miércoles, 11 de julio de 2018


Cuando la propiedad privada era un robo.

Opereta con obertura y un acto.

Observaba de reojo, para no descubrir mi indiscreta atención, la meticulosa ceremonia a la que mi vecina de vestuario se aboca al regresar de las duchas. Sus pies, cuando desnudos, nunca tocan el suelo de baldosas, sino que, precavida, los hacía descansar sobre una toallita especial para que, en caso de estar de pie sin las zapatillas de piscina, mientras se seca, evitar con ella todo contacto con el suelo. Y sí, cada gesto que realiza es siempre el exacto, siguiendo un orden inalterable. Me percaté también que, algunas siempre buscan la misma taquilla para guardar sus ropas, ( aunque son públicas), y que manifiestan una cierta inquietud si una intrusa les ha ganado de mano en su elección. Pero, todo esto me lo decía distraída entre el pensamiento puesto también en todos aquellos cuerpos, de todos los tamaños y formas y tonos que explican el paso del tiempo, los pliegues que dejan la vida: los partos, el amantar, la ausencia de estos, el peso que va y viene, la felicidad del buen comer. Si no provocara un escándalo, iría, un día, con un lápiz Conté y un bloc de dibujo, a tomar apuntes allí. Y con tanta variada desnudez reconstruiría una versión nueva y más real de El baño turco de Ingres, una versión al estilo Alice Neel. 

Dominique Ingres, El baño turco, 1862


                                          
Alice Neel, Autorretrato, 1980


Pero esos pensamientos son solo travesuras allí, donde la realidad cotidiana me aleja del orientalismo romántico de Ingres, y de todo pensamiento que no sea el ahora absoluto.



Unos días antes había asistido a la sorprendente manifestación de preferencia hacia ciertas duchas, exactamente dos de las ocho que se abren enfrentadas, unas a otras, en el estrecho pasillo que nos recibe, luego de la clase de aquagym. Las aguagimnastas, entre la madurez y la avanzada senectud, hacían cola y algunas, veía yo que no se decidían a entrar en las duchas desocupadas. Cuando descubrí que, con su resistencia, expresaban la preferencia por dos duchas, solo dos, que muchas codiciaban. Y allí mismo apunté que, no había nada que hacer, me quedaba mucho por aprender de los secretos del funcionamiento de las instalaciones del club que, hasta entonces, había sido para mí un espacio sin valoraciones detalladas. Supe también, por la complicidad que me mostró otra de las socias que el llevar conmigo a la piscina, dentro de una pequeña mochila, la toalla y el neces͢͢͢͢͢͢͢͢er, tal como lo hacía yo, para ahorrar tiempo  y después de la inmersión pasar directamente a la ducha, sin tener que regresar a la taquilla en busca de lo necesario para el aseo, para esta usuaria  era una medida higiénica. Con ella evitaba el posible roce de su toalla con otras ajenas. Pensamientos y acciones todos que me hacían sentir como un dechado de malas prácticas. Siempre fui una ama de casa imperfecta y desaliñada, pero ya iría tomando nota de todo ello, para tratar de enmendarme. Así, tomé conciencia de la austeridad de mis gestos de limpieza, la simpleza de mi ajuar: una toalla y un neceser envejecido y bastante manoseado por el uso. Por lo que me prometí, y así lo hice, lavar el neceser para quitarle el roce que evidenciaba mi absoluta falta de pulcritud. Y quizás, encontrar en mi casa una toallita pequeña para usarla de alfombra y no quedar como una guarra ante las vecinas de vestuario. Lo de la toallita, al final, lo deseché, para no añadir peso a la mochila.



Un día, después de nadar en solitario, en esos mediodías donde la piscina es toda para mí sola, fui en busca de las duchas estrellas, la número cuatro y la cinco, había oído. Nuevo conocimiento que incorporaba ya que en mi distraído devaneo por las instalaciones, ya que nunca había visto que las duchas ¡tienen números! Sí, allí estaban, debajo de la alcachofa, bien claro el número cuatro y el cinco, ambicionado por muchas. Me acerqué voluptuosa hacia la cuatro. Imaginando que, al girar el grifo, un chorro tibio y abundante, cual lluvia de oro que cubre a Dánae, purificaría mi cuerpo chorreante de agua clorada. Pero no, nada de ello ocurrió,un chorrito, frío primero, que se fue entibiando de a poco y que en un contar hasta hasta diez, se cortó; fue todo lo que me ofreció. Probé entonces con la ducha número cinco. Igual desilusión. Yo no era capaz de percibir la diferencia entre esas y las otras con las que acostumbraba a mojar mis carnes. Seguramente, el pequeño dios, que yace escondido en las alcachofas de las duchas, otorga placer solo a las que luchan entre ellas para obtener su benefactor chorro. Yo, una aprovechada de la impune soledad, no me lo merecía.


Tiziano, Dánae recibiendo la lluvia de oro, 1560-1565
                                 
Pero, las intrascendentes observaciones anteriores resultaron no serlo tanto pues, recomponiéndolas descubro ahora que fueron la Obertura de la Opereta, que se desarrollaría en la piscina durante la clase de aquagym, y que se me ocurrió en darle el sugestivo título de «Cuando la propiedad privada era un robo ». Es menester aclarar que la Opereta desarrollada en las aguas turbulentas de la piscina, no ha sido inspirada en las instalaciones de un club de barrio rico, sino que éste se encuentra en uno de los barrios más empobrecidos de Barcelona, El Carmel. Escenario, tiempo atrás, de heroicas luchas vecinales, crisol de feministas y de militantes del obrerismo de aquellos tiempos, tan pasados, cuando, precisamente, una clase trabajadora orgullosa de serlo, aún creía que, al menos, la acumulación de propiedad privada, era un robo.
-Las ninfas y ninfos

Tal como reza la Wilkipedia, en cita de Walter Burket: La adoración de estas deidades, [ninfas acuáticas, porque las hay de tierra] está limitado solo por el hechos que se identifican inseparablemente con una localidad concreta. Esta definición que vincula el ser ninfeo al fuerte arraigo, también formaba parte de mi ignorancia. Así, ajena a ello participaba en la alegre expansión de mi cuerpo con saltos en el agua. Hacia adelante, con amplios gestos de brazos y piernas y regresaba saltando hacia atrás, al ritmo marcado por el monitor de aquagym y acompañada de otras ninfas y ninfos con los que compartía el espacio de la gran piscina .¿Existirá la versión masculina de las ninfas? En caso de existir, seguramente, son tan escasos como los que participan en las clases de aquagym o de todas las actividades que tengan que ver con la expansión corporal ( o a las de los clubes de lectura). Hecha la digresión, continúo con la Opereta, cuyo Acto primero y único, luego de la Obertura, acontece al ritmo de las gesticulaciones que nos marca el joven monitor, desde el borde de la piscina. Y allí vamos las y los gorditos desplazándonos, cada uno siguiendo, como puede, lo que nos señala. Creía yo que allí nos divertíamos, y que dentro del agua olvidábamos rituales exactos, y pequeñas manías. Miraba, con solidaria comprensión, a una de las participantes más anciana, agarrada como mejillón a la roca, a la orilla de la piscina, sin moverse de allí. Y hasta pensé en ofrecerle mi ayuda para que pudiera moverse más allá de su espacio, limitado por la extensión del movimiento que le permitían sus patitas temerosas, que intentaban seguir el ritmo tropical con el que nos marcan los ejercicios. Pero fue solo el pensamiento del primer día, ya que todos los demás, fui viendo como su asistencia a la clase consistía en eso, permanecer agarrada a la pared, mientras los demás seguíamos el ritmo de cumbias y salsas pasadas por agua.

Inocente de mí que, seguí creyendo que la piscina, en su anchura y extensión, nos acogía amablemente en su cualidad líquida uterina, liberándonos de caprichos locus. Cuando, como Saulo caído del caballo, me descubrieron que allí continuaba rigiendo las normas y costumbres que en tierra de vestuarios o duchas, había percibido como pequeñas manías o costumbres hechas en la repetición ordenada de la administración hogareña. Y fui sorprendida chapoteando, feliz y sonriente, repitiendo lo que sonaba en el altavoz, algo así como Dámelo, dámelo, dámelo negra, dámelo ya... Así que, en la Opereta, a la música del chapoteo del agua, habría que agregarle el área feliz a ritmo de salsa, interrumpido por una mezzosoprano, que, tocando mi espalda, me señala : «Este no es tu lugar» ...¡¿?! El ritmo de salsa se interrumpe, con el sonido de los metales que acompañan la pregunta, enfriando mi entusiasmo y dejándome estupefacta.
                         
