados en yates particulares que habían amarrado a los muelles, se divertían en las terrazas de los bares dispuestas sobre la playa. En mi deambular nocturno descubrí a una chica solitaria que permanecía mirando hacia el mar, sentada en la pequeña dársena de madera de donde salían los barcos hacia otras islas o al continente. No recuerdo cómo empezamos a hablar en inglés hasta que nos preguntamos de dónde veníamos y supimos, con alegría, que las dos hablábamos castellano. Carmen venía de Barcelona, había viajado sola hasta Ítaca porque Lluís Llach, un cantante de su tierra que yo aún no conocía, había musicado poemas que nombraban la legendaria isla, y sin más quiso conocerla. Su plan de viaje para los próximos días era viajar al continente y hacer autoestop hasta Italia, trabajar allí un mes para luego retornar a Barcelona. Me quedé pensando en aquel proyecto, resultaba más tentador que el régimen autoritario al que estaba sometida por el tratado que había firmado con el frente francés. Una posible alianza con la catalana me resultaba más de acuerdo con mis deseos, hasta ese momento poco reflexionados.

Al regresar a nuestro campamento, noté que en la tienda de Gilles y Jacques había más de dos sombras que se agitaban entre suspiros. Habían encontrado en la discoteca lo que seguramente les tocaba en la lista de recreo que se habían marcado. Yo me resigné, una vez más, a dormir espalda contra espalda de la enigmática Muriel.

Carmen, la catalana, me había explicado que pasaría aquella noche envuelta en su saco en el albergue que le ofrecía la taquilla de los barcos. Por la mañana fui en su busca. La encontré ya despierta, mirando como siempre hacia el horizonte marino. Fuimos juntas a tomar un café con leche, era simpática y tan charlatana como yo misma. Se comunicaba con los habitantes del lugar como si supiese griego. Así, comenzamos a recorrer la isla, tierra adentro hacia donde se decía estaba la cueva que, según la leyenda, Ulises había utilizado para guardar sus tesoros. Después de varias horas de dar vueltas hallamos el lugar. Se descendía hasta la cueva por una escalera improvisada. Era un amplio espacio bajo la tierra que bien podía haber sido el escondite de todos los tesoros de piratas o bien la cueva de Alí Babá.

Permanecimos un tiempo allí, intentando acostumbrar nuestra visión a la oscuridad, el suficiente para sentir las historias suspendidas entre las piedras, que nos llegaban en forma de recuerdos de las películas en tecnicolor que habíamos visto en nuestra infancia. Ulises luchando contra el Cíclope… era enorme el Cíclope, y al evocarlo nos estremecimos, y las dos volvimos sobre nuestros pasos en busca de la escalera de salida.  



Salimos de allí fascinadas por el misterio de ese espacio vacío, oscuro y helado. Y fuimos a calentarnos echadas al sol en la playa. Éramos las únicas bañistas. Carmen se quitó el sostén de su biquini y se metió en el agua, yo la imité. Reímos mucho de todo lo que yo le explicaba sobre mis compañeros de viaje.

Carmen era quizás un par de años más joven que yo, tenía la piel morena por el sol, y sus ojos iluminados por el cielo del mar Jónico parecían verdes. Recuerdo sus pechos estremecidos por el frescor del agua, pequeños y salpicados por las gotas que iban resbalando sobre su cuerpo. Nos sentíamos hermanas en aquella tarde de agosto. Y me di cuenta de que nunca había pensado en mis propias vacaciones. Cómo las imaginaba, cómo imaginaba los placeres del verano, en un tiempo en el que se agudiza el sentimiento de que somos un cuerpo. Un cuerpo que puede sentir el resplandor del sol sobre él, el del viento en la cara, el del cansancio de una caminata. Pensándolo bien, aquellas eran mis primeras vacaciones. La educación recibida no incluía la asignatura de ser feliz inmersa en un paisaje. La felicidad era algo abstracto para mi madre, que fue quien me enseñó a desear. Deseaba con el modelo de ella, la felicidad inalcanzable o siempre postergada de una novela romántica. Nunca me habían enseñado que una podía anticiparse a las emociones, imaginando la posibilidad de hallarse en un espacio diferente a aquel donde la vida transcurría, sin esperar nada, dejándose llevar. Me di cuenta también de que aquellas vacaciones, que llegaban por primera vez en mi vida, las había dejado en manos de quienes estaban acostumbrados a planificarlas, a conocer sus deseos y diseñar el camino para que ellos se cumplieran.

