miércoles, 16 de octubre de 2013

A hole where the rain gets in... (John Lennon)

Sexta epifanía

La cita era en la estrella de la Plaza Cataluña, la que el movimiento 15M eligió como símbolo. Ahí los encontré sentados en círculo, como dos años atrás, jóvenes, entusiastas y desbordantes de esa empatía que tanto pregonamos como necesaria para todo cambio efectivo.

Caminamos después por la Rambla como viej@s conocid@s, nos guiaron hasta esa parte del barrio Chino que los paseantes locales evitan. Hay en la ciudad lugares donde, por más que se esfuercen los urbanistas diseñadores de “esponjamientos” –cuánto les ha inspirado este término y cómo les ha servido para sus negocios inmobiliarios- perdura allí un destino marcado por el drama, por la vida intensa, por la vida fuera del orden. Orden que esos mismos urbanistas desean imponer a todo. Inspirado en sus previsibles ganancias, pero justificado en una nueva estética la de tabula rasa: apisonadora, que borra todo rastro de esa vida que marca, que ensucia, que cuestiona y que delata las desigualdades flagrantes del sistema de la cual son sus representantes. De ahí el blanco mudo que eligen para sus intervenciones, finalmente efímeras porque, al primar las ganancias, sus diseños urbanos se ven superados por esa otra vida que insiste en fluir en los intersticios de sus pavimentos impolutos.


Eso ocurre en gran parte del Barrio Chino y como paradigma fortuito en aquel lugar al que, guiado por aquell@s jovencit@s, fuimos a parar: Arco del Teatro y calle Lancaster. Un edificio tapiado por ladrillos para impedir su okupación. Entramos a través de un agujero hecho en la pared: I’m fixing a hole where the rain gets in. And stop my mind from wandering. Where it will go... (Los Beatles siempre tienen una canción para acompañar nuestros instantes mágicos)... Y, desde la penumbra de la habitación a la que accedimos, comenzó a surgir la Barcelona de los años sesenta, intacta. Allí estaba. Tal como sucedía en la película Roma de Fellini cuando los obreros que estaban perforando el subsuelo de Roma para construir el metro rompían un muro y, ante sus ojos extasiados, aparecía una sucesión de frescos que representaban la vida cotidiana de la Roma imperial; ocultos en las entrañas de la ciudad durante siglos. Sólo un instante, el que medió entre las piedras que cayeron y el espacio delatado a la mirada... y el mismo aire que penetra se lleva todo consigo... Así, también el lugar que se abrió ante nosotros fue un superviviente casual, aunque mucho más cercano en el tiempo que el que mostraba la película de Fellini. Consiguió resistir a la obsesión por hacer de Barcelona el paraíso del turismo kitch. Un trocito de esa Barcelona que se extingue a fuerza de esponja financiera que todo lo xucla. Y ante nuestra mirada asombrada descubrimos, allí también, un mural, mucho más modesto y casero que el romano, producto de la habilidad de un artista del barrio y que los okupantes clandestinos de la casa, amorosamente, se habían encargado de sacar a la superficie. Dibujos que expresaban en sus trazos los gustos populares de una época: los años sesenta. Trazo negro y seguro para reseguir las curvas insinuantes de una serie de chicas que, recostadas sobre planos de tonos pastel, prometían fantasías de placer. Allí también permanecía la barra del bar, de madera, y la antigua cafetera; el guardarropas, y un salón muy estrecho con una habitación más estrecha aún, al fondo, quizás para atender a los clientes que, inspirados por los dibujos de las paredes, solicitaban servicios más íntimos... Algunos zapatos de tacones muy altos y piezas de ropa femenina habían quedado olvidados, como si quienes frecuentaron aquel local se hubiesen evaporado. Los nuevos okupantes, los del año 2013, se habían instalado tratando de alterar lo menos posible ese lugar en el tiempo. Allí habían dispuesto una biblioteca bien surtida y unos sillones despanzurrados. A la barra le habían devuelto a su antiguo servicio, porque algunas noches abrían el local para la gente del barrio y despachaban unas cervezas o una infusión. Y leían poesías o hacían música. Pero también el espacio servía de dispensario una vez a la semana, con un médico de guardia para visitar a quien lo necesitara, casi siempre inmigrantes sin papeles.
Las plantas superiores de la casa habían sido pisos, y alguno estaba ocupado. Unos jovencísimos padres de familia, con dos niños preciosos que jugueteaban por allí, víctimas de los innumerables desahucios, vivían en uno de estos pisos y nos acompañaron en la conversación. En aquel edificio abandonado habían encontrado un poco de solidaridad y la posibilidad de rehacer su hogar. Un proyecto ambicioso que requería compromiso diario, mucha ilusión y resistencia ante los embates de la “legalidad”. A los que seguramente iban a ser sometidos, sin piedad. Porque las leyes son implacables para las personas sin recursos y tolerantes para con los poderosos.


En esa esquina de Barcelona convivieron pacíficamente la memoria de un edificio y sus nuevos ocupantes. Ellos se cuidaron de guardar los restos, casi intactos, de ese atisbo de la Barcelona de los años 60: la cafetería Nueva y Moderna, abierta al público a comienzos de los años 60. Y donde, desde un clasificado de La Vanguardia del día 31 de enero de 1963, sigue ofreciendo trabajo a señoritas de 18 a 30 años para “dependientas de mostrador” con un sueldo semanal de entre 1000 y 3000 pesetas, “contando sueldo y gratificaciones”.

Cuando me descubrieron que detrás del agujero de la pared del edificio de la calle Lancaster 24 existía aún aquélla cafetería, estuve segura de que allí mismo había quedado prendida la mirada de Segismond Pons, el personaje de la novela La Marge, de André Peyre de Mandiargues. Y pensé que el lugar se merecía una lectura, en voz alta, de algún pasaje de la novela.

Ara Segismond enfila, a l’esquerra, al carrer Arc del Teatre (...) El paviment és tan esfondrat que el vianant només ha d'ocupar-se del lloc on trepitja, o deturar-se si vol observar boniques i miserables cofurnes on uns vells beuen companya de xicots que ja se'ls assemblen, sota garlandes de paper ennegrit com si hagués estat retallat abans de la guerra civil. Dos policies de cara verda, qui fumen uns cigars pudents, té la missió de recordar el règim furóncol als desmemoriats i als borratxos que tenen la sort d'oblidar-ho (... )
Uns passos més i el circuit resta clos: Sigismond es retroba davant la cafeteria que havia espiat poca estona abans i es plau a donar, a través de la mateixa finestra, un nou cop d’ull a les mateixes cambreres que alternen i discuteixen amb els bevedors galants que semblen els mateixos que els han precedits. L’arc és fetorós com sempre, gran pixador privat d’aigua. La Rambla bull plena de vida malgrat l’hora tardana. Al cel, navega una lluna que comença a minvar...