 Balbuceo algo sobre la propiedad privada, alejándome a continuar las indicaciones del monitor, lejos de la propietaria del trozo de piscina, que marcaba su frontera vital. Yendo a parar cerca de la anciana que me había enternecido por la manera de aferrarse a la orilla. No demasiado cerca, pensé, para no provocar posibles ondas acuáticas que pudieran inquietar a la atemorizada señora. Pero toda precaución resultó inútil. Con gesto adusto, bajo su gorrita de goma, sus cejas formaron expresivos ángulos que eran la única gesticulación que le permitía su cuerpo, ya que sus manos seguían agarradas al borde. Con ellas subrayó lo que indicaban sus palabras, emitidas con voz de soprano niña, que me ordenaban el alejarme de allí. «¿Acaso yo no tenía un lugar propio?» , me había reprochado la gimnasta anterior, y repetía ésta.
   
                        
                                      
Elsa Plaza, Verano del 82 en la piscina de la calle Amalia. 


 «No, no... no pensaba que...» Creía en el azar de los movimientos acuáticos. Creía, hasta entonces, que el recorrerla, idas y venidas, al comienzo de las clases, nos conducía a ocupar lugares diversos. ¡Oh!, mi manía de dejarme en manos de los encuentros fortuitos. Degenerada desde la adolescencia por la lectura de los manifiestos surrealistas, aún, en aquella piscina había creído en la deriva, en la pura flanerie clorada. Pero no, allí aún no había llegado el juego de la vida y reinaba el más absoluto orden determinado por la costumbre, que una vez más, trataba de ser inalterada, y que yo me empecinaba en transgredir. Cabizbaja, pero exudando bronca, como me acontece con frecuencia, me alejé hacia una zona vacía, allá donde nadie podría recitarme otra vez el área del capricho locus.

Y allí continué a mis anchas hasta que...llegó el momento de los ejercicios con mancuernas. ¡Mancuerna!, hubiese jurado que era un bicho, algo así como un escorpión, o, estirando mi imaginación, una factura, dulce bollo de panadería argentina, de nuevo cuño, para acompañar el mate... Mancuernas, una palabra cuyo significado aprendí hace apenas un año, cuando me rompí un hueso del brazo y un encantador fisioterapeuta (Sergi, ¡hola Sergi!) me enseñó ejercicios de rehabilitación. Así, supe que las mancuernas son las pesas, pequeñas en la piscina y de poliespan. Dos mancuernas para cada uno, que distribuye en abundancia el monitor, que las extrae de dos enormes cajones de plástico, y las va arrojando al agua. Hay muchas y sobran para todos, de tal manera que hay quienes eligen su color preferido, o vaya saber que otra preferencia buscan en ellas.

Yo, una vez más, ajena a la complejidad de las normas, y al estar tan alejada de la distribución, estiro mi brazo y me hago con un par de mancuernas que se encuentran sueltas, aparentemente abandonadas a su suerte, en mi cercana orilla. Y es allí, cuando en la Opereta hace su entrada el tenor. Primero con un gesto, desde la lejanía neblinosa entre la que percibo su figura, donde destaca su desnudo pecho masculino. Porque sin gafas y con las de piscina puestas, todo lo que me rodea está envuelto en esa niebla, que embellece lo mirado, ya que borra arrugas y pelos que asoman indiscretos, haciéndome creer que, yo misma, estoy envuelta en ella. Y así percibo la mano del tenor que me hace señas cuando recojo las mancuernas. Y, a pesar de las recientes experiencia con la mezzosoprano y la soprano aniñada, sigo confiada en la solidaria naturaleza humana. Creo, entonces, que aquel hombre me está señalando su buena disposición para alcanzarme los artefactos, ya que él está junto al borde donde se procede a su distribución. Sonriente y asopranada a mi vez, le indico que no se preocupe que tengo cerca ese par que alcanzo con solo estirar mis brazos.

¡Nueva acción equivocada! Mi degenerada percepción contracultural me devuelve a la norma. El tenor se acerca. Amplio pecho prolongado en generosos vientre, que aprieta el elástico de bañador modelo Fraga Iribarne en la playa de Palomares.
Autor: A.M.Diario El Mundo, 10/10/2014.

Me indica, señalando las mancuernas que yo tenía en mis manos, y meneando la cabeza con la autoridad de una especie de indignado guardia civil, que aquellas que yo tenía, él las había dejado allí, antes de la clase. Él las saca del cajón comunitario donde yacen, y las aparta para su uso personal.


Desconcertada ante tanta privacidad invadida. Decidí alejarme de allí, para adelantarme a todas las ninfas que harían cola frente a las duchas 4 y 5. Y ahora que escribo esto, recuerdo que, hace años, intenté hacer un curso de swing. Concurría a clase con mi vecina, la Pilar, y mi hija, que entonces tendría unos diez años. No llevábamos pareja hombre, sino que pretendíamos bailar las tres juntas... Fue una ofensa, no solo para la profesora sino para las heteropatriarcales parejas, que parecían prepararse para concursar en Mira quien baila. ¡Es verdad!, mi Currículum deportivo se ve siempre manchado de incidentes normativos.

Juro, por Emma Goldman, que está en todos los solares okupados con alegría, y ante Diana cazadora madre de las verdaderas ninfas, que lo relatado es un exacto reflejo de mi experiencia vivida. Tal, un espejo puesto a la altura del techo de la piscina. Cuando regresaba de aquella epifánica clase de aquagym, chino chano, bajando la Rambla del Carmelo, con mi mochila azul que iba chorreando agua de mi bañador, porque, casi siempre olvido la bolsita de plástico para guardarlo, iba pensando en lo que dijo Hannah Arendt. O si no lo dijo, lo pensé, imaginando salido de su libro, que yace en mi sofá del comedor, desde hace días, con su cubierta verde y negra: Que el fascismo hunde sus raíces en la costumbre. Prepara su nido en la repetición de acciones semejantes día a día, y se defiende contra quienes pretenden, acaso sin proponérselo, alterar algo en esa costumbre. La «obediencia debida a la legalidad de un Estado reconocido legalmente», aquel pretexto utilizado por Eichmann para justificar las órdenes dadas para el exterminio de millones de judíos; obediencia a la que apelaron las fuerzas armadas y los policías que mataron y toturaron cientos de miles de personas en toda América latina, tiene algo, en su origen, de esos pequeños gestos cotidianos. Seguramente, quienes estudian la psicología de masas de los fascismos lo saben. Pero ignoramos cuánto de represivo hay en la búsqueda de lo igual, de lo inmutable. En la eternización de un estado de cosas, en el que, creemos, reside nuestro bienestar. Pensé, que aquello tenía algo en común con la necesidad de crear nuevas fronteras, de marcar diferencias. De defender las existentes, de permanecer indiferentes a la necesidad de la humanidad flotante y a punto de morir ahogada en esa gran piscina que es el Mediterráneo, cada uno agarrado a su pequeña mancuerna, a su pedazo de piscina. Aunque sé que hay otras y otros que, generosos e inmunes a las leyes de esa «obediencia debida», se saltan las normas. Y aún van hacia el encuentro fortuito de lo nuevo con los brazos abiertos. Me uno a ellos en la esperanza de que a la piscina del Carmelo, a las clases de aquagym, llegue pronto la verdadera lluvia dorada que recibió Danae. Pequeños dioses ocultos en las duchas cuatro y cinco, ¡oíd me plegaria!


                            
Elsa Plaza,Agenda de les Dones, 1979.


