lunes, 3 de abril de 2017

Viaje a Suecia

Me acostumbro ya a esta Europa que levanta barreras. Hasta hace un año, acceder al tren que recorre el puente de Oresund, que conecta Dinamarca y Suecia, era un hecho sin incidentes a destacar. Consistía en hacer el viaje que nos llevaba desde Copenhagen a Malmö sin conciencia, casi, de que íbamos a atravesar una frontera entre países. Sólo requería la alerta de no confundirnos y sentarnos en el vagón equivocado, uno de aquellos que se quedan en Kristeanstad; y entonces, quedarnos allí, detenidos en una vía muerta, o que nos condujeran de regreso hacia Dinamarca. Aprender que un mismo tren tiene dos destinos diferentes y saber elegir el que nos corresponde, como en la vida misma. Así, los ferrocarriles escandinavos repetirían la vida, siempre una elección, y ésta ha de ser la acertada; de otro modo… nunca se sabe. Pero, desde el año pasado, la policía controla a los pasajeros que suben al tren en la misma estación de Copenhagen. Aunque ya en estos últimos años se iba notando mayor vigilancia. Por ejemplo, en ocasiones, había visto a la policía irrumpir en el vagón, con el tren ya en marcha. Y, con su porte marcial de amargas reminiscencias (tan altos y altas; tan rubios y rubias; tan severos en sus gestos y miradas), pedir documentos y examinar a los pasajeros, comparando fisonomías y fotos de carnets y pasaportes. Sobre todo a los que exhibíamos nuestra evidente pinta no escandinava. Pero, quizá, ¿desde el verano pasado?, ha habido otro cambio: todo el anden Copenhagen- Kasturp está vallado. Vallas metálicas impiden el acceso libre a las puertas del tren ¿Cual es la empresa, fabricante de vallas para Europa, que se forra con el sembradío de más y más barreras? Junto a ellas policías, en grupo de cuatro o cinco, son los encargados de dar paso, previo control del que es imposible hurtarse. Recordé un miedo lejano, cuando regresaba desde Francia, a donde íbamos periódicamente a surtirnos de anticonceptivos prohibidos en España, y debía atravesar la frontera de Port Bou. Miedo de que descubrieran mi permiso de residencia vencido… los no españoles a un lado, y allí... despacito, haciéndome invisible, seguir camino disimulando. Entonces quizás se podía hacer. Hoy sería imposible.

Mi documento lo inspeccionó, con gran seriedad, una mujer policía corpulenta y bien pasada la cincuentena. La igualdad en los derechos laborales tiene esos inconvenientes éticos, hay trabajos que son odiosos y no deseables para nadie. Pero es notable por aquí la equidad laboral. Mujeres mayores de cincuenta años y de aspectos variados: entradas en carnes o delgadas, vestidas informales o elegantes, con tacones o con zapatos bajos, ocupan todo tipos de puestos: llevan trenes, son jefas de estación, presentan las noticias en la tele, dan el parte del tiempo o dirigen programas periodísticos (impensable en la tele española donde ser mujer y hacerse mayor ante las cámaras sólo se le permite a Mercedes Milá, o a alguna semejante, que sabe extraer barr de las vida de cualquier garrulo que se preste a llorar ante las cámaras).


Pasado el puente, el tren se detuvo. Largos minutos de espera y la respuesta la vemos aparecer desde la puerta del vagón vecino: otra vez la presencia policial. Esta vez son tres, acompañados de un perrito juguetón. Me sorprende el animalito que no concuerda con el aspecto de los uniformados, parece una broma, como si en vez de armas de fuego llevaran una varita mágica con una estrella en la punta. Una especie de peluche que va tironeando de la correa y los adelanta, moviendo la cola. Más bien pequeño, blanco con manchas marrones, cara simpática y morro respingón que desliza por el suelo del vagón con alegría infantil. Hasta que tropieza con la maleta que yo guardé bajo el asiento. “¿Es suya la maleta?” Me interroga una mujer policía, esta parecida a Charlize Theron. Sí, respondo, y previo paso por el morro del perrito, la maleta es absuelta de toda sospecha. Esta vez no son las personas las que interesan: ¿serán armas, explosivos, drogas...?

El tren de Kasturp a Karlskrona

La escena me reafirma en la evidencia de que, en este último año, los habitantes de Europa vivimos obsesionados por amenazas de toda índole, ante las que hace falta blindarse. Pero, hace unos días, en Francia, un adolescente disparó contra sus propios compañeros en un instituto de secundaria. Creamos psicópatas, nos gobiernan ellos, dirigen empresas y son modelos de éxito empresarial. ¿Cómo blindarse ante la enfermedad mental del siglo? Si sus síntomas son exaltados como atributos necesarios para labrarse un espacio en el mundo empresarial: la falta de empatía hacia el prójimo, tan necesaria para convertirse en un buen competidor o para hacer de toda desgracia una oportunidad de apertura de un nuevo mercado. Así, la agresividad es un don apreciable y necesario, y ello se enseña en las clases de marketing, se muestra en los juegos, domina las relaciones entre famosos de pacotilla, se exhibe en las redes... Uf!!!, uf!!!! Me sofoco. Y regreso al vagón del tren que me lleva a Karlskrona. El día ya se hace largo, y siendo más de las cinco, desde el tren, aún se divisa el campo. Es el mes de marzo y aunque el invierno perdura no hay nieve, y unos tímidos brotes van asomando sobre los campos de cultivo. Los árboles siguen desnudos, tendiendo sus brazos negros contra el cielo gris. Sólo los pinos insisten en su siempre eterno verdor.

De pie en el pasillo, una mujer me dice algo en sueco y me muestra un papel impreso. Entiendo que quiere que le deje mi plaza del lado de la ventanilla; me corrobora la evidencia mi compañero de asiento. Me lo explica en inglés; con mi inglés elemental le digo que por qué, si en mi billete no se me otorga plaza fija, la mujer sí la tiene y es justamente la mía. Me responde que se paga para tener plaza preferente, se hace reserva desde internet. Me pongo de pie para dejarle mi “plaza preferente”. El hombre, amablemente, me dice que es él el que se va, y me deja su lugar del lado del pasillo. La mujer se sienta, tos acatarrada, mira ávida hacia la ventanilla que es solo suya, trata de engullirse el paisaje, gris y plano, de Scania.

Scania, allí donde ocurren las novelas de Henning Mankel
Allí, donde ocurren las novelas de Henning Mankel. Un paisaje rural, con ciudades pequeñas, casas de cuentos de Navidad, de madera con ventanas iluminadas y visillos que dejan ver el interior (nunca hay nadie, a pesar de mi insistencia en la búsqueda de un signo de vida humana). Los pasajeros silenciosos suben y bajan, solo un extranjero se atreve a mantener una charla, a voz en cuello, con su móvil. Repite, una y otra vez, como en una famosa canción de Bolliwood: ¡Halló!, ¡Halló!... ¡halló!, ¡halló!, y estoy a punto de ponerme de pie y hacer el saltito que me enseñaron en clase de zumba: mano izquierda sosteniendo codo derecho, mano derecha girando con el dedo índice extendido hacia la oreja...., paso a la derecha, paso a la izquierda cambiando de mano.

Dirijo mi mirada hacia el pasillo, para no interceder en el ángulo de visión privatizado por la pasajera acatarrada, y tropiezo con un primer plano de manos que se mueven con habilidad y precisión. Acaban en uñas aguileñas, larguísimas y de color fucsia, no son postizas, se nota que crecen desde la carne de esas manos regordetas, blancas y bien hidratadas que se afanan con una labor de aguja, es un cuellito de lana multicolor. Las manos de la pasajera me llevan a las manitas de cerdo, las que solían exhibirse en las carnicerías sobre platos de metal, mi madre las servía con ajo y perejil picados. Y esa relación caníbal de mi pensamiento se encadena con las uñas lacadas en rojo de mi abuela que, de niña, yo intentaba morder; mi abuela, ante mi gesto, apartaba mi carita con la mano que tenía libre, y no me decía nada, como si mi intención no tuviera ninguna importancia.