Todo eso pensé la noche en la que mudé mi saco de dormir al lado del de Carmen, porque finalmente expliqué a mis camaradas de viaje que mi compromiso llegaba hasta allí. Ellos habían encontrado dos amiguitas con las que bien podían compartir los futuros gastos de lo que restaba del viaje, yo rescindía el contrato.

Hubo una reunión agria que se llevó con el mismo ritmo y vocabulario con el que se discutía el último artículo de la prensa del Partido sobre “nuestros compañeros de viaje comunistas”. Y nunca mejor dicho: eran mis compañeros de viaje con los que esta sección de la Internacional, que yo sola componía, quería romper. Las nuevas amigas de Gilles y Jacques permanecieron al margen. Supongo que creían que el problema eran ellas, cuando en realidad las había visto como mi posible salvación. Muriel, enfurruñada, decía que si yo me iba ella también se volvía a París. Aquello era una nueva deserción que llevaba a la catástrofe, pues las holandesas de la discoteca no tenían ninguna intención de viajar a París con Gilles y Jacques, y además tenían coche propio. De pronto me sentí prisionera de un pacto que no quería cumplir.

Después de aquel cónclave supe que mis compañeros de viaje serían inflexibles, yo había aceptado un plan que contemplaba cuatro pasajeros en un viaje, ida y vuelta, de París a Grecia, y no podía desligarme.

Y así, me debatía entre una ética de inexperta militante y el descubrimiento de que yo también podía imaginar el placer de mi cuerpo en tierras de Italia, por ejemplo, aprendiendo a nadar y a mirar el cielo junto a mi nueva amiga.

Busqué a Carmen y nos paseamos por la playa, me hablaba de su vida en Barcelona, del festival de rock de Canet de Mar, del pueblo donde había nacido y de las calles del Pueblo Seco, el barrio de Barcelona donde vivía. Yo le explicaba mi trabajo en París, donde era la au pair de un perro. A cambio de su cuidado y atención me daban una habitación en una sexta planta; también recordé para ella mi infancia en mi barrio de Floresta Sur, pasando el Puente Lacarra.

Charlando, llegamos a una cala donde había fondeado, a muy pocos metros, un pequeño yate y sobre la arena una tumbona en la que yacía una mujer. Nos echamos allí, entreteniéndonos largo tiempo en imaginar planes para dejar colgados a mis compañeros de viaje. Las holandesas eran una solución, lástima que tuvieran un coche que habían llevado con ellas a la isla. ¿Y si pinchábamos las ruedas o echábamos arena en el motor? Pero sobraba Muriel, ¿dónde ubicarla? En el coche de Gilles y Jacques sólo había lugar para cuatro. Entonces, la cuestión era conseguir una pareja a Muriel, punto bastante difícil a resolver teniendo en cuenta lo poco dada que era a dejarse llevar por los sentimientos. Al fin, decidimos que las cosas se irían solucionando solas.

Cerramos los ojos y nos dedicamos sólo a sentir el sol y la brisa sobre nuestros cuerpos. Todo era silencio y calma, el tiempo se había detenido en la quietud del paisaje aunque sabíamos que la mujer de la tumbona continuaba allí. No sé cuánto estuvimos ensoñadas, hasta que sentimos los pasos de alguien sobre la arena. Vimos a un hombre con chaqueta blanca que se acercaba a la mujer con una bandeja sobre la que se sostenía una copa. Ella se incorporó, y entonces la vimos en todo su esplendor. Era una mujer mayor, casi anciana, si ese término podía aplicarse a aquel personaje de piernas larguísimas que sostenían un torso moldeado por un bañador a rayas horizontales. El hombre dejó la copa sobre una especie de mesita que se prolongaba desde la tumbona y extendió el albornoz que hasta entonces había descansado a los pies de la antigua diosa, cuyo cuerpo de jirafa con turbante y gafas de sol se inclinó levemente para encajarse en la vestimenta que le ofrecían. Por un momento uno de sus hombros quedó nuevamente descubierto al deslizarse la prenda y vimos cómo ese hombre que creímos un sirviente ensayaba un acercamiento con sus labios a ese trozo de piel ofrecido por el azar. Acercamiento que la mujer desaprobó con un cierto fastidio. Entonces le dio la espalda y se marchó hacia el mismo lugar de donde había surgido aquel hombre, quien la siguió a una prudente distancia. Allí, a unos pocos metros, detrás de unos setos que la ocultaban, vimos una casa magnífica -en la que no habíamos reparado-, precedida por un jardín.