(No es mi intención infringir Ley de  Derechos de autor en la utilización de imágenes tomadas de la red. Tanto el texto como las imágenes de mi autoría pueden ser reproducidas citando fuente y autor. 

lunes, 5 de marzo de 2018

Caminito borrado por el tiempo


«Con sus conventillos típicos de chapa y sus paredes de colores, Caminito es un museo a cielo abierto», explica el blog oficial del gobierno de la Ciudad que promociona el turismo en Buenos Aires. Abajo, una foto multicolor ilustra lo que sería parte de uno de los barrios más típicos de la ciudad de Buenos Aires, la esencia de lo porteño: la calle Camito, en La Boca. Barrio nacido al borde del riachuelo, un brazo del Río de la Plata fue, y continúa siendo, receptor de migrantes desde finales del siglo XIX. La calle Caminito debe su nombre a la inspiración poética de Gabino Coria Peñaloza, autor de varios tangos que interpretaron cantores famosos como el mismo Carlos Gardel.


Caminito que el tiempo ha borrado... Así comienza la letra de la canción, pero el tiempo ha borrado mucho, mucho más de lo que imaginara Coria Peñaloza desde aquellos comienzos de siglo, cuando el barrio de La Boca comenzaba a poblarse de inmigrantes que bajaban de barcos abarrotados de humanidad expulsada de sus lugares de origen. Las guerras, la violencia y la represión, la pobreza endémica, la riqueza mal repartida obligaban, como hoy, a millones de personas a desplazarse en busca de un lugar en el mundo donde construir una vida digna. Allí, en La Boca se alojaban en esas viviendas precarias: conventillos (especie de patio de corrala) que los hacía diferentes a los conventillos de otros barrios. Estos tenían paredes exteriores y cubiertas de zinc que forraban las paredes de madera de la única habitación que compartía toda una familia. Algunos de estos se conservan más de cien años después, los que sobreviven están deteriorados y maltrechos, todos. Salvo los que sirven para fines turísticos.

La Boca y la promoción de Caminito como espacio turístico es una mentira más de esta Argentina que se quiere vender for export. En el barrio de la Boca, además de una clase trabajadora pauperizada y vecinos que se organizan, como en otros barrios de Buenos Aires, en toda clase de centros sociales y plataformas reivindicativas, hay también niñez abandonada, hay mafias que se reparten el espacio de venta de drogas, trata y prostitución. Y bandas que explotan esta miseria y la falta de recursos y de asistencia incrementada en estos últimos años de política neoliberal implementada bajo el rótulo de «macrismo». Caminito son solo 130 metros, y la alegría de las paredes pintarrajeadas de colores, que nunca fueron los originales del barrio, se concentran solo allí, en ese espacio para pasear turistas. Allí bajan a los guiris con cámaras de falocráticos objetivos colgados al cuello. Una pareja les baila un tango acrobático, de esos que se bailan solo para los turistas. Mientras, en una esquina, sobre un escenario improvisado, un cantante aburrido repite, cada vez que llega el autobús turístico, la letra de Caminito y los tres o cuatro tangos que repite en loop, cumpliendo un horario de atención al público que se pasea por la zona. La policía, con nuevo uniforme -camiseta bordó bajo un ostentoso chaleco antibalas ornado con tiras con los colores de la bandera- rodea las pocas calles aledañas que muestran los guías. No vaya a ser que les roben las cámaras o les tironeen los bolsos los desesperados que se ocultan en el barrio.

Hace solo un mes, un paseante estadounidense fue apuñalado por un joven para quitarle la cámara. El joven ladrón, de apenas 18 años, salió corriendo con la supercámara. Un policía de paisano le disparó varios tiros por la espalda. El chico murió. El turista fue llevado a un hospital donde se repuso de las heridas. El presidente Macri recibió al policía como a un héroe... La discusión sobre la seguridad y el «gatillo fácil» de la policía, que según estadísticas provoca la muerte de un joven cada 23 horas, produjo ríos de tinta una vez más.(Ver:https://www.pagina12.com.ar/99271-era-un-adolescente-y-ahora-esta-demonizado)


Para salvar los charcos depositados por la lluvia en las esquinas o en las aceras rotas, los vecinos habían puesto maderas. Yo iba haciendo equilibrio y saltando desniveles, con mi humilde camarita fotografiando el barrio, intentando no pasar por turista. Lo que fuera mercado municipal lo han transformado en una especie de cutre galería comercial donde se amontonan prendas de origen chino, expuestas sobre torturados maniquíes, todos femeninos, que podrían pasar por una instalación de museo de arte contemporáneo. Muchas casas están clausuradas, para que nadie las ocupe, con cemento que parece vomitado por un monstruo. Otras, mutilada su antigua arquitectura de casa fin de siglo. Las cornisas y medallones aplanados, las pilastras destruidas por una necesidad cualquiera, como bajar la altura de una ventana o la de una puerta para quitar la original y poner una de metal. Más allá sobresale una construcción levantada sobre un trozo de cubierta plana que fuera una terraza, o recorta un hall de entrada un pequeño comercio improvisado. Y en cada esquina basura y un perro que la olfatean con mirada triste y melancólica que parece suplicar una caricia. Mirada de perros mansos, como la gente misma, que busca la charla fácil también en cada esquina. De los patios y locales se asoman objetos inservibles, viejos y oxidados , como algunos de los coches que milagrosamente siguen circulando. Alguien se ha apiadado de uno de los perros callejeros, y en medio de la acera le ha construido una casucha, idéntica a algunas que improvisan los mendigos que abundan en esta ciudad. Mirando hacia el cielo, sorprende los cables y más cables de alumbrado eléctrico descendiendo enredados a la altura de las cabezas de las personas, enrollándose en las esquinas, penetrando en las casas en forma de madejas. Muchas de las cajas de la instalación eléctrica, y no solo en este barrio, despanzurradas, llevan un cartel con letras rojas impresas que advierte del peligro de tocarlas. Es esa toda la precaución que ha tomada la compañía eléctrica (privatizada) para subsanar su desidia, que incluye sorpresivos apagones. Diabólico urbanismo que caracteriza, como si fuera un diseño para pobres, los barrios humildes de Buenos Aires.

Casilla de perro o casa de mendigo, Buenos Aires
Pensaba en todo esto mientras paseaba por la Boca. Fue uno de los barrios iniciáticos de mi adolescencia, cuando iba por allí a escuchar las historias de los viejos anarquistas de la Federación Obrera de Constructores Navales. Largas horas compartiendo mate con ellos y revisando su biblioteca. Guardaba joyas como las obras completas de Freud en primera edición en español, detrás de unos armarios, altísimos, de puertas acristaladas y que ocupaban toda una pared. Conservo aún la Psicopatología de la vida cotidiana, que no me dio tiempo a devolverla. Aquella biblioteca como el local que la contenía, situado en la calle Pedro de Mendoza, desaparecieron en los años de la dictadura militar. Hoy ocupa el edificio una fundación privada de arte contemporáneo: PROA, que cuenta con el apoyo económico del grupo Techint, fundado  por el principal asesor siderúrgico de Benito Mussolini, Agostino Rocca. Quien, después de la Segunda Guerra Mundial, se trasladó a la Argentina, donde con capitales italianos y alemanes, retomó la tarea interrumpida por la invasión de los aliados1.

La Boca de aquellos años, los setenta, la que recuerdo, ya no existe más, el proceso de gentrificación se excusa también con proyectos culturales que ocupan la cara del barrio que da hacia el riachuelo: una vista excepcional para los grandes negocios inmobiliarios. Detrás de esa fachada, el hacinamiento y la pobreza de los nuevos moradores es aún más desesperante que la que vivieron aquellos inmigrantes de principios de siglo XX.

En el paseo, cortando el horizonte de una de las calles del barrio, me sorprenden unos enormes bloques de hormigón pintados de azul y amarillo. Es la cancha del club de fútbol más popular de la Argentina, el Boca Juniors. Recuerdo que me llevaron allí en una excursión escolar, íbamos a ver una exhibición de perros policías. A la salida una compañera, creo que se llamaba María Elena Riesco, la más linda y la más rica de la clase del colegio público de Floresta sur donde cursé la primaria, me regaló los cinco pesos que costaba el cucurucho de dulce de leche que ofrecía un vendedor callejero. Puedo aún evocar el placer con el que gusté la golosina. Al estadio no lo recordaba así: una especie de enorme monstruo de película japonesa que amenaza al humilde barrio que lo alberga. Metáfora de quien allí mismo se formó para lanzarse a la política: Mauricio Macri, presidente del club durante años. De allí salió para ser intendente de la Capital y ahora presidente de la República.

