martes, 4 de marzo de 2014

"Desmontando el caso de la Vampira del Raval": presentación en Granada

Viernes, 7 de marzo a las 19h

Librería Picasso Granada


PRESENTAN


Elsa Plaza


Enriqueta Martí, "La Vampira del Raval", es la protagonista de una de las leyendas urbanas que más fama y difusión han tenido en los últimos cien años. Acusada de prostituta, ladrona de niños, asesina, acusada de brujería, proxenetismo y de fabricar ungüentos con las vísceras y huesos de sus pequeñas víctimas destinados a proporcionar la inmortalidad, el caso de Enriqueta conmocionó la Barcelona de 1912.

Esta apasionante investigación descubre cómo esta leyenda oculta la realidad de una cultura patriarcal y capitalista que alimentó y alimenta el maltrato y la explotación laboral y sexual de niños y mujeres. Una trama que recorre los suburbios de la ciudad y llega hasta los pisos y burdeles de la alta burguesía catalana, las calles parisinas y las fábricas de principios de siglo.

“Un trabajo impresionante de búsqueda paciente en archivos y bibliotecas que nos muestra la otra cara de la Barcelona modernista y burguesa.  Las desapariciones de niños y niñas, la prostitución reglamentada, la vida en la cárcel de mujeres de la calle Reina Amalia, los funcionarios corruptos… todo ello gira alrededor del personaje  Enriqueta Martí, y nos da a pensar que la verdad tiene mil caras, y que estas pueden ser siempre fruto de la manipulación.”
Luis Gueilburt (escultor, especialista en arquitectura modernista).

El aspecto que hace distinto Desmontando el caso de La Vampira del Raval a lo publicado sobre el caso es la investigación y la profusa e inédita documentación que acompaña la obra, además de la contextualización y ampliación de datos acerca de los actores que rodean al caso. Se desvela la manera en que determinado lenguaje que se utiliza para extender rumores y prejuicios se conforma en verdades muy difíciles de revertir en el imaginario de las personas, a pesar de que existan pruebas de la tergiversación interesada de datos y sucesos.

Un libro que desafía al lector a adoptar una postura crítica frente a la información que se le ofrece. Una lectura apasionante que desvela la miseria y la manipulación que se esconde tras el mito de LVampira del Raval.

domingo, 23 de febrero de 2014

Se repite la Mesa redonda acerca del ensayo: "El caso Enriqueta Martí. Clasismo y misoginia en la Barcelona modernista"

Si te perdiste la Mesa redonda y presentación del ensayo de Elsa Plaza "El caso de Enriqueta Martí. Clasismo y misoginia en la Barcelona modernista", puedes asistir a la repeticion del evento el próximo viernes.

Surgido a partir de la lectura de toda la documentación obtenida para realizar la novela El cielo bajo los pies, y de la que ha ido acumulando después de aparecida esta novela. Una revisión del caso que convirtió a Enriqueta Martí en la "Mala dona" de Barcelona y el lenguaje que describe el cuerpo y las actividades de las mujeres que viven fuera del orden patriarcal.


Además de Elsa Plaza, en el acto también participarán las psicólogas Graciela Traba, que tratará el mito de Medea, uno de los arquetipos femeninos que operan desde la antigüedad, y Alba Orteu, sobre la solidaridad entre mujeres durante los primeros años del siglo XX, en Barcelona.

La mesa redonda tendrá lugar el viernes 28 de febrero, a las 19 horas, en el Ateneu Barcelonès (carrer Canuda 6, Barcelona).

Más información aquí.

jueves, 20 de febrero de 2014

Presentación de "Jacqueline, o el eco del tiempo"

Dissabte 1 de Març, a les 18:30h, Presentació del llibre:
   Jacqueline, o el eco del tiempo

La nova novel·la d' Elsa Plaza, a càrrec d'Elina Norandi 

llibreria Pròleg, carrer Sant Pere Més Alt 46 (Barcelona)


La novel·la d'una generació, la dels anys 70. L'autora ens condueix des del Xile d'Allende, passant per Barcelona fins a l'hospital de la Salpêtrière de París. Allà, la història comença i acaba, evocant un temps com etern retorn. Inspirada en fets i personatges reals,  és una reflexió sobre la memòria i la bogeria. El text poètic i inquietant, enriquit amb suggerents il·lustracions realitzades per l'autora, té la virtut de continuar al nostre costat un cop acabada la seva lectura   

jueves, 13 de febrero de 2014

Jacqueline o el Eco del tiempo

Elsa Plaza. Mecenix, 2013




Resumen

París, Hospital de la Salpêtrière, a finales del siglo XX. Allí se produce el encuentro de dos mujeres con un pasado común: unos días en el Chile de Allende, en una playa de Antofagasta y en un mundo a punto de desaparecer, barrido por las dictaduras militares. Dictaduras que asolarán el sur de América latina creando esa nueva identidad: los desaparecidos. Ambas mujeres, distantes en sus orígenes y en sus experiencias de vida, y pertenecientes a dos generaciones diferentes, comparten un sentimiento común: el malestar que las lleva a dejar el hogar familiar, la una refugiándose en sus delirios místicos, la otra en el viaje. Inspirada en personajes reales: Hersilie, quien a principios del s. XIX se rebela ante los abusos de que padecen los internos en los manicomios, y Madeleine Le Bouc, la vagabunda que en 1880 es ingresada en el Hospital de la Salpêtrière presa de visiones que la sumen en éxtasis en los que permanece durante días enteros. 
La novela es una reflexión sobre ciertos aspectos de la locura y las experiencias que nos conforman como individuos: los encuentros fortuitos y la solidaridad que surge de ellos; pero también nos plantea la manera en la que conformamos nuestra memoria y el tiempo en el que se suscribe, tiempo como un eterno retorno que se repite en detalles, en formas y en paisajes de los que quedan apenas unos signos dispuestos para que una mirada atenta permita redescubrirlos.

Si quieres comprar el libro clica aquí.