-¡Es Greta Garbo! -le dije a Carmen.
¿Tú creés?
-Seguro que es ella. La reconocería aunque fuese disfrazada. Ese andar de animal de las sabanas, sus largas piernas, la manera en cómo encogió los hombros para ponerse de pié, su perfil.

Estaba segura de que habíamos espiado la intimidad de la diva. En un segundo ella se nos había mostrado, representando una escena de su propia película.

Ese día recorrimos con Carmen toda la isla, y así supe que el núcleo de población había sido construido varias veces y en distintos enclaves, pues terremotos, en épocas diversas, lo habían destruido en más de una ocasión. Subimos las colinas rocosas, cubiertas de vegetación reseca, y nos detuvimos, varias veces, a desenterrar restos de cristales y trozos de cerámica con el rastro del tiempo en su superficie. Deshechos de la vida humana que había comenzado y desaparecido, para después renacer en otro punto, allá abajo, donde veíamos las casitas blancas mostrando sus terrazas con ropa secándose al “Orea, orea. Allí encontré el fondo partido de lo que podía haber sido un platito. Era esmaltado en blanco con un dibujo, parecía una cabeza con el esquema de unos brazos extendidos hacia un pequeño círculo amarillo.

- Es un mensaje -le dije a Carmen, y lo guardé en un bolsillo.

Cuando el sol comenzó a bajar nos dimos cuenta de que habíamos ido en dirección contraria al lugar donde estaba la parte habitada de la isla. Reímos mucho pensando que si de verdad nos perdíamos se solucionaba mi problema con los franceses. Pero pasó una camioneta que paramos y nos llevó al pueblo. Allí, Gilles y Jacques se habían movilizado para buscarnos ayudados por turistas y lugareños, quienes al vernos nos recibieron entre alegres y regañones.

Las holandesas habían marchado, y nuevamente éramos cuatro. En dos días volveríamos otra vez a Patras. Al día siguiente, Carmen subiría al barco que la llevaría al continente, y yo no me decidía a romper del todo y seguir el libre fluir de mis deseos.

Nos quedamos con mi nueva amiga charlando hasta el amanecer, y me di cuenta de lo mucho que se necesita hablar en el idioma propio. Eran chorros de frases que, durante los tres días de nuestro encuentro, se habían desparramado entre nosotras. Los franceses, admirados ante nuestra cómplice locuacidad, no podían entender cómo dos desconocidas tenían tanto que contarse. Decidimos que al otro día, antes de que Carmen marchara, volveríamos a la cala de Greta Garbo.

Con los primeros rayos de luz llegábamos a la pequeña playa que ocultaba, de eso ya no cabía duda, uno de los misterios de la mitología cinematográfica. El yate de la diva seguía varado en la playa, y aparentaba estar vacío. Esta vez nos detuvimos ante la casa escondida detrás de los arbustos. Era de líneas simples, pero con amplios ventanales de cristal que cerraban oscuras cortinas azules. El pequeño y cuidado jardín estaba salpicado de exuberantes adelfas multicolores. Nos estiramos en la arena esperando que algo ocurriera, teníamos unas cuantas horas por delante antes de que el barco -al que finalmente Carmen sola debía subir- zarpase.

Acariciadas por el sol, y con las olas lamiendo nuestros pies, planeamos un encuentro en Barcelona para el próximo otoño, en Todos los Santos. Yo conocería la calle del Rosal, en el Pueblo Seco, pasearíamos por las Ramblas y después nos iríamos a la Plaza Real.