Lancaster 24. Supe después que allí también quedó la historia de Luis Gómez Vance, quien fuera presidente de la central de Víveres y que falleció, allí mismo, el día 18 de noviembre de 1958. Eso explica los Embutidos y Jabones que aún podemos leer anunciados en el muro exterior de la casa. La muerte del señor Gómez, seguramente, cambió el destino de aquel local, adaptándolo a los vaivenes de la historia que hacía descender en Barcelona a una pléyade de marines ansiosos de encuentros amorosos furtivos.


También fue aquel el domicilio del niño Francisco Serrat García, a quien el día 31 de octubre del año 1925 se le ocurrió beber lejía en un descuido de su abuelo que vivía junto a él, en el piso 3º 2º, y que fue trasladado al dispensario de la calle Marqués de Barbará. De ese mismo portal salió, una vez, el perro lobo de pelo oscuro y orejas pequeñas que “atiende por el nombre de León“ y que lucía un “collar de alpaca” aunque, a pesar de todo ello, se extravió, dejando a su dueño desconsolado y dispuesto a pagar una gratificación a quien lo hubiera encontrado en aquel día 5 de agosto del año 1931. Y quién sabe si en el silencio de una conversación interrumpida aún se puede oír el bullicio infantil de los alumnos la Escuela municipal de niños, ubicada en esos mismos bajos donde, 50 años más tarde, abriría la cafetería Nueva y Moderna... Allí también y en el mismo año de 1911, en el que funcionaba la escuela, se vendían dos aparatos fotográficos de marca Zeiss, y los vecinos (hombres) hacían cola frente a una mesa electoral allí formada.


Todas esas escenas ocurrieron allí mismo, como ocurrió también ese último esfuerzo realizado por las personas que abrieron ese agujero en la pared donde intentaron que la lluvia volviera a entrar y que la imaginación hiciera posible la utopía compartida. Duró poco, no sé por qué. Pero allí, seguramente, aún permanece esa biblioteca superpuesta al erotismo casero de las chicas de los murales; las charlas de los 15M con los okupas, superpuestas también sobre las mentiras de amor que vendían las jóvenes camareras de la cafetería Moderna; el ladrido de León, el perro lobo extraviado, y los gritos del abuelo cuando descubrió que el niño Francisco se había zampado un trago de lejía... Todo “el oro del tiempo”. Cuántos agujeros deberemos abrir para que la lluvia vuelva a hacer renacer todo lo que allí, en Lancaster 24, atisbé como posible, un día de primavera, hace de eso apenas unos meses. 

martes, 1 de octubre de 2013

El eco del tiempo

Quinta epifanía

Hay lugares, espacios en la ciudad anónimos, que poseen un cierto detalle, o que a una determinada hora exhalan un cierto olor, o donde corre un aire diferente. Ellos nos ofrecen un instante para nuestra perplejidad, que se escurre de inmediato ahogada por el ruido del tránsito o la luminosidad de una farola. Ese espacio existe también en el barrio de Horta, en Barcelona.

Si lo digo así, pareciera que estoy a punto de dar el dato preciso de un Aleph, aquel del cuento de Borges que se hallaba en el sótano de una casa en Buenos Aires. Pero no, el lugar lo recorro con, apenas, unos cinco o seis pasos. Ubicado en la confluencia del Passeig de Fabra i Puig con la calle Cartellà es allí donde desde la profunda herida que abrió el asfalto supura, apenas, como un sutil reclamo a los caminantes, el aire de la antigua riera de Horta.


El camino salvaje
El encanto ocurre luego de atravesar la placita, donde el esbozo de un rostro de piedra maltratado (y que alguna vez quiso representar al del escritor gallego Castelao), quizá nos alerte o nos indique el “camino salvaje”. Aquel que se abrió -a pesar de la voluntad disciplinaria del urbanista- sobre el parterre que aloja unos cuantos arbolitos. Arbolitos hermanados en la voluntad de ofrecer sus melenas como abrigo al paseante que se atreve por aquel pequeño atajo. Es allí, bajo sus ramas, donde el tiempo se suspende brevemente, y ocurre entonces que vuelve ese aire de la riera y el verdor de los antiguos campos de cultivo. Y, por el mismo efecto, el escalectrix, que está a sólo unos pasos, desaparece. ¿Hubo una vez, la mirada de una niña y la brisa que rozó sus mejillas, encendidas mientras jugaba, que quedaron suspendidas allí?


... donde el esbozo de un rostro de piedra maltratado
La niñez tiene momentos intensos que ocurren, sobre todo, en los atardeceres cálidos, después de varias horas de juego. Recuerdo algunos de mi infancia, en el portal de casa, saltando una rayuela o jugando a las estatuas bajo el verdor de otros árboles jóvenes que crecían también a orillas de un pequeño canal -una “zanja”-, sucio y maloliente, que discurría a lo largo de mi calle, la avenida Derqui. Las semillas de los árboles caían a nuestros pies y las inspeccionábamos curiosas. Alguien nos explicó que eran de “falso café”...

Avenida Derqui, Buenos Aires
¿Es la mirada de la niña de la riera de Horta la que persiste en aquel espacio? ¿O es la niña porteña, la de la avenida Derqui, que presiente ya el aire de la riera de Horta?

Con cuánto entusiasmo el escritor JB Priestley nos ofrecería la posibilidad de una respuesta. Quizá debería volver a sus tres piezas sobre el tiempo: El tiempo y los Conway, Ha llegado un inspector, Yo estuve una vez aquí... Siempre me parecieron repletas de una extraña poesía. Inasible y cercana a lo siniestro, a eso que concibe Freud como lo familiar que se torna extraño. Y es, precisamente, esa familiaridad anodina, reconvertida, lo que puede provocar el embeleso de un trozo de ciudad, tan falto de posibilidades poéticas como lo es ese parterre en medio del asfalto, donde pareciera que dos niñas continúan jugando a pesar del tiempo y la distancia.  