París, Hospital de la Salpêtrière, a la fi del segle XX. Allà es produeix la trobada de dues dones amb un passat comú: uns dies al Xile d'Allende, en una platja d'Antofagasta i en un món a punt de desaparèixer, escombrat per les dictadures militars. Dictadures que assolaran el sud d'Amèrica llatina, creant aquesta nova identitat: els desapareguts. Ambdues dones, distants en els seus orígens i en les seves experiències de vida, i pertanyents a dues generacions diferents, comparteixen un sentiment comú: el malestar que les porta a deixar la llar familiar, una refugiant-se en els seus deliris místics, l'altra en el viatge. Inspirada en personatges reals: Hersilie, qui a principis del s. XIX es rebel·la davant els abusos que pateixen els interns en els manicomis, i Madeleine Le Bouc, la rodamón que en 1880 és ingressada a l'Hospital de la Salpêtrière presa de visions que la sumeixen en èxtasis en els quals roman durant dies sencers. 
La novel·la és una reflexió sobre certs aspectes de la bogeria i les experiències que ens conformen com a individus: les troballes fortuïtes i la solidaritat que en sorgeix; però també ens planteja la manera en què conformem la nostra memòria i el temps en el qual se subscriu, temps com un etern retorn que es repeteix en detalls, en formes i en paisatges dels quals queden, tan sols, uns signes disposats perquè una mirada atenta en permeti el redescobriment.

Si vols comprar el llibre clica aquí.

jueves, 23 de enero de 2014

Mesa redonda y presentación del ensayo: "El caso Enriqueta Martí. Clasismo y misoginia en la Barcelona modernista"

Entre las actividades programadas en la edición de 2014 de Barcelona Negra se celebrará una mesa redonda entorno a la figura de Enriqueta Martí y su papel en el imaginario colectivo de la Barcelona de principios del siglo XX, que ha perdurado hasta la actualidad.

Es el tema central del último ensayo de Elsa Plaza, editado por Icaria, surgido a partir de la lectura de toda la documentación obtenida para realizar la novela El cielo bajo los pies, y de la que ha ido acumulando después de aparecida esta novela. Una revisión del caso que convirtió a Enriqueta Martí en la "Mala dona" de Barcelona y el lenguaje que describe el cuerpo y las actividades de las mujeres que viven fuera del orden patriarcal.


Además de Elsa Plaza, en el acto también participarán las psicólogas Graciela Traba, que tratará el mito de Medea, uno de los arquetipos femeninos que operan desde la antigüedad, y Alba Orteu, sobre la solidaridad entre mujeres durante los primeros años del siglo XX, en Barcelona.

La mesa redonda tendrá lugar el jueves 13 de febrero, a las 19 horas, en el Ateneu Barcelonès (carrer Canuda 6, Barcelona).

Más información aquí.

miércoles, 1 de enero de 2014

Otra vez en La Sagrera: la epifanía de la cuerda y el precinto

Novena epifanía


Tiene las uñas extremadamente largas, al menos las de una mano. Me esfuerzo por ver la otra, que lleva escondida porque los dedos permanecen plegados sosteniendo un rollo de cuerda. Si sólo tiene las uñas largas de una mano, es guitarrista, me digo. Comienza a desenredar la cuerda y juguetea con ella. Puedo ver, entonces, que todas sus uñas son igualmente largas. Va vestido de albañil, o de pintor de paredes. Lleva el pantalón cubierto de salpicaduras de yeso, igual que los zapatos. Ahora extiende uno de los extremos de la cuerda, es nueva. La dobla por la mitad, como si con ella estuviera aprendiendo a medir algo que permanece oculto a la mirada de los que compartimos el andén del metro. Luego comienza a ensayar, pacientemente, un gesto que parece recién aprendido, y que debe repetir para memorizar. Pienso, luego, que está probando un nudo marinero, de esos que aparecen en los cuadritos que adornan las paredes de los pisos turísticos de la costa Brava. Pero la lazada se convierte en un nudo inquietante. Sigo su juego de reojo, intimidada porque lo que ha logrado producir es un nudo corredizo, de cuello muy largo, una exacta réplica de los que veía hacer en las películas de vaqueros cuando se disponían a linchar a un pobre inocente... Llega el metro, el hombre recoge la maleta que tenía a sus pies. ¿Es acaso El Verdugo, una nueva versión del de Berlanga? también Pepe Isbert llevaba una maleta; esta está manchada de yeso, como la ropa de su propietario. Se recuesta contra una de las puertas del vagón y continúa con su tarea. Deshace el nudo corredizo y recomienza. La visera de una gorra de béisbol sombrea la línea de sus ojos. Es bajo y delgaducho, con cara de rubio y nariz respingona. Podría ser también uno de esos personajes secundarios que aparecen en las películas norteamericanas de los años cincuenta: un miembro del Ku Klux Klan, por ejemplo, que en la puerta de una prisión reclama, junto a otros, hacer justicia con sus propias manos... Vuelve a su empresa y una y otra vez. Hace y deshace el nudo corredizo que, luego de cada intento exitoso, contempla con satisfacción. No quiere olvidar la habilidad recién aprendida, eso es evidente. Pasa el puño por el centro del nudo y experimenta el ajuste... Vuelve la imagen de otra película, esta vez es A sangre fría, la que recrea la novela de Truman Capote. La imagen es la de la sombra de la horca que aguarda el cuello de los dos jóvenes asesinos.

¿Qué dios menor, perverso y vengador, juega ocupando el cuerpo de un -¿albañil encofrador?- que regresa a su hogar después de una jornada laboral agotadora? El dios de los nudos. Busco en el Google si existe tal, ya que en La Sagrera se suelen manifestar con asiduidad toda clase de dioses y diosas. Creo, a diferencia de lo que afirma Dalí, que el centro del mundo no está en la estación de Perpignan, sino en la de Sagrera (le venderé la idea al departamento de turismo de la Generalitat, podrían montar unas mesitas de degustación o un mástil con senyera).
Encuentro una serie de páginas cristianas con recursos y buenos consejos, entre ellos el cuento del alpinista que se desploma cogido a su cuerda por una de las paredes del Aconcagua, y que cuando clama a Dios, este le responde: “Hijo, suéltate de la cuerda”. Como no cree en la advertencia divina y sigue aferrado a ella, muere congelado a pocos metros del suelo. Lo divertido de este cuento es que ya lo conocía en su versión de chiste judío, contado por la bisabuela de mis hijos, Sara Ravich: Un rabino está a punto de caer a un precipicio y, como el alpinista, clama a Dios pidiendo ayuda. Desde las profundidades del barranco le llega una voz que dice: “Hijo, déjate caer en mis brazos”. A lo que el rabino responde: “¿Y no hay nadie más allá abajo?”. No sabemos si el alpinista hizo la misma pregunta, ni si al rabino lo encontraron muerto. Pero me gusta más la versión Ravich de la historia.
En otra aportación del Google se habla de la diosa Ixtab (la colgada) que representa “la muerte del yo, la llamada a una reflexión y al arrepentimiento de nuestros errores; al sacrificio de nuestras pasiones. El anuncio de una vida nueva ”. Pero, si me atengo al chiste judío, el pequeño dios de la cuerda podría ser más bien el verdugo berlanguiano, humilde funcionario estatal que administra la dosis de muerte para los que se portan mal según las leyes del Estado. Imagino al personaje manchado de yeso paseándose por las estaciones de metro más populares de todo el estado español, aunque también por las terminales de autobuses y ferrocarriles -allí donde nos amontonamos la “mayoría silenciosa”, tan cara a la derecha que gobierna nuestros destinos- anunciando la buena nueva en este año que comienza: “Humildes trabajadoras todas, paradas todas, precarias todas, deshauciadas todas...” “La soga se ciñe en vuestros cuellos”, “La energía y la luz les será negada, y a la oscuridad y al frío seréis condenados, arrojados fuera del sagrario de Iberdrola y de Endesa”. “El nudo más fuerte verán ceñirse a vuestros magros cuellos, nudo que supieron enlazar los magos del templo de las fianzas, de los bancos, los etéreos administradores de la cosa pública”...