Karlskrona

Amanece en Karlskrona, y a pesar del calor seco y sofocante de la habitación donde paso estos días, sé que afuera hará frio. Los 8 o 9 º C de temperatura, que unos números insistentes señalan sobre la pared de un edificio, indican que el frío no es intenso, pero sé que el viento hará que nosotros, peatones, caminemos ajustándonos cuellos y bufandas. No hay nieve, invierno eran los de antes, me dicen, cuando para salir de casa teníamos que hacerlo provistos de una pala para hacernos camino. La práctica del verso de Machado: caminante no hay camino, se hacía cotidiano. Silenciosa Karlskrona, de acento lánguido y palabras entrecortadas y suspirosas. Cantan mucho cuando hablan estos suecos de Blekinge, tanto que el intentar imitar el sonido de sus palabras es un difícil ejercicio de rítmica sincopada y de muecas con los labios. Pronunciar sus vocales para que suenen inteligibles al chófer del autobús, cuando pido un billete hasta Öljersjö, necesita de largo entreno previo.

Karlskrona desde la ventana de la habitación
En la Landsvägrg está el local de la Cruz Roja, Röda Korset, en cuyo umbral yace una estrella de bronce con una de sus puntas heridas por las pisadas del uso, donde se inscribe el nombre de lo que en un tiempo fuera una hamburguesería. Ahora el local es sede de los despojos de las casas que se desmontan y donde se puede adquirir todo lo que dejan los muertos tras de sí, o de los vivos que deciden nuevos rumbos y se deshacen de los objetos que ya no desean. Allí paso largas horas, miro bordados en punto de cruz, cortinas o manteles delicadamente decorados con los colores de la región de Blekinge: rosa y azul, para flores y cenefas; tapices con temas populares, cañamazos de lino, vestidos muy usados y muy lavados cuelgan lacios, muebles, artefactos eléctricos, lámparas. Biblias o misales lujosamente encuadernados y con el nombre del o la propietaria en la primera página. Un nombre escrito con pluma y tinta, y ese tipo de letra antigua, de los que han aprendido caligrafía o de quienes apenas saben escribir, letras que ya nadie tiene. A veces, a ese primer nombre se suceden otros, de caligrafía diferente, más instruida. Así, aquellos libros religiosos se amontonan en uno de los estantes del local. Me tienta la idea de comprar algún ejemplar, sobre todo me atraen esos que contienen largas listas de nombres y fechas de nacimientos y muertes que ocurrieron en el siglo XIX y atravesaron el XX, para después perderse en el olvido, y que explica la historia de una familia que, de pronto, dejó de tener herederos para su fe. Pero me digo que excederían el peso permitido para mi equipaje, y, además, qué haría con ellos, si no sé ni leer en sueco. Y después de acariciarlos, los devuelvo a su rincón: Y herida como un sable de remate ves llorar la Biblia contra un calefón, como decía Discépolo. Siglo XXI.... sigue siendo Cambalache.


Unos metros antes de llegar al local de la Cruz Roja, en esa misma calle (una de las más desoladas de Karlskrona), hay una peluquería, y al lado, un local que exhibe objetos de arte y artesanía “realizados a mano”, como puede leerse en letras escritas sobre el cristal del escaparate. Es una incógnita la persistencia (sobrevive desde hace años) de un comercio de estas características, donde se vende lo que a pocos pasos se paga veinte veces menos. Porque lo que allí ofrecen es lo mismo que podemos encontrar en la Cruz Roja. Al menos, es lo que adivino si me valgo de lo que se exhibe en el escaparate, cuyo contenido permanece inalterado desde hace cerca de 4 años. Allí, el tiempo va dejando apenas una huella sutil, es la de la luz solar que va destiñendo el paisaje que se yergue sobre todos los demás objetos amontonados. Se trata de un grabado, a color, de un artista de la región, informa una etiqueta, donde se agrega el precio: 3000 coronas (unos 300 €). A sus pies, un rey sapo coronado, de cerámica, ríe de la pretensión y lo acompaña otro sapo, ¿jefe de su guardia real?, más grande y que aprisiona un arma larga entre sus brazos; el Buda de porcelana gris ya no ríe, sino que se parte de risa, y su enorme barriga tiembla en la carcajada. Otro cuadro, este pintado al óleo con mucho azul, quizás una marina malograda, se ofrece a un precio extraordinario… Intento mirar hacia el interior de la tienda, pero dentro nunca hay luz. Sobre la puerta, una nota escrita a mano informa a los interesados dirigirse a la peluquería de al lado. 
HERR FRISÖR (peluquería de caballeros). La peluquería y el peluquero tienen sus rituales y su estricto horario, de 9 a 16 hs., siendo que de 12.30 a 13.30 cierra por LUNCH. Todos los días laborables el peluquero, un anciano muy alto, aunque sus muchos años le hayan encorvado la espalda, planta, sobre el frente de la peluquería, el palo de madera que sostiene la bandera sueca. Aquella es la señal de su presencia en el local. Y, puntualmente, a las 4 de la tarde, recoge la bandera. Creo que sólo una vez le vi atender a un cliente (o quizás haya sido sólo un sueño). Permanece allí, sentado en un sillón, el cuerpo inclinado, los brazos apoyados sobre las piernas, apenas adivino su gesto en la oscuridad del interior del local. ¿Qué piensa mientras deja pasar las horas ? ¿Qué piensa el peluquero y comerciante de antigüedades? ¿Cree aún que el negocio puede remontar, algún día?


El local de los objetos “hechos a mano” es un anexo a su profesión principal, la de peluquero, puesto que es en la peluquería donde pasa todas las horas laborables. ¿Cómo se le ocurrió abrir ese otro local? ¿Es él mismo quien realiza alguna de las obras que exhibe? ¿Es un lugar donde amontona lo que va encontrando, o donde viejos artistas locales depositan sus obras, con la misma esperanza de que alguien aprecie lo que ofrecen? Imagino para él una soledad de viudo o divorciado, de desayuno en una cocina atestada de objetos y escasa de comestibles, sorbiendo el café con mucho ruido, como suelen hacerlo los suecos campesinos, y untando con gruesos trozos de mantequilla una rebanada de pan oscuro. Con su andar encorvado va hacia la puerta, antes de abrirla se calza las botas y el abrigo que cuelgan de un perchero oscuro de madera. Y sale a la calle, como todos los días, va hacia su peluquería donde lo espera la bandera que debe hacer ondear para explicar, a todo el que pasa, que aún resiste .

En este, mi último viaje, encontré la peluquería cerrada. En la puerta había una pequeña nota escrita con letra temblorosa y envejecida, en ella se anunciaba que la peluquería permanecería cerrada hasta el jueves, y firmaba con su nombre: Hans. Pensé que quizás Hans ya no volvería, que, tal como denotaba su escritura, estaba ya muy viejo y el temblor era un síntoma de alguna enfermedad que lo habría llevado al hospital. Pero no, el peluquero estaba allí el jueves anunciado, y sentí un cierto alivio al verlo, porque con su presencia continuaba mi propio tiempo en aquella ciudad. Mi madre seguía viva, Hans volvía a la peluquería, el local de la Cruz Roja estaba en el mismo lugar y la pintura continuaba destiñéndose en el escaparate. Y yo, yendo y viniendo por aquella callecita gris de Karlskrona, con un único árbol que la precede, de ancho tronco y de melena greñuda, como leñosa Lady Godiva. ¿Hasta cuándo? Es todo tan frágil, como la salud de Hans.

domingo, 5 de marzo de 2017

Presentación de "La calle olvidada. Sant Antoni de Pàdua, en el distrito V"

El sábado 11 de marzo a las 12:00 horas se presenta mi libro en el Ágora Juan Andrés Benítez: La calle olvidada. Sant Antoni de Pàdua en el Distrito V. Ediciones de EL LOKAL. En la calle Riereta y Aurora de El Raval, un lugar recuperado por los vecinos y okupado en memoria de Juan Andrés, el mejor espacio para hablar del sentido de la memoria y el patrimonio histórico de un barrio obrero y de sus habitantes que, a fuerza de especulación inmobiliaria y gentrificación lo van, poco a poco, borrando del paisaje ciudadano.