La mujer apareció cuando el sol ya picaba, envuelta en una especie de sari de color oscuro con dibujos dorados. Detrás de ella, su fiel servidor llevaba la tumbona que desplegó para que ella acomodara sus carnes bellamente envejecidas. Con la sensualidad de una Salomé se quitó el velo, descubriendo un nuevo bañador, esta vez negro. Dejó a un lado las sandalias de charol y aquel hombre acomodó sobre un almohadón sus pies, acariciándolos. Ella echó la cabeza hacia atrás y se quedó inmóvil, mientras él volvía hacia la casa.

-Quizás, detrás de sus gafas de sol pasan escenas de sus películas, como pensamientos visibles -dije yo.

-Quizá sólo goza del aire y del sol y vive intensamente el presente -me contestó Carmen.  


martes, 1 de abril de 2014

"Desmontando el caso de la Vampira del Raval", al Col·legi de Periodistes de Catalunya

Icaria presenta un llibre apassionant que revela la misèria i la manipulació que s’amaga darrere del mite de La Vampira del Raval.


Dimarts, 8 d'abril a les 19h

Col·legi de Periodistes de Catalunya

Rambla de Catalunya, 10 · Barcelona

 

Participaran en l’acte:

Catalina Gayà, periodista
Elsa Plaza, autora del llibre


Desmontando el caso de la Vampira del Raval. Misoginia y clasismo en la Barcelona modernista



Enriqueta Martí, "La Vampira del Raval", es la protagonista de una de las leyendas urbanas que más fama y difusión han tenido en los últimos cien años. Acusada de prostituta, ladrona de niños, asesina, acusada de brujería, proxenetismo y de fabricar ungüentos con las vísceras y huesos de sus pequeñas víctimas destinados a proporcionar la inmortalidad, el caso de Enriqueta conmocionó la Barcelona de 1912.

Esta apasionante investigación descubre cómo esta leyenda oculta la realidad de una cultura patriarcal y capitalista que alimentó y alimenta el maltrato y la explotación laboral y sexual de niños y mujeres. Una trama que recorre los suburbios de la ciudad y llega hasta los pisos y burdeles de la alta burguesía catalana, las calles parisinas y las fábricas de principios de siglo.

“Un trabajo impresionante de búsqueda paciente en archivos y bibliotecas que nos muestra la otra cara de la Barcelona modernista y burguesa.  Las desapariciones de niños y niñas, la prostitución reglamentada, la vida en la cárcel de mujeres de la calle Reina Amalia, los funcionarios corruptos… todo ello gira alrededor del personaje  Enriqueta Martí, y nos da a pensar que la verdad tiene mil caras, y que estas pueden ser siempre fruto de la manipulación.”
Luis Gueilburt (escultor, especialista en arquitectura modernista).

Un libro que desafía al lector a adoptar una postura crítica frente a la información que se le ofrece. Una lectura apasionante que desvela la miseria y la manipulación que se esconde tras el mito de La Vampira del Raval.

Entrevista de Nora Almada a Elsa Plaza sobre la investigación del caso aquí.

Reportaje sobre el caso en el Periódico, por Catalina Gayà  relación a dicha investigación, aquí

lunes, 10 de marzo de 2014

Nueva presentación de "Desmontando el caso de La Vampira del Raval"

Icaria presenta un llibre apassionant que revela la misèria i la manipulació que s’amaga darrere del mite de La Vampira del Raval.

Dijous, 13 de març a les 19h

Espai VIRUS

c/ Junta de Comerç 18, baixos · Raval · 08001 Barcelona

 

Participaran en l’acte:

Iñaki García, veí del Raval i membre de la campanya Justícia Juan Andrés
Miquel Fernàndez, antropòleg i membre de l'Observatori Antropològic del Conflicte Urbà
Elsa Plaza, autora del llibre


Desmontando el caso de la Vampira del Raval. Misoginia y clasismo en la Barcelona modernista



Enriqueta Martí, "La Vampira del Raval", es la protagonista de una de las leyendas urbanas que más fama y difusión han tenido en los últimos cien años. Acusada de prostituta, ladrona de niños, asesina, acusada de brujería, proxenetismo y de fabricar ungüentos con las vísceras y huesos de sus pequeñas víctimas destinados a proporcionar la inmortalidad, el caso de Enriqueta conmocionó la Barcelona de 1912.