La diosa maya Ixtab
En todo esto me entretenía pensando mientras realizaba mi cotidiano viaje hacia el metro, recordando a aquel hombre de la cuerda. Cuando... el 30 de diciembre, por la noche, ¡ocurrió! Cruzaba esta vez el pasillo de la Sagrera y, de pronto, “la mayoría silenciosa” se convirtió en una multitud vociferante: “¡No nos mires, únete!” “Que aquest billet el pagui el Millet! “Gratuitat pels aturats!”. Algunos de los que se manifestaron tan estruendosamente se dedicaron a trabar las puertas con precinto para que todos los pasajeros pudieran entrar sin pagar: ¡Oh!, ¡Por primera vez veía, al fin, la manifestación de un milagro concreto! Un viaje gratis en Metropolitano...   


¿Será, entonces, de verdad que la soga simboliza el fin de una época? ¿Y la diosa maya Ixtab, una inmigrante más, estaría entre aquellos que hicieron el milagro? Aunque con precinto, no con cuerda. Pero, dado que lo sintético ha invadido todos los espacios de nuestra vida, seguro que la diosa ha cambiado la cuerda por el precinto de plástico.  

jueves, 5 de diciembre de 2013

Arucas. Una invitación en negro (II)

El jueves 28 de noviembre en Arucas, Gran Canaria, se presentó el libro que nació de un proyecto concebido por la directora de la Biblioteca, Loly León, hace ya cuatro años, en el marco de la Semana de la novela negra de Arucas. Se trata de una recopilación de cuentos "criminales". En él participaron los escritores Alexis Ravelo, Antonio Altolozano, José Luis Correa, Vera White, José Luis Ibáñez, Marisol Llano, Santiago Gila, y está ilustrado por la fotógrafa Almudena González Díaz.  

Mi aporte para esta recopilación fue La extraviada. Fantasía para un teatro vacío. La historia transcurre entre Barcelona y la isla, a comienzos del siglo XX. Y tiene por escenario dos teatros: el Liceo y el inacabado teatro Nuevo de Arucas, del que entonces quedaba solamente su esqueleto abierto al cielo. 

Más información sobre el acto aquí.


Centro histórico de Arucas (en el la Revista Digital del municipio)


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Teatre del Liceu a finales del XIX

lunes, 25 de noviembre de 2013

Conferència "Dels documents a la ficció: com es fa una novel·la històrica"

La conferència "Dels documents a la ficció: com es fa una novel·la històrica" a càrrec d'Elsa Plaza tindrà lloc el proper dimecres 27 de novembre, a les 18 h, a la Sala de la Caritat. Biblioteca Nacional de Catalunya, c/ Hospital, 56 , Metro Liceo. 
Elsa Plaza és l'autora de la novel·la El magnetismo del viento nocturno publicada per l'editorial Ediciones B.

Més informació aquí.

martes, 19 de noviembre de 2013

Presentación del libro "Arucas. Una invitación en negro"

Obra colectiva de relatos del género negro. 

Como resultado de la Semana de la Novela Negra de Arucas (Gran Canaria,  2009), surgió  la idea  de este proyecto, que consiste en una recopilación de cuentos creados por los participantes en aquel evento y que se inspiran en la acogedora y bella ciudad que, año tras año, lleva a cabo este encuentro entre escritores de las islas y de la península.  Impulsado desde la Biblioteca de Arucas, cuya directora es Loly León, lo que fue un deseo,  gracias a su constancia, hoy es ya una realidad. Como una de las participantes con el relato La Extraviada, también puse mi granito de arena en esta publicación, que espero llegue también aquí. 


La presentación tendrá lugar en el Centro Municipal de Cultura de Arucas el 28 de noviembre de 2013, a las 20:00 horas.

viernes, 15 de noviembre de 2013

La Sombra de La Solapa (segunda parte)

Octava epifanía



Caminábamos por la calle México una tarde tórrida de sol que teñía los edificios de un color naranja intenso. Avanzábamos mamá y yo, mi pequeña mano aferrada a la suya -para mí, en la calle México siempre se pondrá el sol, al igual que la calle Sarandí contiene en su nombre todo el frío y el viento del invierno porteño.

Fue allí, en la calle México, donde vi que mi papá venía hacia nosotras sonriendo, con aquella sonrisa de publicidad de gomina que caracterizó sus años jóvenes. Nos dio un beso, me alzó en sus brazos y me llevó al kiosco más cercano. Allí me compró un chupetín envuelto en un papel con una espiral azul y anaranjada.


Tiempo después llegó a casa una postal. No venía de Milán, como nos había prometido la mujer de gafas oscuras, sino de Roma. Fue todo un acontecimiento, nunca habíamos recibido nada de Europa. Guardamos la misiva durante muchos años entre los papeles importantes: recibos de alquiler y documentos. Estaba dirigida a mi padre, y al final enviaba recuerdos para mi madre y un beso para mí. Era de la mujer italiana de las gafas oscuras. Decía trivialidades, como lo feliz que estaba de volver a su país, pero añadía una frase extraña que mi madre sospechó alusión a un secreto amorío que la extranjera mantenía con mi padre. La frase era algo así como: "La Solapa cree que el tiempo es malo". Mi padre aseguraba que la italiana había querido decir otra cosa y le salió aquella incoherencia.