Aurora boreal en Noruega

Aurora boreal en Noruega, en una localidad en el círculo polar. Autor: Adrián Plaza.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Reseña de "Magnetismo del viento nocturno"

M. Carme Catalán reseña en Treballadora, la Revista digital de la Secretaria de la Dona i Cohesió Social de CCOO Catalunya, la novela El magnetismo del viento nocturno:

clica en la imagen para verla mejor

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Penía y Prometeo, encuentros ante un cajero

Cuarta epifanía

Sentado en uno de los bancos de madera que se alternan delante de los parterres de la calle Marina, con una media sonrisa mira hacia los policías de paisano: chica y chico vestidos como anónimos transeúntes en un día del final del verano: zapatillas deportivas los dos; bermudas él, camiseta y tejanos ella, muy jóvenes ambos. Los policías están haciendo una llamada a un móvil, evidentemente no lo pueden identificar, ya que no lleva documentos. No tendría dónde ponerlos, porque va absolutamente desnudo. Sólo un par de tatuajes que no alcanzo a distinguir -porque el insistir en la mirada me causa cierto pudor-, le cubren parte del brazo. Tampoco son muy extremados, como no lo es él: no chilla, no se enfada, ni hay ningún cartel a su lado que indique que está llevando a cabo una protesta contra la oficina de Caixa Bank que se encuentra justo frente a él. Por un momento pensé que podría tratarse de un afectado más por las políticas de rapiña del banco: un desahuciado sin hogar, un engañado por las preferentes... Pero no lo es. Tranquilo, contesta a las preguntas de los policías y expone su desnudez sin la menor alusión a ella, como si no entendiera bien por qué lo interrogan.

Elsa Plaza: Prometeo tatuado
Recuerdo ahora un cuento de Roberto Arlt. Un hombre aparece totalmente desnudo en una esquina de Buenos Aires y no sabe quién es ni de dónde viene. ¿Era así o lo estoy inventando? Junto a este ¿recuerdo? Llega otro: Camina por Buenos Aires, en plena dictadura militar, año 1980, un muchacho terriblemente sucio, como salido de una carbonera en la que hubiese estado escondido durante una década, descalzo, su ropa hecha girones... lo miro espantada, y su figura se pierde por la calle Corrientes. Horribles pensamientos de campos de concentración clandestinos me cruzan, y me siento totalmente impotente. ¿Socorrerlo? ¿Denunciar? Su imagen me persigue durante varios días... Ni siquiera tengo palabras para explicar aquella visión. Pero estamos en Barcelona, treinta años después..., y la escena no es dramática, sino casi amable. Entro al banco para servirme del cajero automático. Espío a través de los cristales, llega un coche con policías uniformados, y luego una ambulancia donde lo trasladan. ¿Adónde? Tanto despliegue por un hombre desnudo que se pasea por la calle Marina. Quizás es alguien que fue a tomar un baño a la playa y le robaron la ropa... La displicencia con la que el desnudo maneja la situación da a entender una explicación muy lógica para su estar así en aquel lugar.

Una mujer sentada en la puerta del banco pide limosna con un vaso de cartón medio aplastado. Me resulta simpática. A su lado un carrito con ropa, un bolso a sus pies, y en las manos un libro forrado con plástico, que lee. Le pregunto si sabe algo del que acaban de llevar en la ambulancia, me dice que le vio venir desde allí y me señala la dirección del mar. Le doy unas monedas que retine en sus manos. La asistente social le tiene prometido un piso, pero no se lo dan. Me habla de un hogar donde si uno tiene algo lo reparte primero entre sus hijos, y luego si sobra lo da a los vecinos. No entiendo bien qué me quiere explicar. Pero ella insiste en que no piense que ella dice que no hay que ayudarse entre todos, pero que primero están los hijos... Claro, claro, respondo, y digo algo sobre la necesidad de ser solidarios. Me dice que las vecinas de la calle lo son, me muestra los zapatos que le dieron, y agrega que también le suelen bajar comida. Me detengo en sus piercings, uno en la ceja, varios en la cara, en los labios, en la nariz, discretos, coloridos. Mientras me habla descubro más piercings que se asoman como pequeñas piedras coloridas que mantiene sobre la lengua: uno, dos, tres...

Es una mujer como cualquiera de mis vecinas, podría ser una ama de casa, ya con nietos, lo que no cuadra son los piercings, aunque -pienso- es de una generación contemporánea al nacimiento del punk... una antigua punkie, solitaria y envejecida. Pero son sólo los piercings que la hacen diferente a cualquiera de las mujeres de alrededor de sesenta años que se pasean con sus carritos de compras por allí mismo; sus piercings y el que su lugar en el mundo sea ese pedazo de muro junto al banco, donde acomoda su carrito y donde pasa las horas leyendo. Un libro prestado, dice, y que cuida que no le roben pues debe devolver. Le robaron la cartera con documentos cuando se ausentó de su lugar, sólo un momento para ir al baño, y me señala un restaurant que hay al lado. Me descuidé, no me di cuenta. Hice la denuncia, y me dijeron que no valía la pena denunciar, que los documentos me los harían igual, y que tendría que pagarlos. ¿Cómo podría pagarlos?, concluye.

Elsa Plaza: Penía en el cajero
Explica, también, que los policías fueron buenos con ella cuando se hizo esto, y me muestra una cicatriz en la muñeca. Lleva el otro brazo envuelto en una venda elástica manchada de sangre. Le pregunto por qué se hizo aquello, y responde que porque está cansada de estar allí, viviendo de esa manera. La cicatriz es como un pliegue de unos cinco centímetros que le recorre horizontalmente el antebrazo izquierdo. Me indica el otro brazo y me dice que se volvió a cortar, pero que esta vez no fue al hospital, porque si no la enfermera hace un parte y la llevan a psiquiatría. Pero deberías ir a que te curen, le digo. No, no me ingresan, insiste. Tengo un agujero muy profundo y me indica su medida señalando un espacio entre el índice y el pulgar... Me hace falta agua oxigenada, pero las vecinas no me la han bajado, y yo no puedo comprármelo con lo que me dan aquí, porque ahora me estoy pagando una pensión para dormir con lo que junto. Busco con la mirada una la cruz luminosa de una farmacia, y no la veo.

Me alejo de ese pequeño espacio en la geografía de Barcelona donde hoy, 12 de septiembre, hacia las 12 y 10 del mediodía, coincidieron esas vidas que se seguirán deslizando, cada una por su lado, el hombre joven que caminaba desnudo y la mujer que pide limosna con sus peircings, sus brazos marcados que, seguramente, insistirá en seguir cortándose, como una adolescente que no se gusta, o como una artista del body art...