Esta apasionante investigación descubre cómo esta leyenda oculta la realidad de una cultura patriarcal y capitalista que alimentó y alimenta el maltrato y la explotación laboral y sexual de niños y mujeres. Una trama que recorre los suburbios de la ciudad y llega hasta los pisos y burdeles de la alta burguesía catalana, las calles parisinas y las fábricas de principios de siglo.

“Un trabajo impresionante de búsqueda paciente en archivos y bibliotecas que nos muestra la otra cara de la Barcelona modernista y burguesa.  Las desapariciones de niños y niñas, la prostitución reglamentada, la vida en la cárcel de mujeres de la calle Reina Amalia, los funcionarios corruptos… todo ello gira alrededor del personaje  Enriqueta Martí, y nos da a pensar que la verdad tiene mil caras, y que estas pueden ser siempre fruto de la manipulación.”
Luis Gueilburt (escultor, especialista en arquitectura modernista).

Un libro que desafía al lector a adoptar una postura crítica frente a la información que se le ofrece. Una lectura apasionante que desvela la miseria y la manipulación que se esconde tras el mito de La Vampira del Raval.


martes, 4 de marzo de 2014

"Desmontando el caso de la Vampira del Raval": presentación en Granada

Viernes, 7 de marzo a las 19h

Librería Picasso Granada


PRESENTAN


Elsa Plaza


Enriqueta Martí, "La Vampira del Raval", es la protagonista de una de las leyendas urbanas que más fama y difusión han tenido en los últimos cien años. Acusada de prostituta, ladrona de niños, asesina, acusada de brujería, proxenetismo y de fabricar ungüentos con las vísceras y huesos de sus pequeñas víctimas destinados a proporcionar la inmortalidad, el caso de Enriqueta conmocionó la Barcelona de 1912.

Esta apasionante investigación descubre cómo esta leyenda oculta la realidad de una cultura patriarcal y capitalista que alimentó y alimenta el maltrato y la explotación laboral y sexual de niños y mujeres. Una trama que recorre los suburbios de la ciudad y llega hasta los pisos y burdeles de la alta burguesía catalana, las calles parisinas y las fábricas de principios de siglo.

“Un trabajo impresionante de búsqueda paciente en archivos y bibliotecas que nos muestra la otra cara de la Barcelona modernista y burguesa.  Las desapariciones de niños y niñas, la prostitución reglamentada, la vida en la cárcel de mujeres de la calle Reina Amalia, los funcionarios corruptos… todo ello gira alrededor del personaje  Enriqueta Martí, y nos da a pensar que la verdad tiene mil caras, y que estas pueden ser siempre fruto de la manipulación.”
Luis Gueilburt (escultor, especialista en arquitectura modernista).

El aspecto que hace distinto Desmontando el caso de La Vampira del Raval a lo publicado sobre el caso es la investigación y la profusa e inédita documentación que acompaña la obra, además de la contextualización y ampliación de datos acerca de los actores que rodean al caso. Se desvela la manera en que determinado lenguaje que se utiliza para extender rumores y prejuicios se conforma en verdades muy difíciles de revertir en el imaginario de las personas, a pesar de que existan pruebas de la tergiversación interesada de datos y sucesos.

Un libro que desafía al lector a adoptar una postura crítica frente a la información que se le ofrece. Una lectura apasionante que desvela la miseria y la manipulación que se esconde tras el mito de LVampira del Raval.

domingo, 23 de febrero de 2014

Se repite la Mesa redonda acerca del ensayo: "El caso Enriqueta Martí. Clasismo y misoginia en la Barcelona modernista"

Si te perdiste la Mesa redonda y presentación del ensayo de Elsa Plaza "El caso de Enriqueta Martí. Clasismo y misoginia en la Barcelona modernista", puedes asistir a la repeticion del evento el próximo viernes.