Los esperamos.


lunes, 20 de febrero de 2017

Granada. Entre el cardo en la ventana y la casa del aire

Elsa Plaza

Buscaba un caballito dibujado sobre un muro  del Palacio de Carlos V, en Granada. Lo recordaba  inciso en la piedra, un poco más arriba de la altura de mi mirada. Di dos vueltas a la construcción circular.  Sí, era un caballito con una montura dibujada a rombos, y que imaginé  allí desde el tiempo en que aquel lugar  -especie de plaza de toros rodeado de puertas  que ahora se abren a salas de exposiciones-,  era solo un edificio abandonado donde campearía un caballo como aquel, cuya silueta, apenas esbozada, había perdurado por voluntad de un artista anónimo.  

Pero esta vez no lo encontraba, y después de recorrer las dos plantas del palacio del emperador desistí pensando que, por alguna extraña circunstancia, se había borrado o estaba en otro lugar del que yo recordaba. Ya se sabe, la memoria es inventiva y asevera cosas que adorna y recupera en tiempos y espacios que, a veces, equivoca. Buscaba un grafito casi invisible para quien no lo hubiera descubierto antes, por azar. Marca dejada por el instante en el que alguien, lejano en el tiempo, se había entretenido en aquel rincón a transformar la pasividad de la mirada  en la voluntad de una acción: el dibujo. Un gesto pequeño, que otorga un poco de humana esperanza a ese enorme edifico de piedra, acabado 400 años después de iniciada su construcción. Un sueño de 400 años que, entre  blasones y frisos de mármol, intentara inmortalizar la existencia de Carlos V, emperador. Quien, empequeñecido ante el deslumbramiento producido por la inmensa belleza de la Alhambra, sólo atinara a balbucear, escupiendo toscos muros de piedra en medio de aquel paraíso. Muros en honor a sí mismo y a la magnificencia de lo que creyó parte de sus inconmensurables propiedades. Porque esto es lo que da a pensar la rotundidad con la que se alza el palacio que lleva su nombre, y que intenta competir con la delicadeza de las construcciones moras, con sus  jardines otoñales surcados por fuentes que murmuran secretos al paseante, mientras, la luz juega atravesando el bordado que dibujan ramas y hojas contra el cielo del atardecer estremecido por el aleteo de los pájaros. El tiempo se encarga de debilitar la vanidad del poder ganado por la fuerza.  


Fracasada la búsqueda del caballito, entré al Museo de Bellas Artes instalado en el palacio imperial. Fue en el año 1958 cuando, coincidiendo con el V centenario del fallecimiento de Carlos V, el edificio fue, al fin, acabado y recuperado para museo. Francisco Franco se desplazó hacia allí para para la inauguración. Un acto más en la reafirmación de su siniestra fantasía que lo hacía custodio y heredero de aquel imperio colonial, conquistado también a sangre y fuego por el emperador y sus ancestros: Fernando e Isabel, tan católicos ellos. Pero 1958 no solo fue el aniversario del emperador, sino también otro año más para cientos de familias andaluzas que abandonaban sus hogares, agarrados a maletas de cartón, llenando trenes hacia otras tierras, en busca de un futuro negado por la miseria impuesta por aquellos vetustos dueños de todo, y  a los que el gran caudillo del siglo XX afirmó en sus posesiones. Pero el museo, los museos como ese, como casi todos, intentan explicar sólo una parte de la historia de sus muros, y de lo que allí contienen. La otra, la que corre paralela, está también allí, solo hay que acostumbrar la mirada a ella, y entonces el relato empieza a fluir. 

Degollados, crucificados, flagelados, la carne tan eludida y tan presente de los cuerpos sistemáticamente torturados, el dolor que hace santos. La pintura española del siglo XVI, contemporánea al emperador. Los gestos desencajados de los verdugos y la mirada vuelta al cielo de las víctimas,  quienes no se rebelan ante el dolor sino que se someten a él. Una lección para el espectador: el sometimiento a la crueldad tendrá la recompensa en un más allá celeste. La lección se repite, toda una legión de artistas encargados de explicar historias de final espeluznante, que recrean con sabia destreza. En el espacio limitado por la tela o la tabla, las  diferentes escenas que componen el relato coexisten en un tiempo único, el nuestro, que contempla desde el ahora la eternidad de sus vidas. Las escenas ocurren en planos secundarios y perdidas entre el paisaje que sirve de fondo al tema principal: la apoteosis final de la santidad.

Voy avanzando en el recorrido de las salas hasta que me detengo, atraída inexplicablemente por la naturaleza muerta más ¿extraña?, ¿misteriosa? Sugerente. Sí, sugerente de algo que no atino a saber qué es. Fray Sánchez Cotán, cartujo y artista pintor, es el autor de esta obra. Un ejercicio de austeridad. Dicen que alude al ayuno de la Cuaresma. Tres zanahorias violáceas y macilentas  olvidadas sobre un marco de ventana y, a nuestra derecha, iluminado con los tonos de un sol granadino, formando una curva ascendente sobre la vertical del marco, un cardo simple, despojado de sus hojas y  listo para ser hervido. Pero la mirada insistente descubre que la curva es un juego, y que viene marcada desde la base de una cuarta zanahoria, diferente de las otras, más gruesa y acabada en punta afilada que, como un dedo índice, señala un más allá que penetra la oscuridad del fondo. ¿Una puerta que se abre al tiempo, distraído de la memoria del pintor? Pero, si es así, es también el tiempo de éste, el del artista, el que fluye hacia la iridiscencia con la que destaca los tallos del cardo surcado por nervaduras a modo de canales perfectos, donde el ojo salta para detenerse sobre unos, apenas, ensayos de hojas -sutiles alas  de mariposas enanas- heridas por las espinillas que recorren los bordes de las pencas   sustanciosas. Ofrecimiento de la madre tierra, de cuyo recuerdo apenas le queda el borrón terroso que marca la ausencia de la raíz, extirpada por el corte de un cuchillo afilado. Un austero bodegón sobre un fondo absolutamente oscuro e uniforme -como si desde el siglo XX  Casimir Malevitch le hubiese alcanzado a Sánchez Cotán una de sus telas, para que sobre ella pintara otra obra. Quizá, aquello que nos señala el dedo-zanahoria del bodegón es el futuro de la pintura, el silencio, la supremacía de la sensibilidad pura. Quizá, también, un deseo del monje. Como el caballito del muro, el misterioso bodegón, pintado hace más de 400 años, se ofrece generoso a la contemplación, brotando desde el marco que recorta  la escena. 


Juan Sánchez Cotán: Bodegón del Cardo. Museo de Bellas Artes de Granada (fuente: Wikpedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_S%C3%A1nchez_Cot%C3%A1n#/media/File:MBAGR-bodegoncardo.jpg)

 

Mi intención es visitar la cartuja de Granada, quiero conocer algo más de la vida de fray Sánchez Cotán. Aunque sé que la Granda de hoy con los turistas que invaden las aceras montados sobre extraños artefactos de dos ruedas y con la antigua vega que la circundaba cubierta de cemento, nada tiene que ver con aquel paisaje bucólico que, desde las alturas cartujanas, inspiraba el silencio y la soledad de los monjes. Entro antes a una librería, Bakakai, obligado lugar de paso de mi aventura granadina. Está sobre la calle que lleva, como tantas otras en Granada, un nombre curioso: Tendillas de Santa Paula. Allí me explican no solo cómo llegar caminando hasta la Cartuja, recto desde la puerta de Elvira, sino también me muestran, flotando como una casa encantada desde las alturas del Albaicín, “la casa del aire”. Otra historia de varios años de resistencia recogida en un libro que compro, porque de eso se trata mi paseo: un desvío del camino obligado. 