En el autobús seguí pensando en esos encuentros... y, de pronto, me di cuenta de qué es lo que me quería decir la mujer con aquello de la familia, de que primero se debe cuidar a sus hijos, darles de comer a ellos... era una alusión a que los servicios sociales se ocupan más de los extranjeros que de los que son del propio país... Lo he oído también en la cola de los que recogen alimentos... los “otros”, los que no son de la familia son los que roban la limosna que debería ser para ellos primero... ¿Y los del banco?, ellos son buenos, la dejan permanecer allí, a la puerta, con el carrito en el que guarda la ropa que le regalan las vecinas, y también guarecerse del mal tiempo, mientras pasan las horas... Ellos son de la familia. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Las diosas de la Sagrera (II)

Tercera epifanía
Ahora ya no regreso del trabajo, porque desde hace casi un año estoy en paro. Pero, a veces, como recuerdo de aquella época, las encuentro, otra vez, en la Sagrera. Ellas siguen utilizando los pasillos del metro para que no perdamos la esperanza. Ayer reconocí a una, compartíamos el mismo vagón, pero sólo la percibí cuando se abrió la puerta en la Sagrera y se precipitó hacia el andén. Y allí abrazó a otra, diosa como ella, pequeña, redondita, de carnes oscuras y apretadas que rebosaban el ajuste del sostén y se marcaban un pliegue generoso alrededor de la cintura, reblados por el tejido transparente, verde atómico, de la túnica. Las dos llevaban las piernas de balaustradas renacentistas enfundadas en una malla elástica negra, como dos bailarinas que representaban sus propios papeles: el de las deidades femeninas de la estación de metro de la Sagrera. El abrazo confundió sus cuerpos, y yo espié la felicidad del encuentro del que brotaron chispitas de luz (luciérnagas del sur) que se dispersaban hacia el cielo cubierto del andén. Caras de luna llena, de cabello oscuro y lacio que las enmarcaba.
¿De qué batalla por la vida estaban de regreso? ¿Qué fue del tiempo que las separó? Hijos, nacidos de sus amoríos con mortales, que dejaron del otro lado del mundo porque de este sus presencias son imprescindibles. Guardianes de los hogares de viejas y viejos solitarios, de adolescentes que empujan sobre tronos de ruedas, de tullidos que sonríen ante la luminosidad de sus caricias. Un sábado más, y bajan del altar doméstico para habitar entre nosotras, indolentes pasajeras del metro, donde su manifestación pasa desapercibida. Una junto a la otra, acomodando, con gesto seguro, la correa del bolso sobre el hombro; bamboleando sus generosas caderas, las vi perderse, buscando la escalera hacia la calle: subida desde el submundo- subterráneo, en donde reinan, hacia la simple mortalidad del fin de semana. Un café compartido para explicarse sus viajes del verano, los milagros que llevaron a sus tierras de origen; después, el parque para caminar, y al crepúsculo la confesión más íntima, la duda de toda las diosa, el deseo, tal vez, de probar más seguido el gusto callejero de la mortalidad. Sábado de Gloria para las diosas.
Mientras tanto, en el andén, caminaba solitaria la continuidad de la estirpe. Erguida, perfil de África en todo su esplendor, descendió, desde el enlace de la línea roja, envuelta en paños estampados, su cabeza ceñida por un turbante que se repetía en colores. Los labios como flor carnosa y prieta, silente, la mirada perdida. Un chal blanco, de lentejuelas, marcaba el límite preciso entre ella y quienes pasaban a su lado. Es esta, pensé, inalcanzable, una Atenea nunca familiarmente humana. A su lado, las otras, guardianas de los hogares, cumplen el papel de juguetonas intermediarias, encargadas de darle a conocer los deseos de la gente común. Ella, la hierática Atenea africana, conduce los destinos, implacable; y se le notaba, pues apenas rozaba con los pies el pavimento del metro. Deslizándose sutil, haciéndose la diosa mientras espiaba de reojo. Es ella quien niega o afirma el porvenir inmediato de todos los viajeros, que ignoran tanto poder.  

lunes, 16 de septiembre de 2013

Las diosas de la Sagrera

Primera epifanía
(Para Tania Alba y Marta Saiz)
Demeter, diosa de la agricultura. Relieve helenístico de terracota. III a. C.
Sí, sólo se produce cuando regreso del trabajo. Es cuando desde la línea roja del metro voy hacia la azul. La Epifanía puede darse en el mismo andén de la línea roja, cuando estoy caminando hacia la escalera y entre los pasajeros, hombres y mujeres que nos cruzamos sin mirarnos, de pronto se manifiesta. No ocurre todos los días. Ni tampoco yo estoy alerta siempre. Lo olvido, claro, como me ocurre olvidar lo que persisto en recordar. Se me escapa entre los dedos. Pero sé que cuando lo recuerdo es que está a punto de pasar. 
Las diosas suelen ser extranjeras, latinoamericanas o africanas. Están de pié, esperando el metro, impacientes, o sentadas sosteniendo entre sus brazos una bolsa repleta de comida. Esas son las manifestaciones de Ceres ubérrima, copiosa en sus carnes oscuras y apretadas que se asoman desde el escote. Manzanas partidas envueltas en chocolate. El cabello erizado, las piernas robustas como firmes columnas. Giran su cabeza y descubro la mirada ciega de quien sobrevuela más allá de esa estación de metro donde, por gracia hacia nosotros, pobres ciudadanos vencidos por lo cotidiano, ellas concedieron manifestarse. Paso a su lado y al darles la espalda sé que ya no están.
Siempre es así, un instante breve. Suele suceder que las vea descender desde lo alto de la escalera mecánica. Esta vez llevan los leggins apretados y el jersey que marca un vientre fértil en forma de media luna, rellena de abundantes migas de pan. Toc, toc, toc, los tacones delgadísimos se arquean sosteniendo el peso de tanto bronce. Las uñas nacaradas se enganchan en la larga melena negra, pesada… Otras veces van vestidas de blanco, flotantes, eternas y vaporosas. 
Cosme Tura, Demeter, 1476-84
Estatua de Apolo


























Pero la semana pasada, cuando recordé a las diosas que esperan en el cambiador de Sagrera, se manifestó un Apolo negro. Fue por vez primera. Se dejaba subir quieto, de pié, en la escalera mecánica. Miraba hacia lo que iba dejando atrás. La frente cuadrada, la nariz con un pompón como la de Marilyn Monroe, pero en versión chico africano. Y claro, siempre esos pectorales musculosos en ellos, los dioses. Porque las diosas pueden ser de todas las formas imaginables, pero los dioses tienen en la Sagrera un repertorio muy limitado.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Epifanías

Bajo el título de Epifanías, comienza aquí una nueva sección dedicada a relatos breves que iré redactando conforme vaya siendo objeto de tales momentos.

Espero que disfrutéis de ellas.