(...) no venía de Milán, como nos había prometido la mujer de gafas oscuras 
Años después, al excavar un terreno para hacer los cimientos de un edificio encontraron, en la capital de la provincia de Santa Fe, el esqueleto de un hombre. Habían querido borrar toda huella del crimen quemándolo con cal. Los diarios dieron la noticia y se especuló con la identidad del cadáver, que calcularon llevaba enterrado unos seis años. Los forenses concluyeron que se trataba de un asesinato pues había signos de violencia, huesos rotos a golpes y una bala del calibre 45 alojada en el temporal izquierdo. Se sospechó de un crimen político. La bala encontrada era la que acostumbraba a utilizar la policía. Se intentó reconstruir la apariencia que pudo haber tenido ese cadáver cuando la vida lo animaba. Uniendo fechas y datos, algún periodista especuló que podía tratarse del Dr. Ingalinella, el médico rosarino de reconocida militancia comunista desaparecido años atrás, luego de ser detenido por la policía.

Fue entonces cuando, en una sobremesa compartida con Merelle, el antiguo camarada de mi padre, los oí comentar este suceso.

Tendríamos que haberlo hecho mejor, quizás se hubiera salvado– y, moviendo la cabeza de arriba abajo, mi padre se quedó, de pronto, con la mirada fija, como siempre que algo le entristecía o le hacía reflexionar sobre las cosas de la vida.

-IV-

Cada vez que pienso en aquella otra tarde, una voz en mi interior me dice: la ceremonia del adiós, y me veo en la terraza de la última casa donde malvivieron mis padres. Las baldosas rojas y las latas de aceite, los botes de plástico y alguna maceta de cerámica rebosantes de plantas descuidadas, apretujadas en aquel septiembre porteño que las llamaba a florecer. Inclinados sobre ellas mi padre y yo arrancábamos hojas marchitas, recortábamos ramas de geranios y removíamos, con dificultad, la tierra reseca. Papá se agitaba en el esfuerzo, pero lo sentía contento de estar juntos. Yo vivía ese momento con la nostalgia de un recuerdo que aun no lo era.

Tratando de alargar aquella ceremonia se me ocurrió decir:

¿Te acordás de la Solapa?

Otra vez la nube pasó por los ojos de mi papá, como la que había visto un momento antes en la cocina. Alguien había descrito la muerte de un conocido y cómo el cuerpo de éste, envuelto en un plástico, había sido llevado a la nevera del hospital. Fue rápido, pero percibí su mirada fija en un lugar lejano, íntimamente suyo, donde por un instante, estoy segura, contempló su propio cadáver y tuvo frío.

Era la segunda vez en el día que lo espiaba mirando aquel "otro mundo". Y siempre con sus ojos puestos tan lejos, me dijo:

Todo eso fue un error. –Y volviendo a ser aquel Guillermo irónico de otros tiempos agregó sonriendo, mostrando sus dientes caballunos:

Estábamos todos locos.

–Quienes eran todos?

Los muchachos con los que trabajaba: Merelle, Ambrongno, Sonni... ¿No sabés que planeamos secuestrar a Walton?

¿Al de la Alianza Nacionalista?

Sí, esos matones fascistas de la Alianza. Algunos eran policías, fueron los que se encargaron de secuestrar al doctor Ingalinella. Sabíamos que lo tenían escondido en alguna dependencia policial, seguramente lo habían traído a Buenos Aires, a la Sección Especial, donde se encargaban de torturar a los comunistas. Y pensamos que si secuestrábamos a Walton podríamos negociar la aparición de Ingalinella…

¿Y la Solapa, qué tiene que ver en todo esto? –le pregunté expectante, ante el desvanecimiento de aquella sombra que formaba parte de los misterios de mi infancia.

La Solapa era el piloto de Walton.

¿¡Y cómo lo conseguiste!?

Fue casualidad, estábamos en un congreso de los metalúrgicos, nosotros teníamos que estar afiliados a esa rama sindical. Habíamos pasado toda la tarde discutiendo. A los comunistas nos tenían fichados porque había mucho kilombo dentro del sindicato. Walton y sus matones también merodeaban por el acto alardeando de cargar pistolas. Era muy tarde, y dentro del local hacía un calor insoportable. Walton se había quitado el piloto y se encaraba a un tipo sacando pecho. Cuando ya nos íbamos, alguien cerca de mí gritó:

¡Che, Guillermo! -Me di vuelta, pero llamaban a Walton, que también se llama Guillermo. Y otra vez el grito:

¡Che, Guillermo, no te dejés el piloto! -Pero Walton seguía discutiendo, y el tipo se cansó de avisarle y se fue.

Todo pasó en un segundo, yo agarré aquel piloto que Walton no iba a volver a buscar, ya no llovía y el tipo estaba tan caliente por la discusión que se había olvidado que lo había traído puesto. Lo vi salir con la cara enrojecida, y haciendo grandes alharacas con las manos se perdió adentro de un coche que lo estaba esperando. Entonces salí rajando. No sabía para qué lo quería, pero me lo llevé. Aunque lo supe cuando me di cuenta que adentro de uno de sus bolsillos había una pistola. Había también un paquete de pastillas de mentol, fasos y un manojo de llaves, y una billetera con sus documentos. Me fumé los fasos, ¡con un gusto!, aunque eran rubios, y me comí todas las pastillas, mirá de qué me acuerdo... En la billetera no tenía guita, la hubiera dado al Partido.

Aquella noche, cuando volví a casa, colgué el piloto de un clavo, que clavé detrás del ropero, y te asusté para que no lo tocaras. Al otro día les conté a los muchachos lo que había encontrado y a Sonni, que era el enlace nuestro con el Comité Central del Partido, se le ocurrió lo del secuestro. Pero me dijo que la pistola había que entregarla al Partido.

Cuando dieron el permiso de secuestrar a Walton para cambiarlo por el doctor Ingalinella devolvieron la pistola, esa era la señal para comenzar a actuar. No se la llevaron a Sonni porque él estaba muy fichado. Era todo muy fácil, teníamos su domicilio y sus documentos. Con el pretexto de devolvérselos, una de las chicas del Partido lo iba a citar fuera de su casa.

Pero todo fue para la mierda, aquel mismo día nos agarró la cana haciendo una volanteada desde lo alto de una obra en construcción. Pensábamos que no corríamos ningún riesgo haciendo aquello. Los volantes eran para denunciar la desaparición del doctor Ingalinella.

A Ambrogno y a mí nos largaron pronto, después de reventarnos a patadas. Pero a Sonni, que ya estaba fichado, lo tuvieron unos cuantos meses en la cárcel de Las Heras. Ésto complicó todo –concluyó mi padre, y se quedó de nuevo perdido en sus recuerdos.