Mi amigo Carlos me guía hasta la Casa de los niños niñas y adolescentes del barrio de la Boca 2, un proyecto de educación en valores y en derechos humanos que coordina, desde hace más de veinte años, Ethel Batista. El edificio donde funciona fue un baño público. Pero hace varias décadas que dejó de prestar ese servicio. Fue un baño con unas instalaciones distribuidas en dos plantas y de una particular arquitectura. Uno de esos edificios públicos que se hacían cuando Buenos Aires pretendía ser una ciudad europea en América del sur. Allí, en ese lugar que hoy les queda pequeño, un grupo de personas extraordinarias, pacientes, cariñosas intentan dar calor y esperanzas, buen humor y color de verdad (no el falso maquillaje del Caminito turístico), a las criaturas y adolescentes del barrio que más lo necesitan. Un lugar donde crear, divertirse, aprender a compartir. «Y van llegando solos, no se les pide inscripción, ni que vengan acompañados de personas mayores. Prueban unos días y si les gusta se quedan. A algunos los envían de las escuelas con diagnósticos estigmatizantes dados por psicólogos, y aquí les decimos que nos olvidamos de todo lo que han dicho de ellos». Explica Ethel. «Hay quienes  al principio hacen kilombo, están acostumbrados a hacerlo, a rechazar todo y nuestra actitud, lo que ven aquí, los descoloca. No es una escuela, no es un club. Alguna vez nos preguntaron si queríamos poner seguridad, y dijimos que no, aquí no hay trabas de ninguna clase. Si se quieren ir, se van. Y si hacen lío, al otro día, organizamos una reunión y hablamos del tema. Son estrategias que vamos aprendiendo con el tiempo. Por ejemplo, si los llevo de excursión ̶ a veces voy con más de cien pibes ̶ , no puedo estar cuidándolos para que no se escapen. Yo camino, y ellos me siguen. Nunca se perdió nadie. A los egresados (con 17 años) les damos medallas, en los últimos egresos tuvimos que volverlos a incorporar, no se quieren ir y nos vimos obligados a abrir el grupo de nuevo. Cada chico nos plantea una forma diferente de proceder, no hay actuaciones protocolarias. Ante cada cuestión que surge repensamos actuaciones junto al chico, siempre con ellos. Este ambiente de reciprocidad les da la confianza para expresar sus propios problemas. Ellos mismos dicen que aquí explican  las cosas: Cuando yo te cuento lo que nos pasa, a vos se te llenan los ojos de lágrimas, me dicen. En cambio, cuando voy a la psicóloga ella no dice nada. Los pibes hablan a partir del vínculo que creamos. Un pibe trae a otro. Cuando faltan se habla con ellos. En las escuelas, por ejemplo, si hay inasistencias piden una carta de reincorporación hecha por los padres, cuando, muchas veces estos son analfabetos. Aquí los tratamos como sujetos, más allá de la edad (tienen entre 3 y 17 años). Lo que se intenta es darles un espacio en el que se sientan bien, seguros, donde conozcan sus derechos. Un lugar donde ellos estén más cómodos que en el bar, al que, por inercia, irían a parar cuando no saben qué hacer de su tiempo libre. Algunos de los que llegan padecen situaciones de abuso por parte de sus propias familias, son sobre todo los padres, los padrastros o los amigos mayores los abusadores. Cuando detectamos esto comienza un proceso muy largo y muy difícil. Trabajamos con criaturas que incluso han intentado suicidarse varias veces, los abusos sistemáticos provocan autoagresiones. A través de una de las chicas que venía aquí detectamos una red de proxenetas infantiles. Fue muy duro y tuvimos serias amenazas».

Interior de la Casa de niños, niñas y adolescentes en La Boca

Pregunto por los hogares para acogida de menores y si es solución ante situaciones como la que describe. Me señala a una de las chicas que forma el equipo. Ella, me dice Ethel, trabaja en un hogar de acogida, está desesperada, los chicos duermen en el suelo, faltan camas. Un ex-boxeador es el encargado de la vigilancia nocturna, la comida que les dan está podrida. Aquí, agrega, tenemos chicos muertos o accidentados todos los años, por múltiples razones: violencia policial, accidentes callejeros, incendios. Los incendios de los conventillos son frecuentes. Sí, se trata de esas viviendas que la página para atraer turistas describe como tan típicos y tan coloridos. Hubo ocho incendios en los últimos años, muchos provocados por venganza entre grupos que venden drogas, otros por especulación inmobiliaria, otros, vaya a saber qué...


Los incendios que menciona me explican la placa que había visto en la plaza donde se ubica el edificio de La Casa de los niños, niñas y adolescentes. Una placa casera y humilde, como lo son la mayoría de las placas e inscripciones que se esfuerzan en hacer presente la memoria de los desaparecidos y muertos por la violencia de las fuerzas represivas, desde los años de la dictadura militar a nuestros días. Allí se recordaba a «Loquiyo» [sic], uno de los chicos de la esa Casa muerto en un incendio.

Hoy, mientras escribo todo esto, escucho, por casualidad, una entrevista en Sur capitalino 3: Los vecinos de La Boca denuncian que un solar, dedicado a uso público, fue comprado fraudulentamente por el poderosísimo club de fútbol Boca Juniors. Han comenzado a vallar el lugar y pondrán vigilancia privada. El terreno estaba reservado para la construcción de vivienda social, se hicieron unas cuantas, pero el proyecto se detuvo y los vecinos lo ocuparon para recreo del barrio. Parece que el club de fútbol planea construir un shopping. ¿No suena todo esto a algo muy cercano? A lo que está pasando en el barrio del Raval de Barcelona, por ejemplo.

Espacio público recientemente vallado en el barrio de La Boca
Macri, que dirige al país con la misma mirada con la que fue presidente del club Boca Juniors, «Ojos de hielo» (como lo llama mi amigo Carlos), es reconocido por sus declaraciones donde hace gala de su escaso don de empatía, que lo lleva a sentirse orgulloso de lo único que «es»: descendiente de europeo. Hijo de un italiano del que ha heredado el arte de hacer negocios y aumentar sus finanzas de manera poco escrupulosa. Su discurso, el de la «europeidad» de sí mismo y por extensión del país que representa, es la consigna que cacarea él y sus ministros como valor supremo y garantía de honestidad, cuando intentan vender al país para lograr inversiones. Inversiones en las que ni ellos mismos creen, pues acostumbran a llevar sus fortunas hacia pequeños países donde la tienen a buen recaudo y con la seguridad de que se vaya multiplicando. Discurso también con el que justifican la represión de los pueblos originarios, que serían los extranjeros que querrían llevar al país al caos, en complicidad con los «grasas» (las clases populares) que se oponen a la aplicación de una política depredadora de personas y territorios.

Es divertido esto de llamar grasas a quienes viven en los barrios populares y/o a quienes se movilizan para defender sus derechos y su dignidad. Macri usa la metáfora de oponer la grasa a la necesidad de muscular al país. Y yo, que ahora estoy paseando por Buenos Aires, observo a los que salen a muscularse al atardecer por los barrios finolis. Corren calzados de las New Balance, shorts y las camisetas de marca que cubren sus cuerpos tostados por el sol de las playas, de las que acaban de regresar, luego de sus largas vacaciones. Corren todos, de todas las edades. Corren por la exquisita Avenida del Libertador, bordeando Plaza Francia, o por la exclusiva Figueroa Alcorta. Claro que después de escuchar los objetivos marcados por Macri me doy cuenta de por qué corren con tanto entusiasmo. Están musculando al país en contra de los grasas que se hacinan en las barriadas populares, de las familias que viven en la calle, o los que duermen echados en la vereda el sueño del «paco» o del vino de cartón. Corren para muscularse contra los grasas a los que les han quitado el trabajo o cerrado la escuela, o les han dejado sin los subsidios por invalidez, o les han cerrado los centros de investigación. Quizás, dentro de poco, tengan que correr para no ser alcanzados por ellos.
Avenida del Libertador al atarceder, en Buenos Aires


1Ver artículo de Horacio Vertbisky en: https://www.pagina12.com.ar/60603-de-mussolini-a-forbes.
2http://cnyalaboca.blogspot.com.ar/. Consulta electrónica: 2 de marzo 2018. 3https://www.surcapitalino.com.ar/detalle_videos.php?Id=12.

lunes, 5 de febrero de 2018



Cuando la historia es un fraude. Las fotos de los niños supuestamente asesinados por Enriqueta Martí.  