"Casa del aire". Imagen tomada en préstamo del blog Subcultura en Granada

 

De las paredes del antiguo refectorio, en la Cartuja, cuelgan varias pinturas de un Sánchez Cotán totalmente ajeno al bodegón del cardo. Atormentado repertorio de muertes horrendas, representadas con tal ausencia de dramatismo que me recuerdan las cubiertas de los folletines policiales de comienzos del siglo XX. Monjes con un hacha incrustada en la cabeza, el pecho  atravesado  por una lanza, un fusil en la mano y un agujero de bala en el corazón... Impávidos persisten en su obcecada santidad, se exhiben como víctimas gozosas del hereje. Viendo aquella serie se entiende la necesidad de escapar hacia el éxtasis del cardo y la zanahoria.

Fragmento de una de las pinturas del refectorio de La Cartuja de Granada

 

Y otra vez rehago el camino hacia el Museo de Arte de Granada. Dejo atrás la Plaza Nueva y sus músicos y artistas ambulantes, quienes, a pesar de las estrictas ordenanzas municipales, calcadas a las de Barcelona, se arriesgan ofreciendo su arte al paseante. Una especie de tolerancia reina por allí y en sus alrededores, mantenida, quizá, porque la fuerza del desorden público ha entendido que Granada, sin músicos en la calle, acabaría herida de muerte. Subo la Cuesta de Gomerez donde aún subsisten algunas pocas tiendas de artesanos, recuerdo de lo que fuera, durante siglos, la actividad que hacía de aquella calle una de las más concurridas de Granada. Solo uno mantiene abierto al público un taller donde ensambla pequeños trocitos de madera esmaltada con los que decora cajas y mesas, el tradicional trabajo de taracea. Más arriba, dos o tres fabricantes de guitarras, entre ellos la esperanza de uno muy joven, recién instalado, un sirio que ama el flamenco. Aunque, como malas hierbas, se multiplican las tiendas de souvenirs, iguales a las de todas las ciudades españolas, pero aquí el tema de los imanes para nevera son los azulejos de la Alhambra y las flamencas con trajes de lunares; también están los locales donde alquilan estrafalarios andadores para intrépidos y  jóvenes turistas. Al final de la calle, la puerta triunfal, ordenada por Carlos V, tan acorde en estilo al palacio que alberga el museo de Bellas Artes, hacia donde regreso. Necesito, una vez más, sentarme ante el austero bodegón, después de haber conocido al otro Sánchez Cotan. El que relata la serial killer cartujana.

Pero antes de entrar a las salas del museo insisto en la búsqueda del caballito representado en los muros del Palacio. Y esta vez lo encuentro: no estaba inciso en la piedra, sino dibujado con grafito, y mucho menos visible de como yo lo recordaba. Lo fotografío e intento imaginar a quien lo dibujó. En la época, la familiaridad con los animales se trasladaba a la gracia con la que se reproducían. Llama la atención la montura, quizás un tejido de lana con dibujos de rombos; y sobre ella, un caballero fantasmal, sugerido por unas líneas desvaídas por el tiempo.

Caballito dibujado en uno de los muros del Palacio de Carlos V

Feliz con el encuentro que guardo en la la cámara de fotos, subo hacia la primera planta, donde me espera el misterio del cardo y las zanahorias. Pero no estoy sola en la sala: sobre uno de los bancos que miran hacia las pinturas flamencas, yace dormida una jovencita. Me siento, dándole la espalda, a contemplar mi cuadro. Al poco tiempo la durmiente se mueve, deja el banco y llega hasta mi lado. Lleva el pelo partido al medio en dos trenzas rubias y los labios pintados con carmín oscuro, una Margarita del Fausto de Murnau. Se sienta y me acompaña en la contemplación del bodegón con cardo. Estoy a punto de decirle algo... aunque sé que no me entendería, no habla español, de eso estoy segura... mientras dudo, se pone de pié y se aleja hacia otra sala.   

Sala del Museo de Bellas Artes de Granada. En primer plano, joven dormida; al fondo, el Bodegón del cardo

 

En la sala contigua vuelvo a encontrar a Margarita que repasa, distraída, la obra que Marià Fortuny realizó durante su estadía en la Alhambra (1870-1872). Y yo, que llevo su imagen robada  en mi cámara, junto a la del caballito, sigo, como si me fuera totalmente indiferente. Ignora que formará parte de mi paseo por Granada, como Sánchez Cotán, la zanahoria y el cardo, la “Casa del aire” y la librería anarquista. 

Fotograma del Fausto de Murnau donde aparece Margarita
De las obras de los pintores prefiero siempre sus cuadernos de apuntes. En los de Fortuny, los tomados en las calles del Albaicín, el trazo nervioso que traduce en un instante, el estupor ante la simple belleza de la arquitectura popular, o la gracia de unos cuerpos atrapados en el gesto cotidiano. Otra vez la inmediatez del dibujo, la cercanía entre el artista y quien lo contempla, está en esos apuntes.

Regreso cuesta abajo. Al bullicio de los bares y las tiendas iguales, con los turistas que compran, ávidos de llevarse lo que nunca hallarán a la venta. Granada resiste en los ángulos de lo que solo puede verse si miramos hacia otro lado.      

viernes, 30 de septiembre de 2016

Las tristes pianistas de la línea amarilla

Elsa Plaza
Tocan a Chopin, serias, nunca sonríen, con sus pianos eléctricos y el amplificador a un lado. Ahora son dos, que se turnan. Son tan parecidas, aunque hubo una primera con un teclado muy sencillo que ocultaba, con su sonido de plástico, la habilidad que demostró con el nuevo. Ya no se acompaña con el chimpúm de fondo que utilizaba antes y desmerecía la ejecución. Suenan las teclas en un solo virtuoso, que surge de la suave caricia, casi vuelo, sobre la sonrisa amarga que imitan las teclas, a modo de compensación del hieratismo de las ejecutantes. Vestidas con la austeridad de una portera de monasterio, sus caras redondas y muy blancas, enmarcadas por el cabello castaño que recogen, pulcras, en un rodete que llevan hacia la nuca. No miran a los viajeros que pasan a su lado, y nunca he visto a nadie que se detenga a escucharlas, ni que hable con ellas. A ellas tampoco se las ve dispuestas a decir nada. Concentradas en el devenir de sus manos y, quizás, en la música con la que rocían el pasillo del metro. Aquel que comunica, en la estación Maragall, el sofocante andén de la línea amarilla con el más vital de la línea azul. Allí, un mendigo, como escapado de una pintura de Brueghel, se acoda contra una muleta de madera y extiende un vaso de cartón ante los viajeros que pasan de prisa para no perder el metro, que abre sus puertas para tragarlos y desparecer.

Pero las pianistas son ajenas al ritmo de ese tiempo subterráneo marcado por el minutero que anuncia la entrada de los trenes. ¿En qué piensan las pianistas de la línea amarilla del metro? Como diseñadas para vivir esos únicos momentos en los que aparecen con sus carritos de la compra, donde transportan su arte. Para luego, parsimoniosas, instalarse en su espacio reservado para usos musicales que el transporte metropolitano de Barcelona ha diseñado para tal fin. Extraen del carro, en orden minucioso, cada uno de los artefactos necesarios para convertirse en las pianistas del metro. Sobre el mínimo banquito, que previamente han desplegado, acomodan prolijamente sus faldas antes de sentarse -nunca llevan pantalones-, y ocupar su lugar detrás del piano. Con la espalda perfectamente erguida, tocan a Chopin, a Schumann, siempre los románticos, pero sin cerrar los ojos, ni elevar las manos con gestos expresivos, como suelen hacer otros pianistas.
¿Qué hay antes de esos momentos, o después de ellos, cuando regresan por donde llegaron? ¿Hacia dónde regresan? Tan transparentes de aspecto y tan compactas en su pasado o su futuro. ¿Son dos (o tres)? Las puedo evocar, vestidas de invierno, bajando por una calle de Bucarest cubierta de nieve, camino del conservatorio de música. De eso hace ya tanto tiempo que la imagen, en sus mentes, quedó casi borrada. Quizás es ese mismo pasado, que ellas sienten tan lejano, el que las hace tan solo presentes allí, en ese rincón del metro contra la pared de azulejos. Sin una sonrisa, sin más sueños que el que les presta un nocturno de Chopin.
Pero hubo una excepción. Hace un tiempo, una de las dos (o tres), quizás la mayor de ellas, la más transparente de todas, esbozó un gesto, una sonrisa, a un perro enorme que llevaba atado el segurata del metro. Le sonrió, fijando su mirada al hocico que el perro tenía encerrado detrás de una especie de jaula. Inclinó su cara ante él y sus labios se alzaron hacia las comisuras. Y el perro le sostuvo la mirada; sus ojos entristecidos de animal atado parecieron querer comunicarle algo.