Pasajer@s clandestin@s


¡Asombroso!
Espero un tren en el andén de Paseo de Gracia y oigo que desde los altavoces advierten que está prohibido atravesar las vías. Una advertencia que llevo años escuchando distraídamente... pero esta vez me sorprende, aunque quizá ya hace meses que el cambio se produjo y yo no lo había advertido..., desde el altavoz no se refieren a mí, a tod@s l@s que estamos esperando allí el próximo tren, como “señores pasajeros”, sino como “señores clientes “. La poesía del tránsito sustituida por la economía del mercado. Y, de inmediato, recordé la novela de Italo Calvino: Si una noche de invierno un viajero... ¿Debería llamarse, ahora: Si una noche de invierno un cliente? ¿Trataría, entonces, de un iracundo cliente estafado por un mal servicio de telefonía, de suministro de electricidad u otros? No, claro, el cliente ideal es el que gasta y no se queja. ¿Un cliente que compra un billete en Ave, clase preferencial? ¿Un cliente de un prostíbulo en la Jonquera? Siempre masculino, el cliente lo imaginamos comprando servicios, no importa de qué tipo, pero siempre gastando, la mano en el bolsillo, la billetera o la tarjeta de crédito. Siempre, el cliente evoca la inmediatez de una compra. El pasajero, que ha dejado de existir para Renfe (¡Oh, gestores de los servicios públicos que invaden y anulan, con sus planes de eficacia, hasta el espacio de nuestros sueños!) lo anunciaban como un hombre también, pero la libertad adquirida en las últimas décadas nos ha permitido, a las ensoñadoras féminas, aventurarnos en el viaje solitario...Y apenas decían señores pasajeros, ya nos transformábamos en pasajeras y nos dejábamos transportar por la niebla fecunda que envolvía la silueta despedida desde el altavoz. El viaje a lo desconocido comenzaba, valija en mano, no con rueditas -el ruido de éstas, al deslizarse sobre las imperfecciones de la calle, entorpece el hilo del pensamiento que divaga. Una bufanda roja al cuello protege a la pasajera de la humedad de la noche. Porque ella llega a una estación cualquiera, pero siempre de noche, y se dirige hacia una pensión barata, donde nunca estuvo antes. La calle que recorre está iluminada por una luz amarillenta, que llega desde un farol mecido por la brisa nocturna. Las gotas de humedad brillan sobre la acera. La pasajera les dedica un pensamiento, a la semejanza de las gotas de humedad con las gemas de un cristal de roca, donde subsisten y bailan arco iris. Otro pensamiento recorre los brotes que asoman entre las piedras de los muros, que conforman la escenografía donde la pasajera, que acaba de descender de un tren de la Renfe, se desliza para ir en busca de su Historia.
Desprendida del altavoz del Paseo de Gracia, que la nombraba con insistencia: “Señores pasajeros... ella y otros: palabras en busca de significados -sonidos evocadores- dejan el tránsito y van hacia sus destinos. La condición para que se realice la magia del relato es que alguien que escucha los recuerde en sus antiguas presencias. La pasajera, el pasajero, subsistirán aunque hayan sido momentáneamente suspendidas por la renovación del lenguaje impuesta por el gestor que cree -firmemente, porque así lo aprendió en la clase de marketing- que los clientes benefician y los pasajeros, esa identidad débil y evocadora (¿o débil por lo evocadora?), sólo puede perjudicar y dar pérdidas económicas. Precaución: señores pasajeros. Los clientes se yerguen desde los altavoces de todas las estaciones de la Renfe, dispuestos a gastar.
La batalla ha comenzado, silenciosamente, l@s pasajeros clandestin@s nos disponemos a imaginar viajes, a retornar a la estación de Italo Calvino y rehacer miles de veces su historia u otras: El tránsito, la perspectiva del encuentro, la mirada lenta son nuestras armas.

¡VIVAN LOS PASAJEROS, ABAJO LOS CLIENTES!

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Jacqueline o el eco del tiempo, la nueva novela de Elsa Plaza

Este es un pequeño proyecto, una nueva novela.  Ilustrada por mí y "especial" en el tema, por lo que no ha sido viable  a través de las grandes editoriales que han publicado mis trabajos anteriores. Mecenix me ha ofrecido su apoyo que debería completarse con algo del vuestro también. Si os interesa, clicad aquí.



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¿Qué es el tiempo? Si quiero explicarlo no lo sé, pero en mi interior sé de qué se trata. Así dejaba testimonio Agustín de Hipona de su perplejidad frente al devenir temporal. Cómo hablar, sino, desde lo personal de este fenómeno que tratándolo de medir y explicar en el laboratorio de psicología, se me escapa en mi vida? ¿Qué es la locura? Acaso también una percepción diferente del tiempo, un desacuerdo que la mayoría, cuerda, constata como un defecto insuperable ¿Por qué, en esas sincronías ofrecidas por el azar, Jacqueline vuelve y volvió Monique? (…) Son ellas parte de la trama, como lo son también los escritos del profesor del antiguo Hospital de la Salpêtrière, con las fotos que tomó de su paciente Madeleine Le Bouc (…) con la lupa recorro las sandalias que calza, no hay duda, son casi idénticas a las que calzaba la ex monja chilena. Aquélla que frente a la comandancia militar de Antofagasta, donde estaban detenidos sus amigos, un día de la primavera de 1973 vio abrirse el cielo, y descender ante ella una fila de demonios calzados con botas militares.

viernes, 29 de marzo de 2013

El Hostal de la Bona Sort de Barcelona

En la calle Carders, en un bello palacete, se establece en el s. XVII -y en las primeras décadas del s. XX aun existía- El Hostal de la Bona Sort, que en el XVIII comienza a llamarse mesón y a finales del XIX, muy disminuido de su categoría, se llamará Parador de la Buena Suerte. Su zaguán conserva aún las características del hostal típico: con un gran patio, su altillo y sus cuadras. Hoy hay allí instalado un restaurant con un cartel que recuerda su origen.


Más allá, en la misma calle, y cerca de la plaza de san Agustín viejo, donde estaba el amasijo del pan, se encontraba la posada del Alba. Y en la calle de los Ases la posada de Santa María, que existía desde el s. XVI, fundada por un italiano, Zanotti, y que luego de muchas reformas se transformaría en fonda -honda o baja, porque para entrar en ella había que descender cinco escalones. Parece ser que fue el primer hostal que se llamó fonda por esta razón. La calle de los Ases se llamaba entonces Estanyers (Estañadores). 


En el siglo XIX pasó a llamarse Fonda de Roma. Pervivía aún en el XX, pero con fachada a la Plaza Palacio y con el nombre de Hotel-restaurante de la Marina. Allí se albergará Nina Bergonzi, actriz y bailarina valenciana amante del aventurero y hombre de letras Giacomo Casanova, que vivió una escandalosa aventura amorosa con el entonces capitán general de Barcelona, conde de Ricla, que a ella le valió el destierro y la prisión en la torre de la Ciutadella a Casanova.

En la calle des Ferrenys, en el Hostal del Sol, y muy cerca de allí, por la misma época, se alojó el misterioso Giuseppe Bálsamo -otro aventurero con historias extraordinarias sobre sus dones proféticos y poderes magnéticos- junto con su mujer, la jovencísima Lorenza Feliciani, quien también será requerida por el enamoradizo conde de Ricla. Ambos logran engatusar al capitán general y sacar una buena tajada de su voluptuoso corazón.