«El sitio de Madrid comenzó el 7 de noviembre de 1936, terminó dos años cuatro meses y tres semanas después, simultáneamente con el fin de la guerra ». (Arturo Barea: La Forja de un Rebelde 3: La llama). Barea escribe que es entonces cuando el gobierno de la República decide marchar para instalarse en Valencia, plenamente convencido de que la caída de Madrid en mano de los fascistas sería inmediata. Atrás dejaba una población aterrorizada por las bombas, las ráfagas de ametralladoras de los quinta columnistas, los disparos de los francotiradores, el hambre y el frío que persistirían en su acoso, durante esos dos años y más de cuatro meses. El Gobierno huía y el jefe de la Sección de Prensa Extranjera del Ministerio de Estado, Luis Rubio Hidalgo, le pide entonces a Barea que se traslade con ellos a Valencia.

Arturo Barea (Madrid, 1897 ̶ Londres, 1957 ̶ uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, aunque en 1936 aun no había comenzado lo que sería su gran obra literaria ̶ , por una serie de circunstancias azarosas es encargado de la censura de prensa ante los periodistas extranjeros. De su trabajo dependía las noticias de la guerra que se trasmitían al exterior y, por tanto, también la solidaridad internacional, tan necesaria para el triunfo de las fuerzas republicanas. Barea, desobedeciendo las órdenes de su inmediato superior, insiste en permanecer en su puesto en Madrid. Cree urgente y necesaria la denuncia de la internacionalización de la guerra con la intervención en esta de las fuerzas fascistas italianas y las nacional-socialistas alemanas, que con su ejército y aviación respectivos están acosando a la población civil a la par que al frente republicano. Mientras tanto, el resto de los gobiernos europeos llamados demócratas, en nombre de la neutralidad permanecen indiferentes al hostigamiento criminal. Barea está convencido de que lo que expliquen los corresponsales extranjeros, desde el frente de Madrid, convencerá a las democracias para prestar su ayuda, pues en este conflicto se estaba jugando el futuro de Europa ya que el escritor, como tantos otros, presentían que esa mal llamada guerra civil era el comienzo de una segunda guerra mundial.

Entre los papeles que antes del traslado a Valencia del gobierno, Luis Rubio Hidalgo le ordena destruir a Barea, este último observa que se hay una serie de fotografías que le conmueven dolorosamente.
̶¿ Qué va a hacer usted con esas fotografías?
̶ Quemarlas ̶ , responde el jefe de la Sección de prensa ̶ y los negativos también queríamos usarlas de propaganda pero conforme están las cosas, al que le cojan ahora con estas fotos le vuelan los sesos en el sitio.
̶ Entonces ¿no se las lleva usted?
̶ No estoy loco y además ya tengo bastantes papelotes...y comenzó a explicarme algo que yo no escuchaba. Conocía aquellas fotografías. Se habían tomado en el depósito de cadáveres al cual se habían llevado los niños de la escuela de Getafe , que un Junkers, volando bajito, había bombardeado una semana antes. Se le había puesto en fila y se les había prendido un número en la ropita para identificarlos. Había un chiquitín , con la boca abierta de par en par en un grito que nunca acabó. Me pareció como si Rubio Hidalgo en su miedo
estuviera asesinando de nuevo a estos niños muertos.

Barea salva las fotos que, meses después, se reproducirán en un cartel para ser distribuido por toda Europa, allí se denuncia los crímenes del fascismo en España.






Retengo la frase de Arturo Barea: Me pareció como si Rubio Hidalgo en su miedo estuviera asesinando de nuevo a esos niños muertos. Y esa frase explica mi desasosiego al contemplarlas en las páginas de internet que bloggers y aprendices de documentalistas ignorantes de su origen, o simplemente amorales, reproducen. Haciéndolos constar como niños asesinados por la triste y falsamente criminal «vampira del Raval». No solo esas fotos, que muestran los supuestos asesinados por la Martí son fraudulentas, todas las son y he encontrado el origen de cada una de ellas, no es difícil, solo googlear: «imágenes de niños muertos» y la red los proporciona. Unas son reutilizadas, incluyendo titulares, extraídas de las páginas de los periódicos madrileños del año 1924 ( Enriqueta Martí murió en 1913, por cierto que no asesinada por sus compañeras, como se insiste , sino a causa de un cáncer que ya padecía cuando fue detenida). Estas páginas denunciaban la desaparición de tres niñas en Madrid, en la calle Hilarión Eslava ( Ver Hemeroteca del ABC y comparar). Otras, corresponden a un álbum de fotos de bebes muertos por causas naturales, y que sus padres hacían fotografiar como único recuerdo que guardarían de ellos, en una época en la que las fotografías eran escasas. También están las momias de criaturas que ilustran el blog dedicado al siniestro monasterio de los Capuchinos de Palermo. Y otra foto corresponde al sobrino de la propia Enriqueta, niño que ella cuido hasta los dos años y que apareció tan vivo, como que su propia madre lo llevó ante el juez para atestiguar su permanencia en el mundo...

Pero entre todas esas imágenes que se reutilizan para proporcionar cadáveres que ilustren los crímenes de una asesina que nunca existió, las que más me conmueven son la de los niños asesinados por los aviones nazis en el barrio de Getafe, en 1936. Y más, luego de conocer exactamente su origen, la historia e identidad de quien las puso a salvo, Arturo Barea. Este en La forja de un rebelde describirá la guerra como pocos lo hicieron: desde la impotencia, el asco hasta el vómito, el miedo, el dolor infinito. Y también el asombro ante la vida que sigue en la naturaleza que persiste y que es absurdamente destruida, despanzurrada... Allí denuncia la sinrazón de la «obediencia debida», de la violencia que se ejerce porque sí, cuando la ausencia total de empatía produce monstruosos asesinos en masa:

«Quería gritar a los generales que se llamaban ellos mismos salvadores del país y a los diplomáticos que se llamaban a sí mismos salvadores del mundo que vinieran, yo los cogería y los encerraría en los sótanos de la Telefónica. Los pondría allí en los jergones de esparto, húmedos de niebla de noviembre los arroparía en mantas de soldados, pocas, y los haría vivir y dormir en dos metros cuadrado de pasillos, sobre un piso de cemento, entre mujeres hambrientas y trastornadas de histeria que habían perdido su hogar y que aún escuchaban explotar las bombas y retemblar la tierra profunda que rodeaba el cemento. Los dejaría allí un día, dos días, muchos, que se empaparan de la miseria, que se impregnaran de sudor y de piojos del pueblo, y que aprendieran historia, historia viva, la historia de esta guerra miserable y puerca, la guerra de cobardía, de los sombreros de copa brillantes bajo los candelabros de Ginebra, la guerra de generales traidores asesinando a su propio pueblo fría y cobarde (...) No podía pensar en matarlos o en destruirlos. Matar es monstruoso y estúpido, Aplastar un insecto bajo la suela de un zapato es repugnante: tiene un casquito y un churretón de vida que hace vomitar. Un insecto vivo es una maravilla que se puede contemplar horas y horas. »


Me pregunto: ¿que tipo de sensaciones buscan aquellos quienes aún insisten en la criminalidad de Enriqueta Martí, aportando pruebas como las fotos de los niños de Getafe? ¿Acaso, el escalofrío instantáneo? ¿El miedo pueril? ¿Un momento de entretenimiento que se traduce en olvido y desprecio de toda la historia que precede esas imágenes? La mentira, o lo que hoy llaman post verdad, no es más que falsedad mercantilista. En el caso del caso Enriqueta Martí, la mal llamada «vampira del Raval » se trata, como ya lo he repetido tantas veces, de la creación de una historia que se vende mejor cuando se falsea. No importa de donde y como se obtienen los argumentos, la marca Barcelona exige una dosis de morbo para el cóctel que se ofrece al turismo casolà o al foráneo. Lo que subleva de toda esta manera de hacer información, no son solo las páginas de internet, donde se sigue reproduciendo la falsedad, sino que incluso un acontecimiento cultural como lo es la semana dedicada a la novela negra en Barcelona, y donde sus organizadores conocen muy bien la mentira que se tejió alrededor del caso Martí, siguen auspiciando entretenimiento, fundado en la misoginia y el clasismo, este año con la ruta de La mala Dona, darrera dels passos de la vampira del Raval.
La mentira repetida, la utilización fraudulenta de imágenes, el gusto por lo morboso vende. La falsa imagen de Enriqueta Martí sigue ocultando, detrás de la figura de la bruja malvada, las injusticias de una época. No solo la explotación sistemática ejercida por la burguesía fabril y que condenaba a la población obrera a malvivir en barrios insalubres con sueldos de hambre, sino también, ahora y gracias a la magia de internet, los crímenes de Franco y de sus aliados nazi- fascistas. La sombra del personaje mercantilizado se ha ido alargando y sirve para cualquier cosa. Pero sobre todo para que amorales, o un público ansioso de fantasías criminales, colaboren para diseñar ese mundo paralelo donde la historia se crea a medida del consumidor, hurtando, una vez más, la voz de quienes denuncian los verdaderos crímenes de estado o de quienes, por su origen, nunca se les ha permitido
explicar su propia historia.