Luego de unos días, volví a interceptar otro gesto cómplice entre ellos. Cuando el perro pasó a su lado, prisionero de la tensa correa que retenía su amo, ella extendió el pié por debajo del piano eléctrico y rozó suavemente su barriga. El animal entonces exhaló un leve gemido, apenas audible. Y en sus ojos perrunos se adivinó la intensidad de un afecto que acababa de nacer. Entonces ella atacó un allegretto, mientras el perro continuaba su camino, bien sujeto a la correa, pero esta vez iba agitando, acompasadamente, su cola.
Foto: Carlos Barajas
No me cabe duda de las señales que se fueron intercambiando durante días, o quizás meses. Hasta que llegó el momento en el que al pasar junto a la pianista, creo la mayor de todas, el perro se quedó plantado. La miraba de frente; su amo quiso seguir el camino hacia la escalera mecánica y estiró de la cuerda, pero fue inútil. Ella entonces comenzó a tocar haciendo, por primera vez, muchos gestos. Levantaba los codos, cerraba los ojos y acentuaba exageradamente los acordes.
Y el segurata estiraba al mismo ritmo la cuerda, hasta que se dejó vencer por un conmovedor vals triste. Y lo vi seguir solo su camino hacia la escalera mecánica, con una lágrima rodando por sus mejillas y la correa del perro entre sus manos. Entonces vi a la pianista, por primera vez, dejar el marco de la pared de azulejos, donde se recortaba su figura erguida de pianista y, acercándose al perro echado a sus lado, abrir la especie de jaula que le mantenía encerrado el hocico.

Barcelona / Armilla septiembre, 2016

lunes, 25 de enero de 2016

Los sentimentales paseos urbanos

Los situacionistas habían apodado teoría de la deriva a aquello que se presentaba como un paseo por ambientes diversos, reconociendo en ellos los efectos psicogeográficos que ejerce el paisaje sobre los individuos y que, según la propuesta de Deborde, debería tener por resultado un comportamiento “lúdico constructivo”. La propuesta de aplicación de esta teoría era también la de poner al descubierto los hábitos que marcan nuestros recorridos urbanos y las fronteras invisibles, pero determinantes, que delimitan estos caminos habituales. Fronteras cargadas de prejuicios, ignorancias, prohibiciones, relatos anteriores y visiones erradas y/o heredadas acerca de los espacios que excluimos. La puesta en práctica de la teoría de la deriva proponía otra mirada, la disminución de esos márgenes fronterizos más o menos grandes hasta su completa supresión.

Esta actitud no es novedosa, ni lo era entonces cuando la enuncian a finales de los años 50 del siglo XX. Ya estaba implícita en Les Passages de Paris (1935), de Benjamin, y en Le Paysan de Paris (1926), que se supone inspiró a Benjamin, del poeta Louis Aragon. O en el mismo Breton, con Nadja y L’amour fou. Obras que hacen de los anónimos rincones de la ciudad lugares significantes por la experiencia vital que en ellos acontece. Así, Breton, Benjamin y Aragon fueron discípulos destacados de la flânerie, tal cual la describía el admirado Baudelaire*.

En varios artículos y ensayos aparecidos en estos últimos años se citan lo que hoy se ha dado en denominar como “cartografía emocional”, algo muy semejante a la propuesta de los situacionistas y a toda la genealogía que les precedió y que acabamos de citar. En uno de estos artículos se cita un estudio científico aparecido en el Proceding of the National Academy of Science. Este habría puesto en evidencia que la gente que transita por barrios más ricos es más feliz, y en los más pobres se siente más insatisfecha (¡!). Relacionando esta experiencia con la propuesta del artista y diseñador Christian Nold:

En su proyecto Emotion Map, los participantes de 25 ciudades exploran su barrio con un dispositivo que registra GSR, la denominada “respuesta galvánica” de la piel, un indicador de la respuesta emocional en relación con la localización geográfica (...)La cartografía emocional responde a uno de los últimos ejemplos de cómo utilizar los sensores que miden nuestras respuestas fisiológicas. Pese a que el proyecto de Nold se inscribe dentro de la experimentación, los resultados son sorprendentes: el 75% de los participantes expresaron una confusión entre sujeto y objeto, entre cuerpo y espacio, que Nold interpretaba como una nueva lectura sobre el entorno. (Lucía Lijtmaer, El Diario.es 29/1/2015)

La autora de la nota, haciendo mención de las implicaciones políticas de la cartografía emocional, pone el ejemplo del alcalde de una población que, sometido al experimento, había registrado un alto nivel emocional paseando por uno de los barrios más degradados. Lugar, precisamente, donde el alcalde había pasado su infancia. Como resultado de este paseo, y en la posterior puesta en común de la experiencia, prometió ocuparse de ese barrio (¡el efecto nos deja sin palabras!).

Continúa el artículo extendiéndose en la importancia para las smarts cities (red de ciudades inteligentes, de la cual Barcelona forma parte) de la aplicación de estos parámetros emocionales. En la ciudad de Heildeberg, por ejemplo, un estudio semejante demostró la relación entre estrés, entorno urbano y enfermedad mental. Este trabajo había tomado como base los datos de un estudio realizado en Londres según el cual, en el período comprendido entre 1963 y 1997, el número de enfermos mentales había crecido exponencialmente y sin relación al crecimiento de la población. Los primeros resultados son concluyentes: los habitantes que viven en ciudades sufren un estrés mucho mayor.

La periodista concluye que en la ciudad de Heilderberg :

La simbiosis entre tecnología contemporánea y cartografía está resultando providencial [la negrita es mía]. [Ya que] a partir de un mapa de alta resolución de su ciudad y un dispositivo móvil [se] permite realizar un seguimiento de las personas mientras caminan y trabajan. […] el siguiente reto es comprobar cómo cada zona [geográfica por la que se atraviesa] afecta al cerebro […] y al instante les pregunta acerca de su estado de ánimo o les envía una prueba cognitiva […]

Continúa el artículo mencionando las posibles ventajas de la aplicación de los datos obtenidos. Entre ellas estaría la de medir el agravamiento de tendencias esquizofrénicas derivadas del tránsito por determinadas zonas “urbanizadas espectacularmente”. También se recoge la utilidad de estos datos para predecir comportamientos de “masa”: comportamientos ante posibles catástrofes o diversos problemas derivados de la masificación de las ciudades. Aunque se alerta también acerca de una mala instrumentalización de estos datos, con la posibilidad de que empresas privadas los obtengan y la señalización y control de determinados colectivos.

Tanta tecnología da por resultado lo que todo el mundo sabe: la experiencia de las personas sensibles ante la depredación mercantilista y neoliberal de las ciudades, tal como lo hemos ido remarcando, podrían expresar, y expresan, un conocimiento semejante al que se desprende de estos trabajos. Donde lo que más llama la atención de todos estas “nuevas experiencias” es la manipulación de algo ya tan conocido como la flânerie (o la deriva urbana), encerrada en una prótesis tecnológica que la convierte en instrumento para implementar una planificación más “eficiente” de nuestras ciudades.