Surgido a partir de la lectura de toda la documentación obtenida para realizar la novela El cielo bajo los pies, y de la que ha ido acumulando después de aparecida esta novela. Una revisión del caso que convirtió a Enriqueta Martí en la "Mala dona" de Barcelona y el lenguaje que describe el cuerpo y las actividades de las mujeres que viven fuera del orden patriarcal.


Además de Elsa Plaza, en el acto también participarán las psicólogas Graciela Traba, que tratará el mito de Medea, uno de los arquetipos femeninos que operan desde la antigüedad, y Alba Orteu, sobre la solidaridad entre mujeres durante los primeros años del siglo XX, en Barcelona.

La mesa redonda tendrá lugar el viernes 28 de febrero, a las 19 horas, en el Ateneu Barcelonès (carrer Canuda 6, Barcelona).

Más información aquí.

jueves, 20 de febrero de 2014

Presentación de "Jacqueline, o el eco del tiempo"

Dissabte 1 de Març, a les 18:30h, Presentació del llibre:
   Jacqueline, o el eco del tiempo

La nova novel·la d' Elsa Plaza, a càrrec d'Elina Norandi 

llibreria Pròleg, carrer Sant Pere Més Alt 46 (Barcelona)


La novel·la d'una generació, la dels anys 70. L'autora ens condueix des del Xile d'Allende, passant per Barcelona fins a l'hospital de la Salpêtrière de París. Allà, la història comença i acaba, evocant un temps com etern retorn. Inspirada en fets i personatges reals,  és una reflexió sobre la memòria i la bogeria. El text poètic i inquietant, enriquit amb suggerents il·lustracions realitzades per l'autora, té la virtut de continuar al nostre costat un cop acabada la seva lectura   

jueves, 13 de febrero de 2014

Jacqueline o el Eco del tiempo

Elsa Plaza. Mecenix, 2013




Resumen

París, Hospital de la Salpêtrière, a finales del siglo XX. Allí se produce el encuentro de dos mujeres con un pasado común: unos días en el Chile de Allende, en una playa de Antofagasta y en un mundo a punto de desaparecer, barrido por las dictaduras militares. Dictaduras que asolarán el sur de América latina creando esa nueva identidad: los desaparecidos. Ambas mujeres, distantes en sus orígenes y en sus experiencias de vida, y pertenecientes a dos generaciones diferentes, comparten un sentimiento común: el malestar que las lleva a dejar el hogar familiar, la una refugiándose en sus delirios místicos, la otra en el viaje. Inspirada en personajes reales: Hersilie, quien a principios del s. XIX se rebela ante los abusos de que padecen los internos en los manicomios, y Madeleine Le Bouc, la vagabunda que en 1880 es ingresada en el Hospital de la Salpêtrière presa de visiones que la sumen en éxtasis en los que permanece durante días enteros. 
La novela es una reflexión sobre ciertos aspectos de la locura y las experiencias que nos conforman como individuos: los encuentros fortuitos y la solidaridad que surge de ellos; pero también nos plantea la manera en la que conformamos nuestra memoria y el tiempo en el que se suscribe, tiempo como un eterno retorno que se repite en detalles, en formas y en paisajes de los que quedan apenas unos signos dispuestos para que una mirada atenta permita redescubrirlos.

Si quieres comprar el libro clica aquí.

París, Hospital de la Salpêtrière, a la fi del segle XX. Allà es produeix la trobada de dues dones amb un passat comú: uns dies al Xile d'Allende, en una platja d'Antofagasta i en un món a punt de desaparèixer, escombrat per les dictadures militars. Dictadures que assolaran el sud d'Amèrica llatina, creant aquesta nova identitat: els desapareguts. Ambdues dones, distants en els seus orígens i en les seves experiències de vida, i pertanyents a dues generacions diferents, comparteixen un sentiment comú: el malestar que les porta a deixar la llar familiar, una refugiant-se en els seus deliris místics, l'altra en el viatge. Inspirada en personatges reals: Hersilie, qui a principis del s. XIX es rebel·la davant els abusos que pateixen els interns en els manicomis, i Madeleine Le Bouc, la rodamón que en 1880 és ingressada a l'Hospital de la Salpêtrière presa de visions que la sumeixen en èxtasis en els quals roman durant dies sencers. 
La novel·la és una reflexió sobre certs aspectes de la bogeria i les experiències que ens conformen com a individus: les troballes fortuïtes i la solidaritat que en sorgeix; però també ens planteja la manera en què conformem la nostra memòria i el temps en el qual se subscriu, temps com un etern retorn que es repeteix en detalls, en formes i en paisatges dels quals queden, tan sols, uns signes disposats perquè una mirada atenta en permeti el redescobriment.