lunes, 13 de noviembre de 2017

Texto inspirado en esta obra de street art , a pedido de Ignasi Mateo para su sección en Revista Rosita


El grifito de Totchi
Elsa Plaza
Al dar vuelta la esquina recién se atrevió a mirar hacia atrás. A pesar del gorro, con el que había ocultado la válvula que tenía colocada en la cabeza, sabía que su cara era inolvidable. Refugiarse en la clínica Dermoestética, de la calle Muntaner, era la primera parte de su plan de fuga. ¿En qué mal momento de su agitada vida se le había ocurrido coserse los labios con hilo de zapatero y pedirle a su amigo, el tatuador oficial del talego, que le inyectara tinta verde bajo la piel de los pómulos? Un proceso de absorción, inducido por oxidación de compuestos orgánicos, coincidiendo con el aire mefítico de la cárcel, hizo que el hilo de zapatero se absorbiera, y así quedó para siempre, su cara como zapatilla de deporte. Aquellos eran otros valores, y Totchi (como le llamaban sus coleguis) era el más punk de todos los punks de la Modelo. Decía que él había tocado en Londres con los X Ray Spex ,y que Marianne Elliot- Said, en persona, la reina del punk de finales de los 70, le había hecho los dos peircings en los pezones, a los que había traspasado un grueso aro de plata. Buenos días aquellos en los que aún, en Semana Santa, lo dejaban hacer de Cristo en la capilla de la prisión, y los coleguis le pasaban la cuerda por los aros de plata y lo izaban a la cruz. ¡Ah, el buen y auténtico bondage! Totchi sabía como hacerse respetar, nadie se atrevió nunca a quitarle nada, ni siquiera las cajas con chinches y pulgas que guardaba celosamente. Eran un arma eficaz contra el guardia odiado, en un descuido se las echaba dentro del uniforme.

La válvula en la cabeza se la había ganado en el Clínico, la noche que se lo llevaron de urgencia. Una hidrocefalia, dijeron, y le implantaron el grifito que, de tanto en tanto, debía vaciar. Por ahí, pensaba, se le iban los recuerdos, por eso le pedía a los médicos que no echaran al sumidero lo que le iban extrayendo. Y, a veces, le hacían caso. Cuando esto ocurría, regresaba a la celda con un frasco transparente, que llevaba, como etiqueta, un trozo de cinta adhesiva donde él mismo había escrito con su letra temblorosa de adicto a todo: "Memoria de Totchi, julio de 1998", por ejemplo.

Al fin, había alcanzado la puerta de la Clínica Dermoestética, y nadie parecía seguirlo, pero su camiseta a rayas, sudada y con un agujero, rastro indeleble de la fuga, saltando el alambrado de púa que bordeaba el muro, no era la indumentaria adecuada para presentarse como cliente/paciente de la Clínica. Entonces, tuvo una idea brillante, como todas las ideas que había tenido en su vida: Entró, seguro de sí, ajustando sus gafas oscuras y marcando fuerte el paso con sus botas vaqueras:

─¡¡¡Hola my pussy, no tengo tiempo de firmar autógrafos, me espera el doctor!!! acto seguido, ante la mirada estupefacta de la recepcionista, pasó su dedo índice ─ previamente humedecido por su saliva ─ por los labios de la muchacha. Tal como había visto en una película de Tarantino. Ella le mordió el dedo y, a continuación, le encajó una bofetada que hizo saltar su gorro de lana gris, dejando al descubierto la válvula de la cabeza. Y allí mismo, el grifito, abierto sin querer, empezó a arrojar toda la memoria de Totchi. La Clínica Dermoestética, donde la propaganda dice que Aquí tú te debes a tí mismx y tu capricho es tu derecho, se fue inundando del olor a retrete de la cárcel, del olor a semen de la cama de Totchi, del sonido de los palos de los anti avalots rompiendo huesos, mientras un cantante punky aullaba: Ni Ideales patrióticos ni tenía ni tengo. El culo me limpio en cualquier ban... ¡ñera!, se apresuraron a completar los clientes/pacientes entre escandalizados y gozosos de la modernidad de los ser-vicios que ofrecía la Clínica.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Los encuentros fortuitos

Karlskrona ( Suecia)

En el verano del año 2015 escribía, a ratos, en la Biblioteca de Karlskrona (Suecia) un trabajo sobre una calle del Raval de Barcelona, Sant Antoni de Pàdua, desaparecida bajo la piqueta. Karlskrona, aparte de su paisaje de ciudad naval a orillas del Báltico, no ofrece muchas atracciones a alguien que como yo no conduce coche, no dispone de dinero para gastar en excursiones y no habla ni lee el sueco. Por lo que paso largas horas en su biblioteca leyendo Le Monde o El País, que llegan dos o tres veces por semana, escribiendo o mirando los libros, en español o en francés, que se encuentran junto a todos los extranjeros en la planta baja. La biblioteca es un lugar placentero, inaugurada en el año 1959 su arquitectura, que divide el espacio en varias plantas, aprovecha toda la escasa luz que el sol mezquino de los países escandinavos ofrece, y logra alegrar el espacio y hacerlo acogedor gracias a la madera clara y el diseño de sus muebles. Los bibliotecarios son correctos y educados, aunque incapaces de un gesto de reconocimiento o empatía, a pesar de los seis o siete veranos que llevo pasando por allí. Pero, ya se sabe el carácter nórdico, digo yo que será eso.

El trabajo de intentar rehacer la memoria de una calle, o al menos aproximarme a ella, fue más difícil de lo imaginado, no me gustaba la redacción que rehacía una y otra vez sin lograr avanzar. Intentaba dar forma legible a un material diverso compuesto por datos de archivo, pequeñas notas aparecidas en periódicos y vivencias personales sueltas e inconexas. Era todo ello los restos de la calle San Antonio de Pádua, una calle borrada del mapa de Barcelona con todo lo que una vez contuvo.

Entre los libros de la planta baja de la biblioteca,  aquel verano hallé unos relatos de Patrick Modiano reunidos con el título de Des inconnues. En la escritura de Modiano reconozco “algo” de inquietante y familiar a lo que siempre deseo regresar. Aunque, creo que en sus obras reescribe una misma historia vista desde diferentes personajes. Estos siempre a la búsqueda de un conocimiento que se muestra en escenas sugerentes, en imágenes borrosas, en lugares que aluden a una vida desaparecida de la que solo queda apenas un detalle. 



En uno de los relatos de Des inconnues, una joven estudiante conversa con un excéntrico profesor de filosofía, acaba de conocerlo en un café que ambos frecuentan. Ella le comenta que no está cómoda en aquel barrio. Todas las madrugadas la despierta el particular sonido del trote de unos caballos, que desfilan bajo la ventana de su habitación. A los animales, y esto es un descubrimiento reciente, los conducen hacia un matadero que está por allí cerca. El conocimiento del destino final de las bestias la obsesiona y la obliga a rodeos absurdos, para evitar pasar delante del lugar que ocupa un gran espacio. El profesor admite que aquel barrio es particular. Él ha vivido siempre allí, al costado de una iglesia que la joven reconoce, aunque admite que no le había prestado atención. La iglesia es la de San Antonio de Pádua, le hace notar su interlocutor. Y agrega:

No podía llamarse de otra manera ¿Usted sabe lo que se le pide a San Antonio de Pádua? Encontrar los objetos perdidos. Él me sonrió como si hubiese comprendido que yo había perdido algo. Yo no había sido nunca supersticiosa, pero, si yo hubiese sabido a qué servía San Antonio de Pádua, de haber habido una iglesia con ese nombre en Londres, hubiese ido a rezar para que me dieran la foto (…)."