La manera de entender la ciudad que se desprendía de la deriva situacionista no contaba con esta domesticación. ¿Qué pensarían Deborde, Breton, Aragon, la misma Nadja, de la planificación eficiente que inspirarían sus paseos sin rumbo? “Eficiencia”, término que me remite irremediablemente a la economía liberal donde designa la relación entre el valor del producto y de los recursos utilizados para producirlo. Una vez más, aquello que servía para explicar nuestra Utopía, nuestra Revolución, sufre un desvío y se implanta como discurso desde el poder. La ciudad como discurso emocional, la ciudad como escenario de nuestros amores y nuestras reivindicaciones, la ciudad como espacio de intercambio de experiencias y superposición de rasgos culturales, se pierde. Y se pretende sintetizar en unos gráficos obtenidos por sensores que, probablemente, lo vaciarán de todo el contenido revolucionario. La tecnología amansa el discurso que, una vez más, nos lo devuelve desde los lugares de poder: científico, tecnológico al servicio de la planificación urbana “eficiente” (neoliberal). ¿Cómo sacudirnos la necesaria mirada pragmática que se impone hasta en el arte? ¡Qué festín para quienes ven en los seres humanos simples mercancías o futuros nuevos consumidores!

Aquello que nos construye como seres humanos, aquello que determina nuestro ser en el mundo es, entre otras cosas, la emoción frente al reconocimiento de ese algo que fue parte de nuestra vida y que habíamos ”olvidado”, como por ejemplo -y tal como se explica en el artículo que estamos comentando-, el rincón de un barrio pauperizado donde pasamos nuestra infancia. Esa es la llama que incita y justificará nuestro compromiso social.

Y es también aquello que explica, por ejemplo, la extensa novela En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Aunque Proust siempre ha sido concebido como un autor exquisito centrado en la descripción de su experiencia sensual, inspirada en los salones elegantes de París. Pero su obra, más allá del espacio donde se despliega su mirada, es la descripción de un aprendizaje, precisamente en esa otra forma de mirar que conlleva en ella misma el germen de la rebeldía. Pues es la instauración de una mirada lenta, y por tanto que se cuestiona y que se abre a ese tiempo diverso. Hacia el pasado como fuente de aprendizaje en los pequeños momentos, recuperados de las escenas cotidianos. Obra donde el autor busca, y al final encuentra en los espacios de la memoria, la razón de todo arte, y, ¿no es acaso la necesaria utopía una construcción poética del futuro?

Todo esto que ya está cartografiado en nuestras neuronas y en nuestro cerebro, sólo hace falta llamarlos adecuadamente para que se manifieste. Y todo ese caudal de energía y sentimientos es lo que se impide aflorar cuando las políticas urbanísticas interesadas desarticulan las memorias individuales, las historias pequeñas, los anónimos, en aras de un Progreso que todo lo “limpia”, lo absorbe y lo cubre de cemento, hasta ahogarnos.


Barrio de La Clota (Barcelona). 2015. Autora: Elsa Plaza.
¿Sólo a través de un dispositivo de última generación se hará visible la destrucción sistemática del paisaje urbano, de las redes de relación y ayuda mutua que ello ha conllevado? ¿De la enajenación que implica el deterioro y la precariedad laboral? ¿De las enfermedades mentales implícitas en los desahucios, concentrados en determinados barrios, de la visión de personas rebuscando en la basura para sobrevivir? ¿Qué persona, básicamente informada, no conoce que el exponencial aumento de las enfermedades mentales en las grandes ciudades está en relación directa con las crisis económicas, con la depredación del paisaje?
Parc de Nou Barris. Autora: Elsa Plaza

La colonización de los sentidos

La utilización eficaz de la cartografía emocional podría así consistir en diseñar reservas (al estilo pi-pi can), donde experimentar la sorpresa del desorden, la emoción de la protesta o del encuentro fortuito como catarsis, como purga para volver al orden. Ciertos jardines del siglo XVIII contaban con espacios expresamente diseñados donde experimentar emociones establecidas en carteles visibles para uso del paseante. Una vez más se utilizaría lo que ya se había usado, pero esta vez con ese sentido de la planificación eficaz.

Edificios desaparecidos en Horta y que conformaban parte de lo que había sido can Fontaner a la derecha se ve la torre del Moro (s. XIV),  la única edificación que dejaron en pie y que hoy se encuentra en estado casi ruinoso. Autora: Elsa Plaza.
La necesidad de controlar todo posible accidente en el espacio se justifica porque esto conlleva también la posibilidad de apertura a una fisura en la linealidad del tiempo. El tiempo donde se asienta la sociedad capitalista y que fundamenta el valor del trabajo. Un tiempo acordado como uniforme e igual para todos y con el cual se miden diferentes formas de transformar la materia o el pensamiento, realizado por diferentes individuos. En este tiempo, que se quiere uniforme, no cabe la mirada lenta, la que conlleva la crítica, la poesía, la protesta, la que hace al tiempo espeso y bien vivido. El tiempo lineal es el de la vida reglada, el que marcan los relojes y sobre el que se relata sólo la historia de los vencedores.

La diversidad en el espacio confiere la posibilidad de aperturas a la convivencia con otros tiempos diversos, no amaestrados en la organización del discurso sobre la ciudad, que se ha ido conformando a través de las diferentes administraciones, siempre representantes de élites de poder.

Un historicismo nunca contestado, una fe ciega en la inexorabilidad del Progreso, ha conducido al maltrato, al desprecio y al deseo de borrar casi todo rincón de la ciudad que, por el clima que allí reina, tuviera un toque de clandestinidad, denuncia y/ o de posible confrontación. Pero las ciudades no sólo son una red de calles, plazas y edificios. Son, tal como lo sugería Guy Deborde, planos interpuestos donde se desarrolla la vida. Pero a este tejido conformado por vida y espacios habitados y transitados lo han querido envolver con la malla de un urbanismo que coloniza el placer y lo mercantiliza hasta en lo más recóndito de los deseos. Intentando no dejar libre ningún espacio para la fantasía que no sea encaminada a la transformación de ésta en una mercancía prediseñada.

(…) la memoria que tan fácilmente se deja corromper, en esta sociedad corrompida por su forma económica y social, encuentra una fisura en la máquina temporal que llamamos tiempo, y en esta pequeñísima fisura que sólo ven los que no cierran los ojos ante lo que llamamos nuestro pasado, se abre por instantes, instantes que son una eternidad, un espacio de libertad que permite a la memora emerger lo que había estado hundido y condenado al olvido (Stefan Gandler).
Lavadero en el barrio de Horta,Can Fontaner, destruido, hace aproximadamente 10 años, para construir la ampliación de la calle Coimbra que no pasaba por allí. Autora: Elsa Plaza
                                

No puedo dejar de remarcar lo evidente: lo que para los hombres es una deseada cualidad, la flânerie -paseo sin rumbo por el paisaje urbano, expectantes de experiencias-, en las mujeres que practican esta cualidad puede revertir en un juicio moral, convirtiéndolas en “busconas”. Esperemos que esta duplicidad de categorías haya hoy quedado totalmente desfasada, y que nuestras flâneries se integren en las poéticas de la ciudad, sin más prejuicios.


miércoles, 29 de abril de 2015

Quan la bossa sona qualsevol mentida és bona

Hace unas semanas, el periodista Domingo Marchena  recogía  en un extenso artículo el desembarco en Barcelona de una "multinacional del ocio líder en el traslado al mundo real de fantasías virtuales y juegos de misterio".  En este caso se trataba de llevar al "mundo real" el regreso de La vampira del Raval.  "Entre la verdad y la leyenda" – se  afirmaba más adelante- los empresarios  "han optado por la leyenda" (La Vanguardia, 11/IV/2015). La noticia da para un ensayo. Ya no sólo es el lenguaje el que crea el mundo, como ha teorizado cierta rama de la filosofía  -y llevaron a su extrema banalización los "coaching" a la moda-, sino que, pareciera que  hoy la realidad virtual amenaza con determinar, como en este caso, "el mundo real".