Hoy, en el número 12 de la calle Carders, subsiste el Hostal de la Bona Sort. En los bajos, allí donde llegaban los trajineros con sus carros, hay ahora un restaurant. Los pisos están ocupados por la RAI. El proyecto RAI Art es responsable de la dinamización cultural y programación artística del espacio que incluye el Teatro de la Bona Sort, tres salas polivalentes y el bar asociativo. RAI Art es responsable también de la gestión de las residencias artísticas y de la programación de talleres artísticos. Todos los años RAI Art produce el Festival de Teatro del Casco Antiguo y la Muestra Internacional de Cortometrajes. Pero aún más: los Cenadores del Rai. Se trata del ofrecimiento de un espacio para cenas de grupos donde los mismos promotores del evento preparan y sirven la comida que no puede exceder del precio de 6 €.


El lugar es bien interesante y da que pensar. Allí, la historia de la ciudad pudo subsistir porque la arrolladora estética blanca y depredadora del Ayuntamiento o la Generalitat no pusieron su ojo. Sin diseños espectaculares ni proyectos de moda, sólo con la voluntad de un grupo de gente que ha hecho de un proyecto cultural alternativo, y al alcance de todas, su manera de continuar haciendo vivo aquel espacio varias veces centenario. 

El Hostal de la Bona Sort a finales del s XVIII  citado en  la novela El magnetismo del viento nocturno

Capítulo 3

Gabriel Bardolet y su preceptor ayudaron a las mujeres a buscar a un trajinero que cargó con sus bultos, mientras ellos las acompañaron hasta el “Hostal de la Buena Suerte”, en la calle de Carders.
Cansada y aún fascinada por lo que acababa de contemplar, Louise tuvo la impresión de adentrarse en un sueño. Primero aquel espectáculo que permanecía en su recuerdo como la mejor bienvenida que podían ofrecer la tierra y el cielo a un recién llegado, y luego, detrás de las murallas, en contraste con el abrazo inmenso y feliz de todo lo que la rodeaba , la confusión de la ciudad que ahogaba a sus habitantes , entre calles estrechas prolongadas en altura, donde los paños que había visto extendidos en los prados, y cercanos al mar, pendían de terrado a terrado, a modo de cortinas que separaban trechos de acera, ocultando a la viajera el futuro de sus pasos. Y el olor indescriptible y mezclado que lo impregnaba todo, y las conversaciones de la gente que le llegaban como un murmullo incomprensible. Caminaba como una sonámbula detrás del carro de mano del trajinero, en busca del lugar donde hospedarse, acompañada por el joven Bardolet y su preceptor don Emilio, como le llamaba el joven al dirigirse a él.
Recién comenzado el otoño, el tiempo aún benigno convidaba a la gente a permanecer en la calle en grupos, a la puerta de las tabernas, en los alrededores de las fuentes, comentando todos el fenómeno del que acababan de ser testigos. Louise intentó explicar sus impresiones, pero no hallando las palabras adecuadas permaneció en silencio. Así llegaron ante la puerta del hostal, todos con la sensación de haber presenciado algo que les había proporcionado una especie de extraña felicidad.
Pere Oliveros se quedó observando a los viajeros y curiosos que se iban dispersando. Su cuerpo recostado contra el paredón, que emanaba un fuerte olor de orines, donde los viajeros recién llegados acostumbraban a vaciar la urgencia sus vejigas. Siguió con la mirada a la afectuosa madre francesa que cargaba en sus brazos a la niña más pequeña. Con sus vestidos sembrados de adornos, sus graciosos sombreros… Esa mujer no se merecía el olor a orines que la recibía y que le obligaba a pensar en cosas sucias. ¿Por qué vendría a Barcelona? Era evidente que no era de sangre noble. Pero tampoco era una de las que buscaría trabajo en las fábricas de indianas. Esas llegaban a pie, aunque vinieran desde Francia. Ella vestía bien y llevaba dos baúles. La mujer de un comerciante o un artesano caído en desgracia, concluyó.
Debería visitarla si se alojaba por allí cerca. Para conocer su profesión, su procedencia e intenciones, y le comunicaría que él era la autoridad en el barrio. Miró la empuñadura reluciente de su espada donde en ese momento se reflejó la última luz del cielo mágico. Una espada que junto al bastón le había entregado el alcalde mayor. Era el vecino mejor considerado, su moral era intachable, y hacía cumplir las ordenanzas. Todas. Se cuidaba de que los moradores de su barrio no echasen en las esquinas a los animales muertos junto con los desperdicios, de que no embozasen las fuentes con verduras y restos; se ocupaba también de los niños abandonados, les buscaba asilo.La francesa debería, si es que pedía residencia en la ciudad, firmar la carta de fidelidad al rey y a la iglesia, como se les exigía a todos los extranjeros. También controlaría las veces que iba a misa. Y cuando pensó en la misa, volvió su indignación por el ridículo San Pedro que habían puesto en el altar del taller. Hablaré con el patrón de la fábrica, se prometió cuando ya enfilaba hacia la calle dels Petons -o de los Besos, como traducían al castellano-, donde tenía su casa y taller. Calle dels Petons. Era bastante grotesco para un hombre como él vivir y trabajar en una calle que se llamaba así, pero ya estaba acostumbrado a que se rieran cuando decía su dirección. Aunque precisamente el vivir allí le había permitido asistir como espectador a la aplicación de la justicia desde su más tierna infancia. Era aquélla la última línea de casas frente a la Explanada, la del fuerte de la Ciutadella, donde se levantaban las horcas y donde se aplicaban los azotes públicos.
(...)
Capítulo 8 