Volviendo en sí, movió la cabeza de un lado a otro, como tenía por costumbre para remarcar alguna bronca que tenía contra algo o alguien, y continuó:

Estábamos seguros que a Ingalinella lo tenían vivo. ¿Cuántos meses lo habrán estado torturando? Andá a saber. Era un hombre bueno que sólo sabía cuidar a los que lo necesitaban. No interesaba a nadie. Así que cuando Codovila… Vos sabés quién era Codovila, ¿no?

Sí, el secretario general del PC.

Sí, bueno, cuando Codovila se fue a Europa y se entrevistó con Togliatti se paró todo. Fue como si se olvidaran de Ingalinella. Qué se yo, pasaron tantas cosas, de la noche a la mañana se empezó a criticar a Stalin y todo se centró en eso. Yo ya no entendía nada, y los mandé al carajo.

(...) nosotros teníamos que estar afiliados a esa rama sindical
Habíamos acabado con las macetas, ya no quedaba ninguna por remover ni regar, el tiempo detenido en otro tiempo que por un largo instante habíamos recuperado volvía a su fluir inexorable. Mi papá, joven militante comunista, retornaba al lugar de los recuerdos. Ante mí tenía otra vez la imagen de un hombre envejecido que descendía las escaleras arrastrando sus piernas cansadas y enfermas. Bajé la vista para que no descubriera mi tristeza y encontré con la mirada sus mocasines de plástico, ensanchados y usados como chancletas. Sus tobillos vendados asomaban desde aquellos zapatos, que pregonaban la pobreza digna donde había construido su vida.

-V-

Dos meses después volví a Buenos Aires, mi padre había muerto el mismo día que le otorgaban la jubilación, rodeado por la miseria de un hospital público en pleno gobierno menemista.

Mi madre quiso borrar todo lo que le recordara a su marido. Yo, sin poder hacer nada, veía cómo iba amontonando lo que, hasta hacía unos días, había sido parte de mi padre: su escasa ropa, las camisas, los pantalones, los zapatos... Rescaté un pulóver blanco y la americana nueva, los guardé en mi maleta para llevarlos conmigo.

Así, sus escasas pertenencias las cargó en su camioneta un ropavejero. Mamá retuvo la carterita de mano donde llevaba sus papeles personales. Allí descubrí un poema. Un poema donde invitaba a su hermano muerto a rencontrarse con él en el cielo, montando aquel caballo de su infancia provinciana. Pensaba en todo esto una mañana caminando por mi barrio porteño cuando, de pronto, en una esquina vi perdido de su compañero aquel mocasín de plástico que aún conservaba la forma del pie de mi padre, el ropavejero lo había perdido. Ni siquiera me atreví a recogerlo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Sombra de La Solapa (primera parte)

Octava epifanía

(Para Gabi)


Hoy, en un local de Caritas donde se amontonaban objetos usados -recortes de vida de tanta gente- encontré un collar hecho con diminutas frutas de cristal; estaba en una caja de latón que alguna vez había contenido turrones de la marca Puig, de Agramunt. Allí, entre botones de nácar, hebillas de metal, artilugios antiguos para máquinas de coser... brillaba el colorido del collar; era idéntico al que llevaba puesto aquella mujer de las gafas de sol. Fue en Buenos Aires y en la  misma época en la que apareció por casa La Solapa.


La Solapa era una sombra detrás del armario. En mi casa poco espacio había para secretos, toda ella se componía de una sola habitación. El día que mi padre trajo a casa La Solapa me dijo, acercándome aquel impermeable oscuro a la cara: “¡Uhhh!, no la toques... es...¡ La Solapaaaahhh!”. Y, luego de martillar un clavo detrás del armario, allí lo colgó.

A veces la espiaba, sobre todo de noche antes de dormir, cuando la luz de la lámpara hacía que las sombras se agigantaran. La Solapa tenía dos sombras, una casi transparente y otra muy oscura.

Acostumbraba a quedarme dormida en la cama de mis padres mientras ellos leían y yo los iba observando hasta que se me cerraban los ojos. El libro de mamá era enorme, y tenía unos dibujos extraños sobre papel brillante. Eran imágenes de palacios aztecas, nobles indígenas y conquistadores españoles; lo recuerdo falto de cubiertas. Años más tarde supe su título: La hija de Moctezuma. El libro de papá sí tenía cubiertas, eran de un azul grisáceo y sobre éste se destacaba recuadrado el perfil de dos hombres. Uno era de rostro anguloso y una frente que se convertía en cabeza, adornada con una prolija barba en punta; al otro, en contraste, le salía el pelo como una ráfaga de viento que se cerraba sobre su frente estrecha; un bigote patriarcal, al que yo asociaba con las raíces de un puerro, escondía su boca.

Una noche, arrebujada entre mis padres –y cuando el sueño ya iba bajando mis párpados mientras recorría con mi mirada las páginas de uno de esos libros que ellos sostenían entre sus manos-, se me ocurrió que las historias que leían se dibujaban en las formas que adquirían los bloques de letras; caminos tortuosos que se abrían de arriba abajo, de abajo arriba, o de izquierda a derecha. Me expliqué entonces que la lectura debería consistir en encontrar los dibujos que conformaban los bloques de letras, en su combinación con los espacios que quedaban entre ellas, de arriba abajo, de izquierda a derecha y viceversa, y así, aprendiendo a ver esos dibujos, iría surgiendo la historia que transcurría en aquellas páginas.

Le expliqué mi descubrimiento a mi madre y ella me prometió que al día siguiente me compraría el libro Upa, con el que los niños argentinos de mi generación aprendimos a leer antes de ser escolarizados. 

Eran imágenes de palacios aztecas, nobles indígenas y conquistadores españoles

(...) el libro Upa, con el que los niños argentinos de mi generación aprendimos a leer

En mi hogar siempre se hablaba de política, y aunque obrera, mi familia no era peronista, a pesar de que en aquellos años casi todos lo eran. Y explico esto porque tiene que ver con la la llegada a casa, una tarde de verano -¿por qué siempre recuerdo mi vida preescolar como un largo verano?– de una mujer que preguntaba por mi padre. Llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, gafas oscuras, cartera negra colgando del brazo. Mi madre le ofreció asiento y un vaso de refresco. Se acomodó, cruzando las piernas, con holgura, bajo una amplia falda estampada.

¿A qué hora vuelve Guillermo? –preguntó mientras abría su bolso y sacaba un cigarrillo, maniobrando con elegancia una pitillera. Tuve la irresistible tentación de morder una de sus uñas, perfectamente rojas, que iban y volvían de la boca a la mesa acompañando al cigarrillo. Echaba el humo torciendo los labios, y de vez en cuando una tosecita ronca acompañaba su respiración.