La melancólica muchacha del relato había perdido en Londres a su pareja y a la única foto que se hicieron juntos.

Como la protagonista sin nombre del relato de Modiano comencé a pensar que, quizás, entre los escombros de la calle olvidada yo también había perdido algo. Y recordé que el pedido al santo, tal como me lo explicaron a mí o como yo lo recuerdo, se hace anudando la punta de un pañuelo, con el nudo se golpea la palma de la mano mientras se evoca aquello que se desea hallar. El nudo debe permanecer atado hasta que aparezca el objeto. Y en caso de hallazgo se debe agradecer al santo entregando una importante limosna al primer pobre mendicante que encontremos en la calle.

Mi vivienda en la calle San Antonio de Pádua fue la primera realmente mía en Barcelona, cuando ya dejé de pensar que quizás Barcelona era solo una estación de paso y cada vez que me sentía mal imaginaba el regreso a la ciudad donde había vivido antes. En el pequeño piso de la calle San Antonio de Pádua fui colocando cosas que me gustaban y pinté de colores todo lo que ya estaba y no lo sentía mío. Allí tuvo su lugar un maniquí de modista encontrado en la calle y una foto de finales del siglo XIX, encontrada en el mercado de San Antonio, ¡otra vez San Antonio!, aunque este es el abad. Es el retrato de una mujer con vestido de época y mirada clara perdida en la lejanía del tiempo, aquel en la que el flash sorprendió su imagen y la grabó para que yo la recogiera...

Viví muchos años en el barrio de la Font d’en Fargas, cuya parroquia está bajo la advocación de ¡San Antonio de Padua! Y cuando me mudé a las cercanías de la Plaza Ibiza, al poco tiempo de estar allí encontré, abandonado a los pies de un contenedor de basura y asomándose tímidamente desde la envoltura de plástico, donde discretamente lo habían tratado de ocultar, una talla de madera y yeso. Representa a un ¡San Antonio de Padua! Imaginé que el cura de la iglesia (el contenedor estaba detrás de la iglesia), la había echado a la basura. Y, para desconsagrarla, o sea para quitarle la santidad a la imagen, y esto es pura conjetura mía, le había quitado el niño Jesús que siempre acompaña al santo. Así que al pobre lo habían dejado sin techo y sin compañero. Y mi instinto materno, siempre dispuesto a aflorar, me impulsó a acogerlo entre mis brazos y llevarlo a casa. Y aquí lo tengo con su carita de almendra y sus lacrimosos ojos de cristal.

Mientras estaba escribiendo mi historia sobre la calle del Raval que lleva el nombre del santo, hice un viaje a Aveiro en Portugal. Allí lo reencontré, repetida su imagen sobre todas las alegres barquitas que atraviesan la ría de la ciudad,  se lo ve acompañado de los peces saltarines con los que, cuenta su leyenda, acostumbraba a conversar.

Así, el nombre de la calle olvidada iba apareciendo de maneras diversas y se construía como una pintura cubista. Recordaba la voz de los vecinos, que en las tardes de verano subían hasta el balcón desde la acera y se colaban dentro de casa. El reclamo de los vendedores de “chocolate”, que lo ofrecían como un sonsonete a los jóvenes de otros barrios que se aventuraban por allí en busca de hachís. El hombre rubio y muy delgado, con la cara chupada de fumador empedernido. El ama de casa, con el sempiterno delantal de cocina, que lo ofrecía delante del portal donde vivía. Mi madre, de visita en Barcelona y que nunca había oído hablar de la existencia de algo que se fuma y se llama hachís pero le dicen “chocolate”, pensó que vendían chocolate de verdad y tuve que retenerla para que no fuera a comprarlo, porque imaginaba que era barato, dada la venta ambulante del producto.


Después de dos años de dar vueltas con el librito, un día creí que al fin podía darlo por acabado. Definitivamente sería La calle olvidada. Sant Antoni de Pàdua en el Distrito V. Ese mismo día, al subir al metro me llamó la atención una tarjeta que estaba en el suelo, pensé que se le debía haber caído a alguien. La recogí, era una estampita con la imagen de San Antonio de Pádua a todo color. La giré,  detrás lleva impreso un calendario del año 2010, debajo está escrito en letras rojas: La voz de San Antonio de Pádua y la dirección de los franciscanos de Sevilla.

La “sincronicidad ”, a la que el surrealismo dio tanta importancia, tal vez consista en una especie de eco de nuestras acciones o pensamientos. Pero, ¿cuál es el gesto, el estado de pensamiento adecuado, la manera de sentir o vaya a saber qué, aquello que provoca estos encuentros? Siempre seguiremos ajeno a ello, aunque continuarán repitiéndose, y otra vez nos sorprenderán.

Granada

En una esquina de la calle San Antón de Granada, unos antiguos portales de hierro permanecen abiertos. Invitan el paso hacia un jardín con canteros y fuentes cantarinas. El edificio es de dos plantas, partido al medio por un cenador cubierto por cristales, accedo por las escaleras de mármol a un comedor de paredes pintadas con colores cálidos. El hotel Oniria parece desierto. Mesas cubiertas de manteles blancos almidonados donde los platos permanecen vacíos y las copas brillantes contienen servilletas dobladas con arte japonés. Me acomodo en un sillón con una novela en mis manos. El tiempo se deshace entre sus páginas, cuando oigo una voz de soprano mezclándose con el arrullo del agua que llega desde el jardín. Ella exclama, ¡¡Ahhh!! , mientras eleva su lamento por la pérdida de un amor que se aleja en una nave… lontano , lontano. Otra voz, ésta de un contratenor, le augura que en los sueños volverá a encontrar el amor perdido.
Sonábula. Maximiliam Pirner. (1878)

Los diálogos de la ópera llegan a mis oídos con una nitidez inaudita, y se confunden con las palabras de la autora de la novela que leo. Tratan de encuentros entre las brumas de un país oculto detrás de los párpados de los durmientes. Porque ella, la soprano, dice haber sacrificado al dios de los sueños su vida diurna, y con los párpados cerrados vaga por el mundo. Envoltura carnal de un alma presa en el mundo de los sueños. Allí vive la ilusión del encuentro con su amado....Torna ragazza....

En la novela, el personaje se pierde en una ciudad, la de su infancia, a la que regresa buscando las claves de un episodio de su vida. Lleva en la mano una guía de los años 50 del siglo pasado y una revista, también de aquella época. En ella, la publicidad de una fábrica de aceiteras que no se derraman le afirma la realidad de aquel suceso. La fábrica de aceiteras estaba contigua a su casa, en la Avenida D. Donde sentada en el escalón que separa la acera de su casa y la de la fábrica, recuerda haber contemplado el desfile de hormigas, que llevaban a cuestas las cáscaras verdes de las semillas de los árboles plantados en la acera.

Pacientes hormigas negras y grandes que recorrían la calvicie de tierra que era su camino de hormigas, surco entre la hierba y el zanjón que bordeaba la calle. Rememora las paredes de la casa, llenas de grafitos infantiles que proclamaban el amor a los cantantes de moda.