(...)
– ¿Así que fue en el hostal? Oyó que decía la que vendía cintas a otra mujer que se cuidaba del montoncito humilde de ropa descolorida.
–Dicen que fue un golpe de aire. Y ahora ya no es nadie, ¡así es la vida! Suspiró la vendedora de ropa usada.
–Así lo encontré en el Hostal de la Buena Suerte –­agregó la mujer dejando caer los brazos a los lados y ladeando la cabeza, mientras abría los ojos enormes hacia el cielo­–. Más tieso que un canto.
Louise se acercó al oír que la ropavejera había sido quién encontrara muerto al calcetero en el hostal donde ella se alojaba.
– Cómpreme algo, señora. Mire, con sólo darle vuelta tiene un abrigo nuevo –. Y la vendedora le alcanzó una de las prendas que se amontonaban en el suelo a sus pies.
–¿Hostal de la Buena Suerte?, pues sí que no la tuvo el caballero –rió la mujer que vendía cintas, ¿no crees, Magdalena? …
Louise retuvo entre sus manos el paño del abrigo que le ofreciera Magdalena Cerpina. Era lana de la buena, quizás un poco áspera –Sólo un par de céntimos, señora; mañana se arrepentirá de no habérselo llevado–. Louise aceptó la oferta y ya se alejaba cuando oyó a la ropavejera, que vuelta hacia la vendedora de cintas retomaba su historia interrumpida, la de la muerte del calcetero. Entonces se detuvo, quería saber cómo continuaba.
–Juro que me asusté. Su enorme barriga, es lo primero que vi en el suelo. Y después su boca abierta y los ojos. Dicen que en el barrio hay otros que han muerto igual.
– ¡Calla, por Dios, sus almas deben estar aún entre nosotros! Y la cintera se persignó ofuscada y temerosa.
–Desde que comenzaron a cambiar de lugar a los muertos ocurren cosas raras. No deberían haberlos tocado –dijo un hombre de cara parecida a una pasa de higo y que llevaba atadas con un lazo a un par de cabras.
–Es el viento –insistió la ropavejera– dicen que les deja sin alma. ¿Qué cree usted, padre? –preguntaron al joven párroco que se había detenido a escuchar los comentarios. Pero el párroco no pudo contestar, una mujer enorme, vestida de negro riguroso y con mantilla, se abalanzó contra él.
– ¡Desgraciado, grandísimo bergante! ¡Has deshonrado a mi hija y embromado a las muchachas de todas las casas por las que has pasado! El insulto surcó el aire, y todos miraron asombrados hacia quien lo había proferido: ¡La señora Rafaela Milans! Los puesteros corrieron a separarlos. La madre ofendida tenía agarrado al párroco por la sotana, con tal ímpetu que en el forcejeo hizo rodar parte de la abotonadura por el suelo.
– ¡Más que de una dama su boca es de pescatera! Deslenguada, mentirosa, esta ofensa no quedará así, señora –. Las sonrisas y los codazos circularon entre los curiosos al oír las palabras del religioso.
–Lo sabe toda Barcelona… y se hace el desentendido. Será a él a quien juzgue el Tribunal de la Inquisición. –Dijo el quincallero a la vendedora de cintas. Y en ese momento la brisa sopló más fuerte, haciendo volar la percha donde colgaban los candiles de hojalata, que fueron a dar sobre el montoncito de ropa usada que la ropavejera siguió ofreciendo.
–A la muchacha Milans y a sus amigas dio por penitencia el disciplinarse desnudas, unas a otras, para abatir su orgullo y humillarse. Mientras él observaba el cumplimiento del castigo. 

El antiguo patio donde llegaban los trajineros en el Hostal de la Bona Sort






lunes, 25 de marzo de 2013

El magnetismo en "Continuarà"

El pasado 26 de febrero el programa de televisión Continuarà, de La 2, presentó en el apartado de lecturas la novela El magnetismo del viento nocturno, con Elsa Plaza.


Aquí podéis ver la emisión completa del programa. 

sábado, 23 de marzo de 2013

Compartiendo el simbolismo de los grafitos con Xavier Theros

La crónica de El País se hace eco de las inscripciones en el muro del Hospital de la Santa Creu de Barcelona de la mano de Xavier Theros.


Puedes ver el artículo aquí.

domingo, 10 de marzo de 2013

Acerca del doctor Salvat

 “Buscando el apoyo en una robusta encina, [Pere Oliveros] cerró los ojos y se dejó estar un momento. Cuando los abrió reconoció que estaba frente al domicilio del doctor Salvat. Lo supo por el pararrayos que había allí instalado. El nuevo artefacto le recordó la suerte del primero de todos los muertos el juez Magarola, no fuera que a Salvat le ocurriera lo mismo". 
 “El magnetismo del viento nocturno” p. 152
Este doctor Salvat que se menciona en la novela es en realidad el doctor Francesc Salvà i Campillo. Algunos de los aspectos de la insaciable curiosidad de este médico barcelonés valieron para delinear la personalidad del personaje de mi novela, el juez Magarola. Como Salvà, Magarola vigila el cielo y toma notas sistemáticamente; como él, realiza sus experimentos con la electricidad y el magnetismo que desataría la aurora boreal, conocida también como meteoros, término con el que, en la época, también se designaba a este fenómeno celeste, frecuente durante el siglo XVIII en la península ibérica. 
El doctor Salvà i Campillo (1728-1852) vivía en la calle Petritxol, hoy número 11, donde se había hecho instalar el primer pararrayos que conoció la ciudad en una casa particular. Además de médico fue un sabio ilustrado que sentó las bases de innumerables avances, tanto en mecánica como en medicina o física. Nada le era ajeno.


Imagen Obtenida en Blog Moebius, ver en línea aquí
A iniciativa de Salvà se instaló también el primer pararrayos en un edificio público en Barcelona, en el fuerte de Montjuïc. Este protegía a la ciudad de posibles caídas de rayos sobre el polvorín, con las consecuencias devastadoras sobre la ciudad que un accidente así podía tener y que ya habían sido experimentadas en varias ocasiones. Salvà no sólo se ocupó de prevenir los efectos desgraciados de la electricidad, sino que también intentó manejar este fenómeno y reconducirlo.
La publicación madrileña El Memorial literario científico y curioso recogió en sus páginas el interés de Salvat por el origen de diversos fenómenos celestes y mantuvo polémicas con sus contemporáneos que se ocupaban de también de estos, en la época aún poco estudiados. Fenómenos como los conocidos por fuego de San Telmo, las auroras boreales y los rayos, cuya naturaleza eléctrica se fue reconociendo a lo largo del siglo XVIII, si bien entonces se estaba muy lejos de llegar a conclusiones precisas acerca de su origen.
En el caso de las auroras y los fuegos, no llegarían aquellas hasta finales del XIX, y el de los rayos hasta la segunda mitad del XX. Las auroras hoy sabemos que se originan debido a la interacción del viento solar, el campo magnético terrestre y la ionosfera. 
Salvà observó algunas de las múltiples auroras que se produjeron en la península ibérica en el siglo XVIII. Es probable que la descripción de la aurora boreal observada el 13 de octubre del año 1792 y cuya descripción aparece en las páginas del Diario de Barcelona (que reproducimos en otro apartado) se deba a su autoría. La primera descripción de una aurora boreal debida al doctor Salvà aparece, precisamente en el Memorial literario de Madrid del mes de agosto de 1787 y se titula “Observación de la Aurora Boreal en Barcelona”:
 “La aurora boreal del día 13 de Julio empezó a descubrirse hacia las nueve y cuarto de la noche, pero las nubes negras, que casi cubrían todo nuestro horizonte, impidieron ver su extensión, duración, movimiento y brillantez. Lo poco que se vio de ella era de color bermejo muy vivo, pero tal vez resaltaba más, cerca de las nubes negras que la rodeaban. A las once había pocas nubes, y la aurora boreal solamente se veía un poco hacia el NO”.
Tabla meteorológica realizada por el doctor Salvà en su casa de la calle Petritxol, en el año 1786. Fuente aquí 