Tengo un poco de asma –dijo como disculpándose–. El tabaco no me hace bien, pero no puedo dejarlo. Además el clima de Buenos Aires..., tanta humedad. Pero el mes que viene ya vuelvo a Italia. Allí, donde yo vivo, el clima es mejor.

Hablaba en un perfecto castellano, italianizado en el sonido de las jotas y las erres. Me tenía hipnotizada, en aquel momento decidí que cuando fuese grande seria una mujer de gafas oscuras y cartera; no como mi madre, que cuando salía conmigo llevaba un monedero, y las manos vacías cuando lo hacia con mi padre. 

(...) en aquel momento decidí que cuando fuese grande seria una mujer de gafas oscuras y cartera
Mamá escrutaba a la mujer con recelo y envidia, y no pudo contenerse de remarcar el original collar, con diminutas frutas de cristal, que llevaba.

¿Le gusta?, es de Murano– dijo mientras miraba su reloj pulsera con impaciencia. Finalmente se puso de pié y sacando del bolso un paquete agregó:

Esto es para que Guillermo, se lo entregue a Sonni. Salude de mi parte a su marido, y dígale que ya les enviaré una postal cuando llegue a Milán. -Se fue dejando en la pieza olor a tabaco y maquillaje.

No nos atrevimos a abrir el paquete porque era para Sonni, un compañero de trabajo de mi padre. Si la mujer le hubiese dicho: "es para Guillermo", inmediatamente hubiéramos sabido su contenido.

Aquella noche era tarde y papá no llegaba. Preocupada por el retraso, mi madre me sacó de la cama, y casi arrastrándome, me llevó hasta la casa de Sonni. Salió a recibirnos Clara, su mujer, también militante del Partido.

¡Sonni, Ambrogno, y Guillermo están presos! –dijo mientras nos empujaba hacia dentro, cerrando la puerta apresuradamente. –Recién se fue Merelle, él me avisó, me dijo que iba hacia tu casa.
Pero, ¿qué hicieron?
¡Y yo qué sé!, Me dijo Merelle que están en la Sección Especial, ya sabés, donde llevan a los comunistas a molerlos a palos y a ponerles la picana eléctrica. Y Clara empezó a sollozar.

Mamá, haciéndose la valiente o quizás porque ya en aquella época había comenzado a aprender a distanciarse de la vida que llevaba mi padre, contestó con un:

Bueno, no será para tanto.
Sí, sí, que es para tanto. Luisa, ¡hay que ir a buscarlos, a decirles que los larguen, que ellos no han hecho nada malo! Porque no deben haber hecho nada malo, son unos pobres pelotudos... ¿Qué pueden haber hecho? Seguro que una volanteada, ¿qué más? Al menos que quede constancia de que los familiares saben que están allí. Eso es importante. Merelle dijo que iría a avisar al abogado del Partido.

Mi madre entonces deslizó el paquete misterioso en manos de Clara. Al abrirlo se encontraron con una pistola, como las que salían en las películas de vaqueros pero más cuadrada, más negra y más pesada; al menos es la impresión que a mí me dio.

Las mujeres se quedaron mudas. Clara, nerviosa, la escondió en el ropero disimulada entre las sábanas. Luego salieron en busca de sus maridos hacia aquel lugar que a mí me sonaba tan enigmático: la Sección Especial.

Aquella noche me quedé a dormir en casa de Clara, arrullada en los brazos de su suegra, una señora de piel muy arrugada y muy suave que olía a talco. Antes de cerrar los ojos vi que, escondida detrás de una puerta, se asomaba, tímida, una tortuga. Recuerdo que mi madre me amenazaba, ante mi negativa sistemática a bañarme, con que me convertiría en tortuga, como aquella que estaba en casa de Clara y Sonni. Ya que aquel animal cascarudo, según la historia que ella me relataba, había sido una niña -la única hija de esa pareja amiga, quien, como yo, lloraba a moco tendido cada vez que su madre intentaba darle un baño. Así, la acumulación de mugre sobre su cuerpecito se fue convirtiendo, con el paso del tiempo, en la capa córnea de una tortuga. Me gustaba la historia porque sabía que no era cierta, pero explicaba el protagonismo que aquel animal, tan discreto, tenia en esa casa, y el cariño que todos le profesaban.

(...) aquel animal cascarudo, según la historia que ella me relataba, había sido una niña.



continuará
   

sábado, 2 de noviembre de 2013

Irene Castells: Els rebomboris del pa a Barcelona en 1789


Uno de los estudios más completos sobre las causas económicas que desencadenan las revueltas del pan en Barcelona el día 28 de febrero de 1789.

Irene Castells hace hincapié en la problemática originada, por una parte, en la mala cosecha del año 1788 que produce la escasez de grano en toda Europa; pero también, y en no menor medida, por los cambios producidos a raíz de la implantación del libre comercio y de transporte de cereal (Carlos III, 1765) en toda España y la combinación con políticas proteccionistas propias del Antiguo Régimen. Ambos propiciatorios de un mercado especulativo, combinado con el cobro de altas tasas de circulación en determinadas regiones, lo que llevó al enriquecimiento de mercaderes y comerciantes, debido, en gran parte, al aumento del precio del trigo. La consecuencia inmediata de esta coyuntura fue el aumento del precio del pan, que en una economía precaria y de apenas subsistencia que padecían las clases populares, significaba la hambruna generalizada para estas clases.

Ernesto de la Cárcova (Buenos Aires 1826-1927): Sin pan y sin trabajo, 1892-93
Leer el ensayo de Irene Castells aquí.

miércoles, 23 de octubre de 2013

La caballerosa deferencia de los sábados por la noche (segunda parte)

Séptima epifanía

(primera parte aquí)

Me quedé detenida sin animarme a bajar las escaleras, no veía el final de ellas y tuve miedo. Entonces busqué el mechero en el fondo de mi bolso, intentando dar luz a ese espacio desconocido que se abría ante mis pies. Bajé a tientas y di con una puerta formada por paneles de cristales opacos. El tango seguía: Esta noche amiga mía el alcohol nos ha embriagado que me importa que nos miren y nos llamen los mareados. Giré el picaporte y ante mí se abrió un espacio iluminado por una luz tenue que envolvía a los que por allí deambulaban. Al fondo, una barra de bar hecha con listones de madera de dos tonos y cubierta por una encimera de formica roja. Pensé que había perdurado intacta desde los años cincuenta o sesenta, igual que las mesas, de patas delgadas y abiertas, que se distribuían siguiendo un banco corrido, forrado de plástico también rojo. Un gran espejo, al fondo, duplicaba el espacio.