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jueves, 23 de enero de 2014

Mesa redonda y presentación del ensayo: "El caso Enriqueta Martí. Clasismo y misoginia en la Barcelona modernista"

Entre las actividades programadas en la edición de 2014 de Barcelona Negra se celebrará una mesa redonda entorno a la figura de Enriqueta Martí y su papel en el imaginario colectivo de la Barcelona de principios del siglo XX, que ha perdurado hasta la actualidad.

Es el tema central del último ensayo de Elsa Plaza, editado por Icaria, surgido a partir de la lectura de toda la documentación obtenida para realizar la novela El cielo bajo los pies, y de la que ha ido acumulando después de aparecida esta novela. Una revisión del caso que convirtió a Enriqueta Martí en la "Mala dona" de Barcelona y el lenguaje que describe el cuerpo y las actividades de las mujeres que viven fuera del orden patriarcal.


Además de Elsa Plaza, en el acto también participarán las psicólogas Graciela Traba, que tratará el mito de Medea, uno de los arquetipos femeninos que operan desde la antigüedad, y Alba Orteu, sobre la solidaridad entre mujeres durante los primeros años del siglo XX, en Barcelona.

La mesa redonda tendrá lugar el jueves 13 de febrero, a las 19 horas, en el Ateneu Barcelonès (carrer Canuda 6, Barcelona).

Más información aquí.

miércoles, 1 de enero de 2014

Otra vez en La Sagrera: la epifanía de la cuerda y el precinto

Novena epifanía


Tiene las uñas extremadamente largas, al menos las de una mano. Me esfuerzo por ver la otra, que lleva escondida porque los dedos permanecen plegados sosteniendo un rollo de cuerda. Si sólo tiene las uñas largas de una mano, es guitarrista, me digo. Comienza a desenredar la cuerda y juguetea con ella. Puedo ver, entonces, que todas sus uñas son igualmente largas. Va vestido de albañil, o de pintor de paredes. Lleva el pantalón cubierto de salpicaduras de yeso, igual que los zapatos. Ahora extiende uno de los extremos de la cuerda, es nueva. La dobla por la mitad, como si con ella estuviera aprendiendo a medir algo que permanece oculto a la mirada de los que compartimos el andén del metro. Luego comienza a ensayar, pacientemente, un gesto que parece recién aprendido, y que debe repetir para memorizar. Pienso, luego, que está probando un nudo marinero, de esos que aparecen en los cuadritos que adornan las paredes de los pisos turísticos de la costa Brava. Pero la lazada se convierte en un nudo inquietante. Sigo su juego de reojo, intimidada porque lo que ha logrado producir es un nudo corredizo, de cuello muy largo, una exacta réplica de los que veía hacer en las películas de vaqueros cuando se disponían a linchar a un pobre inocente... Llega el metro, el hombre recoge la maleta que tenía a sus pies. ¿Es acaso El Verdugo, una nueva versión del de Berlanga? también Pepe Isbert llevaba una maleta; esta está manchada de yeso, como la ropa de su propietario. Se recuesta contra una de las puertas del vagón y continúa con su tarea. Deshace el nudo corredizo y recomienza. La visera de una gorra de béisbol sombrea la línea de sus ojos. Es bajo y delgaducho, con cara de rubio y nariz respingona. Podría ser también uno de esos personajes secundarios que aparecen en las películas norteamericanas de los años cincuenta: un miembro del Ku Klux Klan, por ejemplo, que en la puerta de una prisión reclama, junto a otros, hacer justicia con sus propias manos... Vuelve a su empresa y una y otra vez. Hace y deshace el nudo corredizo que, luego de cada intento exitoso, contempla con satisfacción. No quiere olvidar la habilidad recién aprendida, eso es evidente. Pasa el puño por el centro del nudo y experimenta el ajuste... Vuelve la imagen de otra película, esta vez es A sangre fría, la que recrea la novela de Truman Capote. La imagen es la de la sombra de la horca que aguarda el cuello de los dos jóvenes asesinos.