La construcción de una historia interesada,  al servicio de un público ávido de emociones, no es una novedad. Recomiendo, al respecto,  el magnífico trabajo de Agustín Cólola Gant  sobre la construcción del Barrio Gótico de Barcelona. Quienes nos dedicamos a la investigación histórica sabemos  que la "verdad histórica" es una falacia, y que cada época construye su propia mirada y su propio relato sobre el pasado, tal cual hacemos los individuos con nuestros recuerdos. Nos mueve, una cierta economía del recuerdo que nos ayuda a interpretar mejor lo que nos sucede en nuestro presente. Pero la economía crematística, con la  que se interpreta para el consumo turístico la historia de nuestra Barcelona,  deviene ya caricaturesca. Ejemplo de ello es la política de historia sesgada con la que se monumentaliza ciertos espacios de la ciudad, se conservan paredes vacías  como falsas escenografías de teatro, o se destruye, o desprecia  sistemáticamente,  todo lo que se refiere a la memoria de la clase obrera.

Hemos demostrado el clasismo y la misoginia que tiñó el caso de la llamada Vampira del Raval, las mentiras en las que se basa (recomiendo a los periodistas de La Vanguardia volver a leer, con paciencia, todos los artículos publicados en vuestro propio periódico,  desde marzo de 1912 hasta mayo de 1913). También, yo misma he denunciado el uso fraudulento de las fotografías con las que se ilustran las páginas web dedicadas a la Enriqueta Martín. Las fotografías de las  víctimas infantiles de los bombardeos de Madrid , durante la Guerra Civil; o las fotos de las niñas desaparecidas en  la calle Hilarión Eslava de Madrid , en 1924, son utilizadas , sin ningún escrúpulo,  para dar morbo y "pruebas" al relato de la leyenda del monstruo de Barcelona.

Todo por la pasta,  es el lema de quienes insisten hacer de esta historia de injusticias y explotación un juego para ociosos en busca de emociones. Pero, lo más alarmante es la falta de ética  y el divertido cinismo con el que se acepta el triunfo de la "realidad virtual".

El artículo al que me refiero es éste.

domingo, 5 de abril de 2015

En los ojos de la media jirafa

Anoche, caminando por la calle Provenza con dos amigas, me llamó la atención una jirafa de taxidermista, que se veía a través de los cristales de una tienda de objetos para la decoración de interiores. Pero, lo más extraordinario es que no estaba sola: la mitad de otra jirafa, cabeza y largo cuello acoplados a un pedestal de madera, ocupaba el primer plano del escaparate. ¡Quién querría semejante ornamento! Sólo un palacio, como el que Gonzalo Suárez en Remando al viento concibiera para Lord Byron, podía aceptar una jirafa en el salón, pero nunca a esa pobre reducida a la mitad de su majestuosa figura.


Doblemente macabra, por la ausencia de cuerpo y extremidades, llamaba la atención su mirada congelada de oscuros ojos de vidrio, que parecían dirigirse hacia un punto ignoto y misterioso. La velaba los párpados, donde el taxidermista había ido reconstruyendo unas largas y lacias pestañas. Aquellas pestañas que bordeaban su mirada perdida me trajeron a la memoria la imagen del viejo Ricardo. Quizá, porque siempre veía de él medio cuerpo detrás de la mesa del café que frecuentábamos, y en la conversación me retenían sus grandes ojos ornados de pestañas pinchudas. No dije nada a mis amigas porque ellas no saben quién era el viejo Ricardo, y les hubiera sido incomprensible la extraña asociación. Sorprendida yo misma por aquel recuerdo enterrado, pensé, que a los despojos de aquella desgraciada bestia le había sido otorgada la virtud de atraer recuerdos lejanos, y que sus ojos de cristal, como bolas mágicas, reflejaban escenas del pasado de quienes se detenían en ellos.  

Fotograma de la película Remando al viento de Gonzalo Suárez

El regreso de los que conocimos y sabemos desparecidos para siempre ocurre sin aviso previo. Y suelen llamarnos desde los lugares o desde las cosas menos esperadas, como ocurrió la noche del Jueves Santo. Si bien es cierto que el viejo Ricardo hacía días  que debería andar rondándome, ya que había vuelto a releer El juguete rabioso de Roberto Arlt.

El viejo Ricardo era, él mismo, un personaje que jugaba a encontrar rasgos de los personajes de las novelas de Roberto Arlt en nosotros, los que frecuentábamos el bar de la calle Arenales a la salida de la escuela de Bellas Artes, que en esa época ocupaba un antiguo y estropeado palacete en la calle Cerrito y Juncal de Buenos Aires,  hoy demolido. Nunca supe si a mí me reservaba algún parecido, probablemente ninguno, porque las mujeres de las novelas de Arlt son madres o esposas dolientes, sumisas o avaras y medrosas; o viudas y jovencitas lascivas que sólo pretenden atrapar un marido; también está la variante cocotte de película, que puebla los sueños eróticos del adolescente pobre y solitario. Y yo de todo eso tenía bien poco, en la época era una gordita hippie con Grandes ilusiones, algo que Arlt no concibe para las mujeres, pero sí para todos sus personajes masculinos. Eso que Simone de Beauvoir define como la ”trascendencia”, o el “afán” del que habla Luis Landero en sus Juegos de la edad tardía.

Volviendo a las mujeres de Arlt, ellas siempre están como en el fondo de la escena, en el interior de sus casas, en la oscuridad del zaguán, espiando detrás de las cortinas, o maldiciendo al destino que las condena a estar atadas a un hombre que no quieren. Siempre alguna con algo de mi madre, ejemplos de la feminidad de la época, cultivada en el dolor del fracaso y la impotencia a que las somete su sexo. No desobedecen, se quedan allí esperando que alguien venga a rescatarlas, y siempre se equivocan. Quizás, así fueron las mujeres que Arlt permitió que entraran en su vida; a las otras, las alfonsinas creativas, sensuales y libres con las que compartía la mesa del café, les debe haber temido. Reconozco en Arlt su mirada sesgada hacia el mundo femenino, así eran los hombres de entonces, a los que Alfonsina Storni retrató con precisión en tantos de sus poemas.
  
Alfonsina Storni. Sin datos de autor/a

Como en las letras del tango, todos sus personajes, hombres y mujeres, finalmente comparten la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, son fabricantes de sueños rotos. Pero, al menos, los hombres se permiten imaginar la Justicia social que impondrían a bombazos; la destrucción les abriría el espacio que se les niega y los hace infelices. Son brutos algunos, pero leales en su brutalidad; otros despliegan un alarde de imaginación al servicio de la traición o del asesinato, del invento definitivo que los haga millonarios, o del robo. Como ¡el robo a una biblioteca! que imagina Silvio Astier y sus amigos en El juguete rabioso... Tres chicos, aprendices de chorros, de apenas 13 o 14 años. ¿Alguien puede imaginar, hoy día, a los jóvenes chorizos del barrio planeando robar libros en la biblioteca de la escuela?

El mundo de Arlt era así, y aún, a principios de los años 70 en Buenos Aires, nosotros los jóvenes, inspirados por el afán, reconocíamos la historia de nuestros orígenes en aquellos libros, cuyas páginas revivíamos en los cafés del centro, que frecuentábamos. Porque sabíamos entonces que allí nos era dada la escuela de la vida, con profesores como el viejo Ricardo.   