Parejas enlazadas seguían apasionadamente el ritmo de los tangos. Busqué con la mirada a mi hombre. Distinguí su figura sentada frente a una copa que acababan de servirle. Me acerqué a la barra, desde allí podía observar mejor su imperturbable gesto de pasmado feliz.

Supe enseguida que aquel lugar no era para una mujer sola y menos para quien no sabía bailar tangos. Charo de Nualart me había hablado de sitios así donde ella, burguesa y excéntrica, se escapaba a bailar cuando su marido estaba de viaje, lo cual sucedía dos o tres veces por semana. Charo era una experta en esa danza.

Mis fantasías eróticas nunca habían peregrinado hacia los brazos de esporádicos acompañantes que me hicieran girar durante los tres minutos que dura un baile. Pero sobre todo, y a pesar de que la música y las letras de los tangos me entusiasmaban, el aprender a bailar dejó de interesarme cuando me di cuenta que la práctica de esta danza era como una militancia política. Había que dedicarle tiempo, entusiasmo y devoción. Y yo desde hacía años huía de las fidelidades, me había aburrido durante demasiado tiempo practicándolas. Pensaba en todo eso mientras bebía la cerveza que un camarero de pajarita negra me había servido. Tenía mucha sed y no sabía qué estaba haciendo allí, así que pedí una segunda vuelta. Repasé una por una las parejas que evolucionaban por la pista de baile, no eran ni viejos ni jóvenes, eran tal como yo veía a los mayores -mis padres, mis tíos- cuando era pequeña. Todas las mujeres llevaban faldas y tacones altos, todos los hombres americanas y corbatas.

Yo desentonaba con mis botas de suela de goma y tejanos, pero nadie parecía mirarme y tampoco me importaba. Él seguía con su mismo gesto de lejana beatitud apurando una copa que parecía inagotable.

Una mujer se acercó a la barra, estaba también sola. Llevaba el pelo crepado, duro de laca, y la mitad de sus grandes senos asomaban desde el escote de un vestido estampado. Me preguntó si era la primera vez que iba allí, pues ella nunca me había visto. Le respondí que sí.


-Acá todos nos conocemos, ¿sabés? ¿Y vos viniste sola o esperás a alguien?
-Vengo detrás de ese -respondí como bromeando, mientras señalaba a mi hombre.
-¿Ese?, ¡¿qué le viste?! Tiene fama de raro -agregó en tono confidencial, acercándose a mí tanto que olí la laca dulzona con la que había rociado su peinado. -Habla poco, y solo baila cuando ponen los tangos de D’Arienzo, será por lo de “El Rey del compás”. En Argentina a D’Arienzo le decimos “El Rey del compás”, y como a ese parece que le falta el alma a lo mejor necesita que alguien se la sople desde afuera. Con D’Arienzo nadie se resiste. Muchos prefieren bailar con Pugliese, es más intelectual, demasiado difícil para mi gusto, che. Así que vos y ese tipo…
-¿Y tú con quién bailas? -pregunté interrumpiéndola, pues no quería tener que explicarle la ridícula historia que me había llevado hasta allí.
-A mí me gusta el tango clásico. Vengo a bailar sola todos los sábados desde hace mucho tiempo-. Acabó la frase mirándome de reojo mientras encendía un cigarrillo que dispuso en la punta de una boquilla negra con estrellitas plateadas.

La música invadió de nuevo el local, esta vez el compás era marcado por un ritmo sincopado, tango también pero más ligero, más vibrante.

-Ahí tenés a D’Arienzo, ahora vas a ver bailar a tu tipo -me dijo la mujer, codeándome para que girara la cabeza y que no me perdiera el anunciado espectáculo.

Entonces vi al caballero nocturno hacerle un gesto casi imperceptible de invitación al baile a una mujer. Ella le respondió bajando sus ojos, enmarcados por los finos arcos de unas cejas delineadas con lápiz. Los dos se pusieron de pie y se encontraron en la pista de baile. Él bailaba casi sin rozar el cuerpo de su compañera, pero los dos parecían haber ensayado sus pasos infinitas veces. Vi los pies pequeños de la mujer, calzados con sandalias de tacón que presionaban un empeine regordete, girar airosos siguiendo los zapatos brillantes y acordonados del bailarín.

-¿Cómo hacían para saber cuando había que cruzar los pies, avanzar, esperar a la pirueta, arremeter con el compás? -pregunté a la mujer que tenía a mi lado
-Si querés te enseño –respondió decidida.
-Esto no es una verbena, aquí las mujeres no bailan entre ellas. Los roles están tan marcados. Los hombres tan hombres, las mujeres tan mujeres, si parece todo de otra época.
-¿Qué época? Acá siempre es así. Pero sólo hay una excepción, yo. Yo sólo bailo con mujeres.
Solo atiné a decir -¡Ah! -mientras ella continuó:
- Ya están acostumbrados a verme bailar con mujeres, todos saben que en el tango solo puedo llevar, no me sale el dejarme llevar. Me acostumbré así… A veces, siento que bailando me convierto en un varón.
-Pues, no se nota- dije estúpidamente mientras miraba sus enormes senos que pugnaban por escapar de su vestido ajustado.
Y entonces me cogió de la mano y con un enérgico -¡Vamos!- me llevó hacia la pista.
-Vos sólo seguí lo que mi mano en tu cintura te indique -me aconsejó.
Y entonces no sé si fue por efecto del alcohol, la música o el arte de aquella mujer que sentí que podía bailar, a pesar de que la suela de goma de mis botas hacía bastante difícil arrastrar mis pies, como se requería. Pero todo inconveniente era salvado porque la música de “El Rey del compás” se había metido en mi cuerpo, y ya nada me importaba más que hacerla salir en forma de exactos movimientos.

Seguí bailando hasta que D’Arienzo se agotó, entonces le sucedieron otros tangos con letras nostálgicas. La gente volvió a sus mesas y a encargar bebidas.

Volví a ocupar el lugar que tenía junto a mi acompañante. Y desde allí, observando a ese hombre que, ajeno a todo, me había llevado hasta ese rincón del Carmelo, pensé que quería tenerlo cerca, olerlo de nuevo.

-Hace mucho que viene por aquí –pregunté a mi maestra de tango, señalándolo.
-Dale con el muñeco -me respondió -¿No te das cuenta que es como un muerto? Sólo invita a bailar a quien se le pone enfrente, no busca con la mirada, a él lo encuentran. Vos también lo encontraste, ¿no es cierto?

Era cierto lo había encontrado, pero, ¿para qué?, ¿por qué? Si lograba bailar con él quizás lo sabría.