En Octubre del mismo año, el Memorial publicaba un artículo sobre auroras observadas en distintos puntos de España, donde se agrega que “El Dr. D. Francisco Salvá y Campillo nos avisa que también se vieron en la Villa de Peralada, donde se hallaba, en el Principado de Cataluña, las auroras boreales el día 13 y 17 [de Septiembre]...” En febrero de 1788, Salvà indica que hubieron dos auroras, ocurridas una el día 11 y otra el 15. También hace relación de otras que observa los días 14 y 15 de noviembre de 1789. Aunque esta publicación no hace mención de la que pareciera la más visible, deslumbrante y duradera de todas: la del 13 de octubre de 1792.
La visión de este fenómeno, que se repetirá con frecuencia en la península a lo largo del último tercio del siglo XVIII, llevará a numerosos científicos y aficionados de la época a polemizar acerca del origen del mismo. Polémica de la que se hace eco el Memorial literario. Algunos lo atribuían a las exhalaciones de la tierra, sin descartar un posible origen eléctrico, otros se inclinan por buscarlo “en la reflexión y refracción de las luces del Sol en los montes de hielo y nieves de los Países Polares”. Por su parte, Salvá Campillo, en sus observaciones de las auroras, agrega datos meteorológicos en el entorno temporal de las auroras: humedad del aire, vientos, temperatura. Mientras dura el fenómeno celeste Salvà realizará también observaciones con una máquina eléctrica que se había hecho construir y que era capaz de generar, simultáneamente, carga positiva y negativa. Gracias a ello, remarca que la carga del fluido eléctrico aumenta cuando la aurora está en su máximo esplendor. Dice Salvà: 
"A las diez y media [del día 11, cuando la aurora boreal había dejado de verse], sin haber cambiado el viento, ni sensiblemente el estado de la atmósfera, [la] máquina eléctrica apenas tenía la cuarta parte de fuerza, esto es, las chispas que excitaba apenas serían la cuarta parte de lo que habían sido desde las siete hasta las ocho y media”. 
En este artículo el médico barcelonés describe también su observación respecto al halo alrededor de la luna que se ve, con frecuencia, en febrero de 1788. En la descripción que hace de las auroras de los días 14 y 15 de Noviembre de 1789 apunta: 
 La del primer día empezó al NNE y corrió hacia el O. A las once subía sobre nuestro horizonte y era poco encendida. Según relación de los que la vieron, después se extendió más y su color se avivó. A las cinco y media de la mañana del día 15 se veía aún, y tal vez la de la noche de este día, que se observaba ya sobre las seis de la tarde, era continuación de la del anterior. En dichos días la humedad era extrema; a pesar de esto la máquina eléctrica chispeaba más de lo que suele en tiempo igualmente húmedo. Desde mi anemómetro o muestra de vientos, que no está aislado, baja una barrita que sirve de pararrayos. Apliqué a ella una cadenilla y la conduje al condensador de Volta, y dos veces me pareció hallar en él señas de electricidad, esto es, dos veces atrajo una cintita de oro, y otras se percibía el airecillo eléctrico al acercar la mano al sombrero del condensador, separado de éste. En aquella hora nunca jamás he logrado después otro tanto”. 



Grabado que recoge el experimento de Luigi Galvani que da pie a la creencia de que la electricidad es un tipo de energía generada en el organismo.

 En su interés por investigar el origen y las posibles aplicaciones de la electricidad, el doctor Salvà se dedicó a cuestionar e investigar los descubrimientos y experimentos de Galvani y Volta. A partir de ello ideó un telégrafo, por lo que Marconi lo reconoce como su predecesor. Salvà pensó en un telégrafo Barcelona-Mataró, haciendo comunicar estas dos ciudades con tantos alambres como letras se considerasen indispensables para darse a entender. Estos alambres deberían estar aislados con resina o pez, reunidos en un haz y sostenidos con aisladores sobre los árboles. O bien ser conducidos, bajo la tierra, aislados y protegidos. Las señales habían de ser descargas de condensadores transmitidas por los alambres correspondientes a las letras que se quisieran designar. Esta idea de Salvat nos acerca a lo que sería la red de alambres telegráficos, con sus postes y aisladores, que muchos años después surcarían la geografía terrestre. Salvà también se anticipa a la telegrafía submarina y describe la posibilidad de comunicación con la isla de Mallorca:
 "No es imposible construir o vestir las cuerdas (los haces) de los 22 alambres de modo que queden impenetrables a la humedad del agua, dejándolas hundir bien en la mar, tienen ya construido su lecho”.

Unos años después Salvà presenta a la Academia la posibilidad de creación de un Telégrafo basado en la electricidad galvánica. En 1804, cuando se conoce la pila de Volta, presenta la idea de valerse de esta pila para la formación de “buenos telégrafos galvánicos”.


Salvà se interesó también por los globos Montgolfier.
En su tarea de meteorólogo, Salvà hacía observaciones dos veces al día, a las seis de la mañana y a las once de la noche, sobre el estado del viento, del cielo (sereno, cubierto, nubes, relámpagos...) de Barcelona. Salvà publicó estas apreciaciones periódicamente en el Memorial literario de Madrid y también en el Diario de Barcelona. Como médico que era, relacionaba también los cambios meteorológicos con la salud o la enfermedad de las personas, lo cual afirmaba la importancia de estos relevamientos cotidianos para la prevención de enfermedades. Se puede afirmar así que Salvà fue un pionero en la medicina higienista, ya que dedicó varios artículos a la influencia del aire pestilente en la propagación de las enfermedades, cosa que había despertado gran preocupación entre las autoridades, y fue origen de informes al respecto. Salvà también fue un gran defensor de la vacuna contra la viruela, que en la época comenzaba a aplicarse con grandes recelos.


Informe que se realiza dada la preocupación que despierta el supuesto aumento de las muertes súbitas en la ciudad de Barcelona.
El científico barcelonés se dedicó además a la ingeniería mecánica, introduciendo mejoras en los telares mecánicos. Impulsó también los primeros intentos aeronáuticos presentando en Barcelona los globos Montgolfier. A su muerte, quiso continuar su labor donando su cuerpo a la Escuela de cirugía y medicina de Barcelona, de la que fue miembro destacado.


 La sala de disección, del s. XVIII, de la Academia de cirugía y medicina de Barcelona 


Podemos imaginar al curioso alcalde de mi novela, Pere Oliveros, que acostumbraba a embelesarse frente a las disecciones llevadas a cabo en el anfiteatro de la Academia de cirugía, observar también los extraños movimientos del doctor Salvà (Salvat en la novela) y tomando apuntes en la playa del puerto de Barcelona el día que intentaba reproducir la prueba que llevó a Benjamín Franklin al descubrimiento del pararrayos. 



Dibujo de Pere Oliveros (legado Grimosachs)