Café Los Inmortales, en Buenos Aires, años 1920. Sin datos de autor/a
Cuando irrumpíamos en el café, después de clase, el viejo Ricardo ya estaba allí, agarrado a su inseparable vaso de moscatel, la crencha canosa cayendo sobre la frente. La nariz de berenjena, un poco enrojecida, le daba un aire de borrachín impenitente, que no lo era. Aunque sí, quizás, el moscatel surtía en él un cierto efecto de achispamiento que animaba su conversación y las frases y gestos irónicos con los que se dirigía a nosotros: a Paula, a Carlos (Ricardo lo llamaba "el fabricante de angustias" vaya a saber por qué); a Pablo o Jorge (que entonces me parecía de color pomelo Neus, como la bebida que siempre pedía), a Eduardo, a Marcia, a Pietra,  a Roberto y a otros que pasaban por allí: Ricardo L. Félix, Irma... Como aquel chico que acostumbraba a sentarse con nosotros o nos acompañaba en nuestro deambular por la ciudad.  Daniel se presentaba siempre con una cajita metálica para guardar y desinfectar jeringas, de esas que llevaban las enfermeras, en una época donde las jeringas desechables no existían. Faroleaba con su supuesta adicción cuando aún en Buenos Aires la heroína era sólo una fantasía de la que teníamos noticia a través de la lectura de Kerouac o de los poemas de Allen Ginsberg, editados por las ediciones de La Flor. El chico soñaba con ser un jonky de verdad, y no sé si lo logró. Lo cierto es que compartía esta vocación de pincheto con la de predicador. Y según explicaba, asistía regularmente a los oficios religiosos en un templo de los testigos de Jehová. Cuando se sentaba a la mesa del bar, depositaba siempre sobre ella su Biblia, otro de sus atributos, como lo era la cajita metálica que acomodaba, a su vez, sobre el lomo de Libro sagrado. Por esto, nosotros le habíamos apodado Daniel Apocalipsis y el viejo Ricardo lo llamaba El Astrólogo,, nunca supe por qué ) el personaje de Arlt de Los siete locos. Quizá porque el discurso de ese bizarro aprendiz de pastor evangélico versaba, frecuentemente, sobre la inminente llegada del Armagedón, el fin del mundo, y trataba de convencernos de la realidad comprobable del Apocalipsis, que se anunciaba en múltiples hechos que ya estaban aconteciendo por aquellos años. Algo de razón había en su prédica, porque estábamos a un paso de que se instalara en Argentina un nuevo tipo de Armagedón, llamado plan Cóndor, diseñado para toda América latina.

Entre las novelas de Arlt y la vida de Ricardo no había separación, vivía dentro de ellas y sus propias historias exhalaban ese mismo sentimiento de sueños truncados. Bajito y algo encorvado, el viejo Ricardo tenía siempre en los labios una sonrisa condescendiente, supongo que se la dibujábamos nosotros con la inocencia y la curiosidad de nuestra juventud, que la creíamos ya de artistas. Vestía con la corrección de los hombres de su edad, los que trabajaban en oficinas: un saco de muchos años, un pantalón de paño, la camisa clara y la corbata desplanchada y mal anudada. Dirigía a un grupo de limpiadoras que ejercían como tales para algunas de las oficinas de la zona. Nada más supimos de su trabajo, aunque con el tiempo nos llevó a su casa, en la calle Bolivia. Una casa muy vieja y descuidada, con un par o tres de piezas que se abrían a un patio con macetas mustias. Allí convivía con su hermana, una versión femenina de él mismo.

Durante la visita a su casa, Ricardo nos habló de su mujer, había fallecido muchos años atrás. Después de aquella tragedia, él había intentado suicidarse. Eligió arrojarse a las vías del subte. Y yo imaginé el subte de la línea A, la de Plaza de mayo a Primera Junta, un día de invierno, de esos cuando la garúa se mete en los huesos. Nadie puede suicidarse en Buenos Aires cuando los jacarandás están flor en la Avenida de Mayo, o así lo sentía yo entonces. Pero el viejo Ricardo tuvo mala suerte, y le tocó la china de seguir viviendo, porque cuando se iba a lanzar bajo las ruedas del tren que llegaba, otro se le adelantó, y se suicidó en su lugar.  
Metro de Buenos Aires. Sin datos de autor/a
Y el viejo siguió su vida, cumpliendo horario en el bar de la calle Arenales, agarrado al vasito de moscatel, a los libros de Roberto Arlt y, por un tiempo, a nosotros que nos fuimos alejando, cada uno con sus historias. En una de las visitas a su casa vi una foto de su mujer, la contenía un marco, tan viejo como la misma foto, donde apenas se distinguía el rostro de una chica joven que sonreía, peinada al estilo de los años 40. Era la figura de un fantasma que se iba deshaciendo bajo las manchas de humedad que la atacaban. No sé por qué, pensé que la misma enfermedad que la había corroído se empeñaba en prolongarse sobre su imagen retratada.

Quisimos encontrar una novia para el viejo Ricardo, y creímos que podía ser otro de nuestros encuentros fortuitos: Sara Preto, una mujer extraordinaria que con más de 50 años había decidido ser escultora, y lo logró. Pero Ricardo amaba el fantasma de su joven esposa, y Sara a un amante mucho más joven que ella.   

Qué diría el viejo Ricardo si le explicara que, en la relectura de El Juguete rabioso hoy percibo ese mismo ambiente de sucia melancolía, que preside también El Diario de un ladrón de Jean Genet, y algo de su propia vida. ¿Habrá leído Ricardo, alguna vez, a Jean Genet? Sé que la amoralidad del relato de Genet lo hubiera escandalizado y, sobre todo, su elogio a los muslos prietos de los Waffen SS, y el deseo que le despertaba la violencia que imaginaba, tanto en ellos como en los jóvenes y apuestos policías a los que Genet admiraba. La relación de amo y esclavo era un estímulo sexual para el francés. En Arlt hay también mucho de esa pasión por la destrucción, aunque sus sueños eróticos se nutren de un imaginario heterosexual, con un sadismo normativamente dirigido hacia ciertas mujeres.

Pero ahí está el encuentro que el jovencísimo Silvio Astier, de El juguete rabioso, tiene con esa otra manera de sentir la sexualidad. Ocurre en una habitación de pensión, con otro chico que aparenta su misma edad y que pretende seducirlo. La escena es extraña e inquietante, un rechazo de macho ofendido es la primera reacción de Silvio, pero la visión de la piel blanca, recortada entre puntillas, que aquel adolescente exhibe como muestra de su deseada feminidad, confunde a Silvio. El olor nauseabundo que exhalan las ropas, del pretendido seductor, agrega ese punto de abyección que está presente,  también, en los ejercicios amatorios de Genet. Pero Silvio es muy joven y se asusta de esa sexualidad furtiva que acaba de descubrir.

Tanto Arlt, como Genet en el Diario de un ladrón, describen los escenarios de miseria de las primeras décadas del siglo XX y los personajes que los frecuentan. Buenos Aires es la gran ciudad trampa de la que Silvio Astier no puede salir, e imagina la huida a Europa que le devolvería la libertad y lo resarciría de sueños cumplidos. El camino inverso al que hicieron sus padres inmigrantes. Genet se desplaza libremente por esa Europa, de Cádiz a Berlín, haciendo de la abyección una categoría estética y de la traición un placer más, enmarcado en la exaltación de una virilidad donde se juega a ser amo y esclavo...

 Como los adolescentes que se hieren -como aquel Daniel Apocalipsis-, para sentir en el dolor/ placer de su propia carne torturada,  la confirmación de que están vivos, Silvio Astier encontrará en la traición una razón que lo aleja del suicidio. La abyección y la traición que hacen imborrable ciertas escenas de las obras de Arlt son los gestos del hastío, de la rabia frente a las injusticias del mundo, es la metáfora de la bomba anarquista como reconocimiento del final de todos los sueños.

[...] pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia.
-¿Por qué no?...Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un secreto repugnante que me impulsará a averiguar cuál es el origen de mis raíces. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me preguntaré: ¿Por qué fui tan canalla?, y no sabré responderme, y en esta rebusca sentiré como se abren en mí curiosos horizontes espirituales.
[...]
­-¡Ah! canalla...canalla...
-No me importa...y seré hermoso como Judas Iscariote...toda mi vida llevaré una pena...
[...]

[...] ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?
Enrojecido hasta la raíz de cabello, le respondí:
-Es cierto... Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre...y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos.
Roberto Arlt, El juguete rabioso (1926)
                                                    ---
                                     
La idea de traicionar a Armand me inundaba de luz. Lo temía y lo quería demasiado para no desear engañarlo, traicionarlo, robarle. Presentía la desasosegada voluptuosidad que acompaña al sacrilegio. Caso de que fuera Dios (había sabido lo que era ser piadoso) y hubiera puesto en mí su confianza, me resultaría dulce renegar de él.
Jean Genet. Diario de un ladrón (1949)

En la mirada de la media jirafa, ¿estarían también las novelas de Arlt y el relato de Genet? ¡Ah!, si el viejo Ricardo estuviera aún en el bar podría ir a preguntarle.