Fui en busca de su mirada, me senté en una mesa frente a él. Había que esperar otra vez que la música de D’Arienzo lo motivara ¿Cuánto tiempo pasó? No sé. El ambiente se volvía más espeso, mucho humo y movimientos extraños de idas y venidas a los lavabos. Se lo hice notar a mi acompañante que me había seguido hasta la mesa.
-Parece que por aquí la cerveza provoca ríos -dije chistosa y señalando el tráfico de idas y venidas que atravesaban las puertas de los lavabos. Ambas pintadas de color beige amarillento y donde para diferenciarlas habían mal dibujado unos labios pintados en una y un sombrero de copa en la otra. Inocentes objetos que, seguramente sin intención expresa, remitían a una manifiesta simbología genital. Entonces me llegó diferida la respuesta de la mujer que tenía a mi lado.

-No es la cerveza, es coca. Un nariguetazo y bailan toda la noche, frescos como lechugas.
-¿Y tú también?
-Avisá piba, yo no me quiero morir joven. Mirá, ¿ves aquellos de pie en la esquina de la barra? Son polis, ellos son los que la traen y la reparten. Y después dicen que con Franco se acabó la juerga.
- Pero Franco murió hace ya años…
- Nena, ¿qué te pasa, la cerveza se fue al cerebro? ¿Desde cuándo Franco está muerto?
- Quizá, cuando sucedió tú estabas en Argentina, pero si fuera así…

Y continué con un discurso sobre las posibilidades que había para que esa mujer hubiese permanecido, durante años, ignorante de la muerte de Franco.
Ella ya no me respondió y yo acabé pensado que, tal vez, fuera una de esos rezagados añorantes del Caudillo que aún pensaban que volvería, si no él en persona sí sus ideales…Y entonces, comencé a desconfiar. ¿Quién era en realidad? ¿Y si formaba parte de esa red de siniestros personajes llegados durante la última dictadura militar argentina para delatar exiliados?

Ella, ajena al devenir de mis pensamientos, miraba con atención la pista de baile y fumaba muy despacio, echando el humo en forma de nubecitas. Mientras tanto el hombre que me había llevado hasta allí, tal como lo anunciara la argentina, no había vuelto a bailar. Permanecía inmóvil, con los dedos de su única mano rígidos sobre la mesa, el índice señalando algo y los otros dedos retraídos.

Ya de madrugada, cuando muchas parejas se habían ido y otras se miraban intensamente a los ojos, volvió a sonar la música de D’Arienzo. Entonces, me puse delante de la línea de visión de mi hombre. Y cuando cabeceó supe que era a mí a quien dirigía la señal. Cerré los ojos asintiendo y acompañando este gesto con un leve movimiento de cabeza hacia abajo. Y fui hasta la pista, allí nos encontramos. Vi de cerca su cara lisa y brillante y su pequeño y negrísimo bigote asardinado. Sentí su única mano posarse apenas sobre mi cintura. Yo busqué la ausencia de la otra y allí, donde ésta debía comenzar, me así a un costurón de carne que ofrecía al tacto la experiencia de una forma nueva que contenía toda la sensualidad de la repulsión. Al principio lo rocé con delicadeza, pero cuando  su única mano indicó a mi cuerpo lo que debía hacer, sujeté decidida aquella otra forma cálida dibujada con los relieves de una antigua herida. Y como si me viese en una película, supe que mis pasos se correspondían exactamente con los suyos, y fue entonces cuando me dijo:
- No te preocupes, lo estás haciendo bien.

No volví a oír su voz y no pude distinguir su acento. Era una voz plana, anodina, que me había llegado como desde un interior vacío. Pero el olor a menta, tabaco y azahar de los hombres de mi infancia volvió a mí, mezclado con esa pizca de humedad que exhalaba su traje.

¿Con qué medida expresar el tiempo en el que me dejé llevar por el extraordinario caballero de mano ausente y mirada vidriosa? Cuando la música acabó me acompañó hasta mi mesa, y al dejarme imitó una pequeña reverencia, se acomodó la americana y dio media vuelta. Cruzó la pista y le vi buscar la puerta de salida.

La argentina también se había ido. Miré mi reloj, se había detenido a las diez de la noche. Al salir del local respiré hondo, la media luz de la mañana y el frío me sorprendieron. Tenía sueño, mucho sueño y ganas de volver a casa.
Al pasar por la boca del metro de Horta le vi otra vez, mi hombre caballeroso bajaba las escaleras. Y seguí nuevamente sus pasos como una sonámbula.

¿A dónde quería llegar? Sabía que todo había acabado, y estaba casi segura de que en cualquier momento se desharía en el aire convertido en humo, en el mismo humo que había exhalado la fumadora argentina que esa noche me había acompañado. Hice el gesto de bajar yo también las escaleras, pero el cansancio y lo ridículo de mi situación me vencieron y continué mi camino alejándome hacia la plaza Ibiza.

Cuando llegué a casa me eché en el sofá y allí mismo comencé el relato de esta historia hasta que el sueño acabó con mi conciencia.

Días después, la obligación de entregar uno de mis trabajos a una agencia que tenía su sede casi al final de la calle Hospital condujo mis pasos hasta la tienda de “Ropa para el caballero elegante. Ropa Deportiva y de trabajo. RIUS s.a.”. La misma tienda cuyos maniquíes habían llenado de terror mis paseos infantiles por aquella misma calle. Me detuve allí atraída por lo que antes había sido repulsión. 

Sastrería fotografiada por Francesc Català Roca
La tienda festejaba su ochenta aniversario y como repaso de su historia habían dispuesto, enmarcados en metal, varios recortes de periódicos que hacían alusión a ella. Entre éstos uno que anunciaba la próxima inauguración para el mes de septiembre de 1912; otro en el que el marqués de Comillas aparecía fotografiado comprando en la tienda, en junio de 1927. Y fechado el 11 de mayo de 1964, el viaje del señor Rius -hijo del fundador de la empresa- a Buenos Aires, donde inauguraba una sucursal. A su lado la señora Rius, originaria de la ciudad del Río de la Plata, reía a la cámara mostrando su generosa pechuga que escapaba del escote de un vestido ajustado. Entre sus dedos sostenía, con gesto descarado, una boquilla en cuya punta humeaba un cigarrillo. Confundida por la coincidencia que me remontaba a la extraña noche vivida en el Carmelo, busqué una respuesta en los maniquíes que seguían sonriendo, y advertí entonces que una mano se había desprendido de uno de ellos, el más alto, el de pelo negro y bigotitos asardinados.