¿Qué dios menor, perverso y vengador, juega ocupando el cuerpo de un -¿albañil encofrador?- que regresa a su hogar después de una jornada laboral agotadora? El dios de los nudos. Busco en el Google si existe tal, ya que en La Sagrera se suelen manifestar con asiduidad toda clase de dioses y diosas. Creo, a diferencia de lo que afirma Dalí, que el centro del mundo no está en la estación de Perpignan, sino en la de Sagrera (le venderé la idea al departamento de turismo de la Generalitat, podrían montar unas mesitas de degustación o un mástil con senyera).
Encuentro una serie de páginas cristianas con recursos y buenos consejos, entre ellos el cuento del alpinista que se desploma cogido a su cuerda por una de las paredes del Aconcagua, y que cuando clama a Dios, este le responde: “Hijo, suéltate de la cuerda”. Como no cree en la advertencia divina y sigue aferrado a ella, muere congelado a pocos metros del suelo. Lo divertido de este cuento es que ya lo conocía en su versión de chiste judío, contado por la bisabuela de mis hijos, Sara Ravich: Un rabino está a punto de caer a un precipicio y, como el alpinista, clama a Dios pidiendo ayuda. Desde las profundidades del barranco le llega una voz que dice: “Hijo, déjate caer en mis brazos”. A lo que el rabino responde: “¿Y no hay nadie más allá abajo?”. No sabemos si el alpinista hizo la misma pregunta, ni si al rabino lo encontraron muerto. Pero me gusta más la versión Ravich de la historia.
En otra aportación del Google se habla de la diosa Ixtab (la colgada) que representa “la muerte del yo, la llamada a una reflexión y al arrepentimiento de nuestros errores; al sacrificio de nuestras pasiones. El anuncio de una vida nueva ”. Pero, si me atengo al chiste judío, el pequeño dios de la cuerda podría ser más bien el verdugo berlanguiano, humilde funcionario estatal que administra la dosis de muerte para los que se portan mal según las leyes del Estado. Imagino al personaje manchado de yeso paseándose por las estaciones de metro más populares de todo el estado español, aunque también por las terminales de autobuses y ferrocarriles -allí donde nos amontonamos la “mayoría silenciosa”, tan cara a la derecha que gobierna nuestros destinos- anunciando la buena nueva en este año que comienza: “Humildes trabajadoras todas, paradas todas, precarias todas, deshauciadas todas...” “La soga se ciñe en vuestros cuellos”, “La energía y la luz les será negada, y a la oscuridad y al frío seréis condenados, arrojados fuera del sagrario de Iberdrola y de Endesa”. “El nudo más fuerte verán ceñirse a vuestros magros cuellos, nudo que supieron enlazar los magos del templo de las fianzas, de los bancos, los etéreos administradores de la cosa pública”...

La diosa maya Ixtab
En todo esto me entretenía pensando mientras realizaba mi cotidiano viaje hacia el metro, recordando a aquel hombre de la cuerda. Cuando... el 30 de diciembre, por la noche, ¡ocurrió! Cruzaba esta vez el pasillo de la Sagrera y, de pronto, “la mayoría silenciosa” se convirtió en una multitud vociferante: “¡No nos mires, únete!” “Que aquest billet el pagui el Millet! “Gratuitat pels aturats!”. Algunos de los que se manifestaron tan estruendosamente se dedicaron a trabar las puertas con precinto para que todos los pasajeros pudieran entrar sin pagar: ¡Oh!, ¡Por primera vez veía, al fin, la manifestación de un milagro concreto! Un viaje gratis en Metropolitano...   


¿Será, entonces, de verdad que la soga simboliza el fin de una época? ¿Y la diosa maya Ixtab, una inmigrante más, estaría entre aquellos que hicieron el milagro? Aunque con precinto, no con cuerda. Pero, dado que lo sintético ha invadido todos los espacios de nuestra vida, seguro que la diosa ha cambiado la cuerda por el precinto de plástico.