Lontano, lontano se queja la muchacha de los ojos que miran hacia adentro, hacia el mundo de los sueños, donde permanece su amor siempre a punto de embarcarse al lugar donde ella estará ausente. Pero en el canto aún comparten un mismo tiempo y se dan citas. En lo alto de un castillo, allí suelen besarse mirando el atardecer. Es el atardecer que llega con sus destellos rosados a la habitación donde estoy. Cuando las luces de las lámparas se encienden, veo, al fin, acercarse al camareroVa calzado con zapatillas de torero, lleva una bandeja de plata que adelanta hacia mí en un gracioso paso de ballet. Traje negro, camisa blanca con pechera surcada de alforzas meticulosamente planchadas, al cuello anudada una pajarita. Pero más allá de la impecable vestimenta se yergue un pescuezo ancho y peludo que me desconcierta. Su cabeza, tampoco es lo que una espera que sea la cabeza de un camarero. Es la de un ciervo coronado de una magnifica cornamenta y con de brillantes ojos picassianos. Me sirve un cóctel sin que yo se lo hubiera pedido. Nunca pido un cóctel, pienso que me gustaría demasiado y entonces no me quedaría satisfecha. Los cócteles son bebidas mezquinas, sólo para dar deseo y no satisfascerlo, caros y egoístas. Así pensaba yo, hasta que el camarero con cabeza de gamo me extendió aquella copa. La bebida se acompaña con una rama de menta y una fruta de la pasión pinchada en un tenedor, la copa es enorme, tanto que la fruta de la pasión cumple el papel de una aceituna en una copa de Martini. Observo con atención su cornamenta, si no fuera indiscreción extendería la mano para tocar lo que me parece hueso recubierto de una especie de pana en diferentes tonos de marrón, concluyo que es de una medida adecuada a la función de camarero, ni demasiado grande para no tropezar con las paredes o volcar las copas, ni demasiado pequeña como para parecer ridícula. Al inclinarse para servirme, oscila ante mis ojos un medallón que cuelga debajo de la pajarita, ventilando las pequeñas alforzas almidonadas que recorren su pecho. En el medallón hay un retrato, es el de una bella jovencita de cabellos oscuros y piel clara, sus ojos son dos profundos cielos por donde desfilan nubes grises. Reconozco en ella a mi hija.

¡¿ Cómo se atreve?!, le grito señalando el medallón. Me contesta sólo con el gesto de esconderlo dentro de la camisa, al hacerlo se desata un botón y me enseña su pecho peludo de animal. Más tranquila, bebo de aquel cóctel, antes de hacerlo retiro la fruta de la pasión que tiene la forma de un huevo de reptil, su piel con dibujos de escamas y matices que van desde el verde al rosa, rosáceos también como la luz que de las lámparas.

Enmudece la voz de la muchacha de la mirada interior, la ópera acaba cuando ella elige permanecer en su país nocturno, porque la vigilia sólo le depara la soledad de la ausencia. Entonces aparece una elegante camarera, podría creer que es una fantasmagoría emanada desde un proyector de cine. De sutil belleza y uniforme impecable de seda. 



 
La camarera me conduce por la escalera hacia el piso superior. Extrae del bolsillo de su delantal blanco un manojo de llaves, las hace girar en la cerradura. Es una cerradura como la del dibujo del libro para aprender a leer. Aparecería en la letra C: “ Cecilia cierra la puerta . Gira la llave en la cerradura.” Me vuelvo hacia ella y le pregunto si se llama Cecilia, y asiente con la cabeza, creo que el pico de sombra que se extiende sobre su boca  le impide emitir frases articuladas. Enciende la lámpara de kerosén que se halla sobre la mesa de noche. Lo hace con una cerilla que extrae de una caja de fósforos de marca Ranchera, la palabra aparece clara sobre una banda blanca dibujada entre dos azules. Río y le indico que esa es la bandera argentina. Ella baja la cabeza y grazna con simpatía.

Busco en el bolsillo de mi cazadora unas monedas, he visto en las películas que a los camareros de hotel se les da una propina cuando ayudan a llevar el equipaje.

Pero yo no llevo maletas. Ni siquiera un cepillo de dientes, apenas llevo en el bolsillo superior de la cazadora una tarjeta de crédito, eso me da seguridad. Y me echo en la cama, boca arriba mirando hacia el techo de la habitación, allí comienzan a desfilar las hormigas que estaban en la puerta de la casa, donde el personaje de la novela, que yo estaba leyendo, iba a buscar un episodio de su infancia. Cargan una cáscara color verde esmeralda con el reverso marfileño. Es del árbol del falso café, me digo. ¿De dónde habrían traído aquellos arbolitos? Uno, dos, tres, son tres… Un perro barbudo, de manto negro y pecho blanco, está echado en la puerta de la casa, un niño de piernas muy delgadas lo acaricia. Es mi hermano y nuestro perro ¡Pero entonces es mi propia casa! ¡Qué raro!, ¿Acaso no era la casa del personaje de la novela? Su dirección aparecía en una publicidad, dentro de la revista que la mujer usaba como guía. En aquella época yo era una niña. Y mi hija no aparecía, adolescente, presa en el medallón que esconde en su pecho un camarero con cabeza de ciervo. Debo encontrar la manera de quitarle el medallón. Se me ocurre esta idea insólita cuando oigo, otra vez, la voz de la soprano que suena en la habitación. Cierro los ojos.


Aquí en el hotel Oniria, que está en la calle San Antón, encontrará lo que busca sólo con desearlo, es eso lo que le responde ahora el contratenor. ¡Es una burda publicidad!, protesto. Una publicidad pueblerina. Granada tiene esos resquicios de lo que fue, aún le queda un aire de otros tiempos, en las casas que venden mantillas, en el cine Madrigal, en el Rosario que se recita por los altavoces de las iglesias. ¿Qué iglesia? ¿Acaso no era en la de San Antón? San Antón, San Antonio, el santo que encuentra lo que hayas perdido, me responde la voz de soprano. Me siento tranquila, a pesar de todo. Descanso en paz, me digo. Bromeo con la idea de morir allí mismo. Tan lejos y anónima, en una habitación de hotel. Aunque antes querría que me sirvieran una cena fría, una cena de pollo asado con ensalada de patatas y muy aderezada con buen aceite de oliva, y una fresca copa de vino blanco… Aquí no hay nada de eso. Sí, entonces no vale la pena morir.
Debo quitarle el camafeo al camarero de cabeza de ciervo. Pero parece tan amable, ¿por qué hacerlo?¿ Acaso mi hija sabe que él la ama? Es tan joven e inocente que permanece absorta siempre mirando la luna, siempre creyendo que es cuarto creciente. Esperando que se haga redonda y blanca para así contar los cráteres, uno a uno, y fotografiarlos para su próxima exposición, donde hará un correlato entre los agujeros de la luna y los de su sexo, que pretende cambiar por uno de ciervo en celo. Ella es la joven Diana, la diosa oculta que quiere robar su animalidad. Y el camarero lo sabe, es su vida que oscila en su pecho al ritmo del medallón. Mientras tenga la imagen de mi hija continuará siendo el camarero del Hotel Oniria. Ella es la joven Diana, la diosa oculta ...
Diana cazadora. Museo del Louvre

Sin embargo, creo que mi hija me necesita. Cierro los ojos y descanso. Estiro las manos y busco a tientas la copa que han dejado sobre la mesita de noche. La encuentro ¿Quien ha apagado todas las luces? Tengo mucha sed y bebo, la bebida es agradable, vino con sifón. Apenas unas gotas de vino para teñir un vaso de sifón… ¿Y el pollo frío y el vino blanco? Vuelvo a insistir. Aquí no hay nada de eso, mademoiselle, me recuerda una nueva camarera con cara de gata. Risueña, acomoda mi almohada. Ha encendido la discreta luz de la lámpara de kerosene  y me siento más tranquila. Pregunto por el camarero con cabeza de ciervo. Le explico mi historia y mi inquietud, temo por la suerte que haya podido correr mi hija. La camarera me acaricia la mano. Me consuela: No se preocupe ella es sabia, regresará. Encontrará su camino. No olvide que estamos en la calle San Antón, y que acaba de dar veinte céntimos para que se encienda una lámpara en el altar del santo. Es cierto, le respondo, lo había olvidado. Lo hice mientras la voz de una monja repetía una y otra vez algo sobre Cristo padeciendo en la cruz. Lo repetía sin cesar, era tedioso. Una especie de mantra obsesivo. Pero, ¿los santo no se hartan de oír ese mismo disco rayado?, le pregunto a la camarera con cara de gata… No me responde. ¿Entonces, ellos no oyen las súplicas?, insisto. A veces, miran a los ojos, y entienden. ¡Ah!, si es así, habrá comprendido que encendí una lamparita para él. No se preocupe, la vio.

Descanso al fin arropada por la suave camarera que me maúlla al oído el Duettobuffo di due Gatti.


Así, hasta que el Ave a Barcelona que sale de Antequera me devuelva a la prosaica estación de Sants, a su plaza dura y a las cientos de banderas catalanas que ondean y me recuerdan a la tortilla con sobrasada. Tan lejos ya del Hotel Oniria…